Semana
44
Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Enclaustradas

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Relato
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Regresar a su habitación no era una opción. Las Madres Malthusianas espiaban todos sus movimientos dentro de las celdas. Además, todos los días se producían registros, y sería cuestión de tiempo que la directora del spot promocional de Inmaculadas Concepciones se percatase de que se había dejado olvidado su teléfono móvil entre las cámaras del plató. A partir de ahí sólo tendrían que atar cabos para llegar a la conclusión de quién se había hecho con él. Necesitaba esconderlo en algún sitio seguro.

Cuando abandonó el set de rodaje –en el emplazamiento que antiguamente albergaba una sacristía-, en lugar de atravesar el refectorio en dirección a la escalera que daba acceso al segundo piso del monasterio -destinado íntegramente a las celdas donde, temporalmente, se alojaban las gestantes como ella-, amparada por la oscuridad de la noche recorrió, pegada a la pared sur del claustro, la panda colindante con los comedores comunales –también conocida como calefactorio, por ser la que mayor número de horas de sol recibía, y en la que durante el día se arremolinaban en corrillos las gestantes para compartir sus experiencias pre maternales.

Antes de internarse bajo los pórticos de la galería oriental, Vanessa Womb se detuvo un instante y reunió la presencia de ánimo suficiente como para atreverse a extraer el móvil de entre los pliegues de su hábito. El corazón le latía con fuerza en la garganta mientras lo manipulaba, tratando infructuosamente de desbloquearlo para acceder a sus funcionalidades. Era consciente de que la tenue iluminación que proyectaba sobre su rostro la pantalla de aquel dispositivo bastaba para delatarla en mitad de la noche. Tras fracasar en su segundo intento de dar con la clave que permitiera operar, decidió no arriesgarse a bloquearlo definitivamente.

Toda vez que aquel móvil no le servía para sus propósitos, pensó en deshacerse de él arrojándolo al pozo que se alzaba en la confluencia de los cuatro caminos que formaban una cuadrícula sobre el jardín de la parte central. De ese modo podría volver a su celda sin miedo a correr riesgos. Ya se disponía a abandonar el claustro por una de sus arcadas principales, cuando una voz familiar, procedente de la cilla que conducía a las bodegas, casi la mata del susto. Y, en su afán por ocultar el teléfono de nuevo entre los pliegues de su sayo, deslizó accidentalmente un dedo por encima de la pantalla, activando por casualidad la cámara del dispositivo.

- ¿Tampoco tú puedes dogmig…? –escuchó decir a la voz que se aproximaba a sus espaldas. Un sutil pero firme tirón sobre su hombro derecho la obligó a girarse sobre sus talones. Sintió helársele la sangre cuando, procedente de la oscuridad del pórtico, surgió la arrugada mano de la Hermana Löffler avanzando en dirección hacia los pliegues de su hábito-. Me muego pog veg lo que tienes ahí…

Las rodillas de Vanessa Womb casi se negaron a sostenerla cuando la mano de la priora se posó sobre el bulto que conformaba sobre su sayo la tensa redondez de su vientre.

- ¿Tú no sientes cuguiosidad por contemplag la caguita de tu bebé…? Segugo que a estas altugas ya has comenzado a fantaseag y visualizagte en tu faceta mategnal. ¿No te guesulta fascinante compogobag cómo la Diosa Natugaleza modula paulatinamente tus ilusiones, tus integueses y tus anhelos, peguepagándote día a día paga el momento en que des a luz…?

>> Aunque claro, también guesulta ateggadog cuando ese mismo instinto mategnal se empeña en aguijoneagte con pesadillas tan pavogosas que paguecen concebidas por las más demenciales de las guionistas. –Y deslizando su nudosa mano sobre la barriga de Vanessa Womb a modo de caricia, continuó diciendo:-. ¿Nunca te has despegtado en mitad de la noche, bañada en un pegajoso sudog figuío y peguesa del pánico pogque te has visualizado a ti misma pegdiendo a tu bebé pog una negligencia tuya o pogque alguien lo secuestagaba…? O lo que es peog… ¿nunca has temido pog tu vida y la de tu bebé ante la mega pegspectiva de dag a luz a un niño…?

Vanessa dio un respingo y retrocedió asustada. “¿Sería posible que la Hermana Löffler le estuviera leyendo el pensamiento?”.

- ¿No me digas que no te has planteado esa posibilidad? –le preguntó la priora, en cuya voz no era difícil de detectar ciertas notas sádicas.

