Semana
43
Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Cuéntaselo a Claudia

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La decana guionista introdujo entre las todavía temblorosas manos de Vanessa Womb una segunda taza de té. Con un imperceptible gesto le dio a entender a Camille Lescaut que no se le ocurriera interrumpir el relato de los acontecimientos que les estaba refiriendo Vanessa. La Doctora Sorkin no sólo deseaba conocer todos los detalles concernientes a su huida del centro en el que las Madres Malthusianas llevaban a cabo su programa de Inmaculadas Concepciones. También se daba perfecta cuenta de que el mero ejercicio narrativo ejercía sobre aquella mujer el efecto sedante que tanto necesitaba en aquellos momentos.

Tan pronto como concluyó su exposición, Sorkin extendió la mano y Vanessa le hizo entrega del dispositivo móvil del que se había servido para documentar, durante su huida, todo lo que les acababa de referir: lo que verdaderamente estaba aconteciendo en el interior del recinto en el que se alojaban las jóvenes madres a la carta; las gestantes cuyos vientres eran la única esperanza que le quedaba al declinante sistema para perpetuarse, y cuyo número era, año tras año, más escaso, por más que la Hermana Löffler y su cohorte de aduladoras se encargasen de sembrar La Sororidad con el mensaje contrario.

Una vez que la anciana hubo puesto a buen recaudo el celular, desenrolló la pantalla de grafeno que colgaba del techo del salón de su vivienda. Antes de pulsar sobre el enorme triángulo escaleno que ocupaba casi toda la parte central de su superficie, se permitió unos segundos para explicar a Vanessa y a Camille lo que estaban a punto de contemplar: la reproducción de tres viejos vídeos emitidos a través de internet hacía la friolera de 40 años.

- Huelga mencionar que, en La Sororidad, sobran los dedos de una mano para contabilizar a las mujeres que conocen la existencia de estos documentos gráficos…, y eso incluyéndoos a vosotras dos en la ecuación –señaló Sorkin.

El primero de aquellos vídeos parecía un reportaje conducido por una atractiva periodista, desde la capital de la extinta Nueva Zelanda, trufado de declaraciones de mujeres entusiastas de distintas edades y de las más diversas procedencias. Todas ellas hacían mención al día 8 de marzo. A todas luces la única jornada en que, en aquella pretérita época, parecía tener cabida celebrar la feminidad. La emisión se interrumpió abruptamente. Como era de prever, los rostros de ambas espectadoras reflejaban la confusión de aquellas que intuyen que la retransmisión no debería haber acabado así, mezclada con un oscuro presentimiento que no se atrevían o no alcanzaban a expresar. Conque, antes de que ninguna de ellas pudiera formular alguna pregunta que estropease la teatralidad de la puesta en escena, a la que Sorkin era tan aficionada, la anciana puso en marcha la siguiente proyección…

En ese segundo vídeo figuraban, frente a una cámara, un número de mujeres imposible de determinar. Porque todas ellas aparecían embozadas en distintas localizaciones. Se trataba de un elaborado encadenamiento de secuencias en las que cada mujer pronunciaba frente a la cámara una frase que, brillantemente ligada con la anterior y a la vez unida a la siguiente, hilvanaban el apasionado discurso de una facción de terroristas feministas que se denominaban a sí mismas W.H.O.R.E.S. Como Sorkin también había previsto, tanto Camille como Vanessa, alternaban su mirada entre la proyección y la cara de la anciana en su pretensión de corroborar si todo lo que afirmaban aquellas mujeres era cierto. De modo que la veterana guionista se situó junto a la pantalla para, mediante estentóreos asentimientos con la cabeza, ir afirmando con rotundidad que todas y cada una de las palabras vertidas no sólo eran absolutamente veraces, sino que además se fueron cumpliendo punto por punto durante los días subsiguientes a la fecha de su emisión. Y aunque ni Vanessa ni Camille salían de su asombro, la primera –quizás debido a la extenuación- parecía asimilar los hechos abnegadamente, mientras que la más joven mostraba abiertamente su estupefacción, y hasta levantaba la mano como si estuviera en clase para ametrallar a su profesora con todas las cuestiones que se agolpaban en su cabeza, y que casi podía notar físicamente apiladas contra la cara interna del hueso frontal de su cráneo.

Sin embargo, tampoco esta vez Sorkin admitió preguntas. En su lugar accionó por tercera y última vez el botón que, sobre la pantalla de grafeno, invitaba a reproducir el vídeo promocional de una página web que dejó a sus convidadas literalmente sin respiración…

Llevaba por título “Cuéntaselo a Claudia”.