- ¿Y por qué habría de hacerlo…? –se defendió Vanessa tratando de disimular su congoja-. Es nuestro deber confiar en la providencia divina. Y, desde que la Diosa nos proveyó a las mujeres de un método de reproducción autónomo como la partenogénesis, ninguna mujer ha vuelto a dar a luz a un varón.

- ¡Buen intento! –reconoció sardónicamente Claudia Löffler al tiempo que se colgaba del brazo de Vanessa, invitándola a caminar en dirección hacia la cilla-. Pego, como tú misma has señalado anteguiogmente, ya estabas en este mundo antes de la instaugación de La Sogoguidad. Y no: no es la Diosa la que hace concebig inmaculadamente a estas jóvenes madegues, sino nosotagas quienes las inseminamos agtificialmente –y, haciendo una pausa, antes de comenzar a descender por las escaleras que conducían a las bodegas-. Exactamente igual que hicimos contigo…

Aquellas ominosas palabras se quedaron flotando en el eco de los cavernosos sótanos del convento, mientras ambas mujeres avanzaban despaciosamente hacia la única de las puertas de las despensas de la que surgía algo de luz. Erguida frente al vano iluminado, montaba guardia una de las madres malthusianas quien, al comprobar que se aproximaba la priora, se enderezó todavía más. Acompañada de la Hermana Löffler, Vanessa accedió a una segunda escalera suspendida sobre una cámara que ella recordaba vagamente. En el centro de la misma yacía semiinconsciente una joven voluntaria. A su alrededor se congregaba una docena de sores con sus manos extendidas hacia el frente y unidas sobre el vientre de la futura gestante.

- Se está llevando a cabo una ceremonia de Inmaculada Concepción –susurró Vanessa, incapaz de no verbalizar sus pensamientos cuando se visualizó a sí misma, hacía apenas cinco meses, presa de la modorra provocada por los incipientes efectos de algún opiáceo sobre aquel mismo altar de piedra.

- Disfuguta del espectáculo –le invitó la Hermana Löffler, quien ya había comenzado a descender los peldaños de piedra que sobresalían de la pared, para unirse a la comitiva que ejecutaba con total solemnidad aquel sacramento patrañero.

- Descuida –dijo Vanessa, esta vez teniendo mucho cuidado de hacerlo para sus adentros, al tiempo que, sin demora, extraía de entre los pliegues de su hábito el teléfono móvil.

Estuvo a punto de gritar de regocijo cuando comprobó que la cámara de vídeo del dispositivo se había activado hacía exactamente 14 minutos y 38 segundos. Mientras apuntaba discretamente con el objetivo del celular hacia aquella escena que estaba teniendo lugar delante de sus ojos, calculó mentalmente que se habría registrado por completo la conversación que acababa de mantener con la priora. Y se juró a sí misma que haría lo imposible por escapar de aquel convento para que La Sororidad en su conjunto pudiera escuchar aquellas palabras y visualizar aquellas imágenes.

Desde el fondo opuesto de la bodega, accedió otra novicia más portando una bandeja. Vanessa manipuló el zoom de la cámara para constatar que, sobre el recipiente que le fue entregado a la Hermana Löffler, se encontraban dos jeringas con sus respectivos émbolos retraídos y rellenas por completo con una sustancia blanquecina. A Vanessa -que había tenido ocasión durante su adolescencia, no sólo de ver eyacular a Freddy aquel mismo líquido, sino también de experimentar su cálido tacto viscoso, e incluso de paladear su amargo dulzor picante- no le cupo la menor duda de que se trataba de semen humano.

Cuando aquellas jeringuillas fueron diligentemente introducidas y vaciadas por la propia priora en el interior de la vagina de aquella joven yaciente, Vanessa Womb no pudo evitar experimentar una punzada de culpabilidad. Aunque supiera a ciencia cierta que aquella chica ya se encontraba dentro del programa de Inmaculadas Concepciones desde hacía algunos días –pues recordaba su cara pecosa, así como las interminables preguntas con las que continuamente martirizaba tanto a las gestantes como a las madres temporales, durante los ratos al sol que solían compartir en el calefactorio-, también era consciente de que, por culpa del spot promocional que acababa de protagonizar, cientos, quizás miles de inocentes jóvenes como aquella, prestarían voluntariamente sus úteros al servicio de La Sororidad, con fe ciega en que era La Diosa y no la Hermana Löffler la que fecundaba y henchía sus vientres.

Disponía de material más que de sobra para desmontar aquella farsa si lograba salir con vida de aquel horrible lugar. De modo que guardó de nuevo el móvil bajo su sayo antes de que la priora comenzase a hacerle señas para que Vanessa descendiese por las escaleras y se reuniese con ella. No obstante, tuvo mucho cuidado de no parar accidentalmente la grabación. Tenía el pálpito de que aún le aguardaban más sorpresas. Y no se equivocaba…

- ¿Continuamos…? –propuso la Hermana Löffler, señalando hacia la bóveda por la que había aparecido la novicia que portaba la bandejita con las inyecciones de semen, con una sonrisa de satisfacción en su rostro.

- Lo cierto es que no me encuentro bien –contestó Vanessa, sinceramente angustiada-. Me gustaría volver a mi celda para descansar.

Pogonto…; muy pogonto descansagás –le prometió la priora con un tono burlón cuyas amenazantes connotaciones consiguieron erizar el vello de la espalda de Vanessa-. Antes quisiega peguesentagte a alguien. Aunque sospecho que ya os conocéis…

Vanessa jamás había estado en aquella parte de las instalaciones. Ni siquiera podría haber sospechado que, bajo los muros del convento se extendiese un almacén de aquellas dimensiones. Cuando la Hermana Löffler accionó el interruptor y sus ojos se acostumbraron a la cegadora luz que emitían los focos del techo, Vanessa adivinó centenares, miles (quizás centenares de miles) de depósitos que se apilaban hasta el techo y se extendían en innumerables filas que se le antojaban infinitas. Apoyó su mano sobre el gélido cristal empañado de una de aquellas urnas para retirar el vaho y poder contemplar su interior. Desde un primer momento había intuido su contenido. Sin embargo, confirmar sus sospechas no consiguió sino inducirle un estado de shock. Se le nubló la visión y un repentino mareo la obligó a asirse de la estructura metálica de la cual colgaba una de aquellas cámaras frigoríficas, cuyo número era incalculable. Los armazones que suministraban energía a las arcas congeladoras estaban realmente candentes. Y una repentina quemazón, que le trepó por el brazo, le hizo gritar de dolor y recuperar plenamente la conciencia.

- Ten cuidado, queguida –le advirtió divertida la Hermana Löffler desde una de las filas aledañas-. Estas instalaciones son de lo más delicado. La más mínima altegación de la tempegatuga podeguía agguinag paga siempegue nuestogo mayog tesogo: la gagantía de nuestaga pegpetuación. Estas cien mil hognacinas guepeguesentan el futugo de La Sogoguidad. Cien millones de litogos de semen. –la voz de la priora parecía alejarse cada vez más de Vanessa, quien a pesar de que permanecía paralizada aún presa de la conmoción, fue capaz de templar sus nervios para registrar un plano secuencia circular con la cámara del teléfono móvil antes de volver a escuchar la voz de la Hermana Löffler a su espalda-. Cien millones de litogos podeguían pagueceg muchos, ¿no es así? Sin embaggo, apenas alcanzan paga gagantizag un pag de genegaciones más. Pog lo que se hace absolutamente necesaguio continuag obteniéndolo y almacenándolo.

- ¿Por qué me cuenta todo esto? –preguntó Vanessa aún de espaldas para tratar de ganar algo de tiempo mientras volvía a ocultar el dispositivo entre los pliegues de su hábito-. Jamás me permitirá salir de aquí, ¿verdad? No importa lo mucho o lo poco que colabore con usted, ¿no es así? Me está realizando una visita guiada en exclusiva porque piensa acabar conmigo tan pronto como dé a luz a mi hijo…

- ¡De modo que lo sabes…! –exclamó la priora, permitiéndose traslucir su asombro-. Intuyes que vas a traeg un niño al mundo. Y no te equivocas. Del mismo modo que tampoco vas desencaminada cuando afigmas que jamás pegmitigué que abandones este lugag con vida –reconoció la Hermana Löffler, tomándola de nuevo del brazo y conduciéndola en dirección hacia una mampara de cristal que comunicaba con una sala adyacente-. Sabes demasiado. Y hablas demasiado. No podeguía confiag en tu disqueguección, compeguéndelo –solicitó cínicamente-. Además, de esa manega me pogopogcionas la satisfacción de podeg mostagagte todo esto. No sabes hasta qué punto es fugustagante habegse tomado tantas molestias paga llevag a cabo una instalación de estas dimensiones y no teneg la ocasión de jactagse de ello…

- Prométame que, aunque se deshaga de mí, no le hará daño a mi hijo –imploró Vanessa sobreactuando su aflicción para soltarle a la Hermana Löffler su maltrecha lengua.