Camille y Vanessa no habían contemplado nada más cruel e inhumano en su vida. Los tres minutos que duró aquella proyección se les hicieron eternos y, a decir verdad, la mayor parte del tiempo se lo pasaron con las rodillas encogidas sobre el sofá y las manos ocultándoles el rostro. No deseaban; no soportaban ver aquello… Y, sin embargo, a través de las rendijas que formaban los dedos frente a sus ojos, pudieron vislumbrar el horror padecido por un número de mujeres imposible de determinar. Pero que, a todas luces, había sido muy elevado; tremenda y monstruosamente elevado… No había voz en off acompañando a aquel vídeo. Su pista de audio la componían básica e íntegramente los alaridos y lamentos procedentes de bosques enteros de enormes picas, sobre las cuales se desangraban y perdían la vida decenas, centenas, millares de mujeres empaladas vivas…

La última secuencia del vídeo había sido destinada a sobreimpresionar un sencillo texto sobre un fundido a negro que rezaba así:

Jamás permitas que ningún hombre te ponga un dedo encima.

Si alguno se atreve a hacerlo, no lo dudes: Cuéntaselo a Claudia.

www.cuentaseloaclaudia.org

Tras el visionado, Sorkin dio un suave tirón hacia abajo de la parte inferior de la pantalla, provocando que ésta se enrollase automáticamente, antes de tomar asiento en un barroco sillón orejero situado a la derecha del sofá que ocupaban Vanessa y Camille. En esta ocasión, era tal la consternación que el último vídeo había provocado sobre sus invitadas, que ni siquiera a Camille le había dado tiempo a procesar todas las preguntas que le gustaría plantear. Sorkin, que odiaba que se le enfriase el té, se obligó a darle un breve sorbo a su taza, antes de tomar de nuevo la palabra.

- Las escaramuzas de las W.H.O.R.E.S. fueron algo serio, ¿qué duda cabe? Y pusieron a los hombres en guardia. Pero jamás habrían conseguido pasar de ser eso: simples mujercitas jugando a arañar con sus espadas de juguete las piernas del Polifemo. De hecho, cuando tras producirse los arrestos de sus principales cabecillas y clausurar sus principales sedes y páginas web, los hombres comprobaron que lo único que conseguían era azuzar aún más el avispero, al contribuir con su martirio, a que cada día más y más mujeres se alistasen a sus filas, decidieron emplear métodos más expeditivos. Métodos de probada infalibilidad, más propios de otra época aún más oscura. Un auto de fe en toda regla: en lugar de tener a más reclusas de las que el sistema penitenciario podía asumir –miles de presas que el imaginario y así como la propaganda feminista se encargaron de convertir en mártires-, decidieron librarse definitivamente de ellas y, de paso, enviar un contundente aviso a navegantas. Miles de mujeres fueron ejecutadas simultáneamente y de la forma más atroz en diversos estadios de Hado. Las imágenes de los empalamientos fueron difundidas mundialmente, día y noche, durante semanas por todos los medios de comunicación existentes. Fue literalmente imposible sustraerse al mensaje. Como los hombres habían previsto, el miedo pudo más que el ultraje, y W.H.O.R.E.S. vio cómo, de la noche a la mañana, su poder de influencia y el número de sus miembras comenzó a declinar. Una nueva victoria del heteropatriarcado parecía tan inminente como inevitable. Cuando, de pronto, un buen día, concretamente el 21 de mayo de 2036 de la Era de los Hombres, se publicó una nueva página web que lo cambió todo: Cuéntaselo a Claudia…

>> Para cuando los servicios de inteligencia dieron con el paradero de los servidores que la alojaban y consiguieron los permisos oportunos para clausurarla, la web ya había registrado millones de visitas… Miles de millones. Se estima que la práctica totalidad de las mujeres con acceso a internet en mayo de 2036 visitó la web al menos en una ocasión. Las autoridades lograron cerrar la página, pero no pudieron impedir que la tal Claudia se hiciera con los datos personales de miles de millones de supuestos hombres maltratadores. El formulario que tenían que rellenar las usuarias era claro y conciso: nombre, apellidos, dirección postal, documento de identidad, cuenta de correo electrónico, perfiles en redes sociales y número de teléfono móvil del maltratador.

>> Al principio parecía que todo había sido una broma de mal gusto. Incluso entre los círculos feministas comenzó a correrse la voz de que había sido una maniobra del heteropatriarcado para detectar a potenciales nuevas cabecillas de movimientos subversivos. Pero, antes de que pudiéramos dar la bienvenida al verano de aquel año, comenzó a suceder. En un primer momento, los gobiernos consiguieron contener la noticia y evitar que ésta saltara a los informativos. Estaba a punto de arrancar el Mundial de Hado, y la práctica totalidad del mundo masculino parecía tener sus escasas neuronas centradas en las alineaciones de los equipos que iban a competir, así como en pertrecharse de los juguetitos necesarios para entregarse de lleno al disfrute del mayor acontecimiento festivo-lúdico-deportivo del mundo. Era tal el número de minutos que ocupaban las noticias relativas al Mundial de Hado en los informativos, que las autoridades no tuvieron que esforzarse mucho en retener las alarmantes cifras de hombres muertos o desaparecidos que, día a día, iban en aumento. En su vana pretensión por contener la espantosa noticia, contribuyeron, sin ellos saberlo, a su completa erradicación de la faz de la Tierra.

- Entiendo que todas estamos pensando en la misma Claudia, ¿no es así? –la voz de Vanessa, que había permanecido muda desde que, tras su súplica accediera a la vivienda de la Doctora Sorkin, le salió tan cascada que a ella misma le costó reconocerse en ella.

- Hoy sabemos a qué Claudia hacemos mención cuando pronunciamos su nombre –apuntó la anciana guionista-. Pero no se os olvide, niñas, que estamos hablando del año 1 antes de La Sororidad. Por aquel entonces, pocos y pocas se acordaban ya de la famosa Hermana Löffler, la combativa monjita que puso en jaque a los gerifaltes de la Iglesia Católica y que desapareció de la noche a la mañana tras un atentado que estuvo a punto de acabar con su vida. Pero, ni siquiera aquellas de nosotras que recordábamos el episodio de la tenaz novicia que estaba dispuesta a llegar donde fuese necesario porque se reconociese su caso de partenogénesis, jamás llegamos a conocer su nombre de pila. De modo que, cuando hizo su aparición en escena “Cuéntaselo a Claudia”, nadie se podía imaginar que, detrás de aquella revolucionaria web psicoterrorista, a través de la cual se podía solicitar la desaparición selectiva de un determinado hombre, se encontraba nuestra vieja amiga.

- Salvo usted –terció Camille sin levantar la vista del fondo de su taza vacía.

- Salvo yo, claro está –reconoció Sorkin-. Creo que, a estas alturas, ya no es necesario convenceros de que todo lo que os he referido, y todo lo que voy a referiros a partir de este momento, forma parte del guion que escribimos para Claudia Löffler.

- Que… ¿escribimos…? –preguntaron al unísono Vanessa y Camille.

- Que escribimos –refutó aquella viejecita que de pronto parecía haber recuperado la vitalidad de una adolescente-. Yo me encargué de la producción ejecutiva, por así decirlo. Pero la verdadera directora de este enorme espectáculo fue la mejor jugadora de ajedrez que he conocido en mi vida. Mi jefa y mi gran amiga, Virginie Dorantes: el cerebro que pergeñó Relatocracia. La obra maestra en la que la gran Virginie no sólo previó y predijo la venida de La Sororidad. Relatocracia es también el guion en el que dejó escrito punto por punto cómo, cuándo y, sobre todo, por qué se iban a producir cada uno de los acontecimientos que nos han traído hasta aquí. En su magnus opus, la Dorantes nos legó un futuro inédito para las mujeres que ella tanto amaba… Y por las cuales llegó a dar su propia vida en Wellington, como vosotras mismas acabáis de presenciar. En Relatocracia estamos todas. Y, si os tomáis el tiempo necesario para su lectura, también encontraréis vuestros nombres entre sus últimas páginas…

>> Sin embargo, Relatocracia no es, ni mucho menos, una historia cerrada. La predicción de Virginie, y mi propia labor como guionista confluyen y concluyen en esta misma noche: la noche en la que Camille Lescaut y Vanessa Womb se encuentran para dar comienzo a un nuevo ciclo. A partir de esta página el devenir de la historia de las mujeres, de la humanidad en su conjunto, es cosa vuestra…

Publicado la semana 43. 22/10/2018
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Walking - Tindersticks , Indignos - Miguel Garzía , De noche, En la cama, Con ganas
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