- Eso es peguecísamente lo que intentaba decigte, queguida: que no tienes nada que temeg –al decir esto la priora se permitió pasarle el brazo por encima de los hombros a Vanessa. Un gesto cuya intención, lejos de constituir un rasgo de humanidad o incluso fingido afecto, iba destinado a asegurarse de que la futura madre contemplase el destino que le aguardaba a su futuro hijo-. Vegás lo bien que lo vamos a cuidag

Cuando Claudia Löffler pulsó el botón que se hallaba incrustado sobre el marco de la división acristalada, el vidrio dejó de reflejar sus rostros para adquirir paulatinamente una mayor transparencia. De tal modo que, al cabo de unos segundos, Vanessa pudo contemplar lo que estaba sucediendo al otro lado del cristal. Allí, tumbado bocarriba sobre una mesa de operaciones, inmovilizado mediante pulseras metálicas, que mantenían sus brazos extendidos detrás de la cabeza, yacía despatarrado y completamente desnudo un hombre de mediana edad, en una posición muy poco digna. Su rostro quedaba parcialmente oculto por el ángulo que formaban sus extremidades inferiores apoyadas sobre sendos portapiernas. Sus gónadas parecían protegidas por un cabezal del que partían dos tubitos conectados a unos depósitos de cristal semejantes a los cientos de miles que contenía el almacén.

De pronto le vino a la cabeza la imagen de la ordeñadora automática que empleaba su padre cuando ella era pequeña, para extraer mediante succión por vacío la leche de las ubres de la única vaca que tenían en la granja de Katterskill. Se hallaba ya dispuesta a tratar de invalidar aquella loca asociación de ideas cuando, efectivamente, al fijarse mejor, pudo apreciar un leve pero sincrónico movimiento de bombeo por parte del cabezal que aquel hombre tenía adherido sobre su escroto. Un tenso temblor se transmitía a los tubos que conectaban aquel artilugio con las hornacinas refrigeradoras, en cuyo interior se iba depositando, gotita a gotita, el semen de aquel hombre que, en puridad, estaba siendo ordeñado.

Y, como si éste hubiera intuido que estaba siendo objeto de escrutinio por parte de Vanessa y la Hermana Löffler en tan indigna pose, alzó levemente su avejentada y cetrina cabeza rasurada, asomándola entre sus piernas dispuestas en uve. Lo justo como para que sus miradas se encontrasen a través de la pantalla de cristal que separaba ambas estancias. Lo justo como para que Vanessa reconociese aquellos ojos y aquellos ojos identificasen al momento los de Vanessa.

- ¡Ajá! Veo que no me equivocaba. ¡Vosotogos dos ya os conocíais…! –exclamó triunfalmente la priora, meneando su huesuda mano frente al cristal- Saluda al padegue de tu futugo hijo, quien en apenas unos añitos estagá en condiciones de ocupag el lugag de su papá. ¡Hola papi!

Él tan sólo pudo emitir un desesperado y borboteante grito de desesperación. Ella sintió que, en su interior, dos nuevas y profundas corrientes de congoja y cólera colisionaban tangencialmente contra la trayectoria de su instinto de supervivencia.

- Debeguías sentigte oggullosa, Vanessa. Pues aunque no vivas lo suficiente como paga contaglo, segá el semen de tu hijo el que fecunde a millones de mujegues, ¡lo que te convegtigá en la abuelita de una buena pagte de La Sogoguidad! ¡Tendagás millones de nietecitas! –la risa de Claudia Löffler se convirtió en un ahogado silbido apenas audible, cuando los crispados dedos de la mano de Vanessa se cerraron sobre la nuca de la vieja y, con un brusco movimiento, estampó la cabeza de la priora contra el cristal.

Mientras el decrépito e inánime cuerpo de la Hermana Löffler se escurría desvencijado sobre el suelo del hangar, Vanessa tuvo la certeza de que iba a escapar de allí. No tenía ni idea de cómo, pero de pronto fue consciente de que tendrían que matarla para evitar que se fugase aquella misma noche. Y también se prometió a sí misma una cosa más: no se escaparía sola. Sacaría de allí a Freddy con ella, aunque fuese lo último que hiciese en su vida.

Publicado la semana 44. 29/10/2018
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