Semana
39
Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Escríbeme otra vida

Género
Relato
Ranking
0 257 3

Tirada en la parte trasera de un furgón de seguridad, Camille Lescaut lloraba como sólo es capaz de hacerlo una joven verdaderamente desesperada por la indignación. Era tal el ultraje del que se sentía víctima que, a modo de simbólica protesta -mientras se preguntaba, entre sollozos y lamentos, si habría algo más humillante que sacar a la rastra a una recién graduada del día de su promoción, delante de todas sus amigas, rivales y futuras colegas de profesión-, había renunciado a incorporarse, o a tomar asiento en alguno de los bancos laterales de los que disponía el vehículo para los reos.

Para cuando su reserva de lágrimas se agotó, observó, a través de los traslúcidos cristales reforzados de la parte superior de los portones, que hacía rato que ya era noche cerrada. Y cayó en la cuenta de que sí, de que había algo todavía más denigrante: haber sido olvidada en la parte trasera de un furgón de seguridad estacionado en el parking de La Academia; abandonada a su suerte, sin mayor explicación ni expectativa de destino. Aunque ese destino fuese tan horrible como el calabozo que ella se había estado imaginando durante todo el rato que le duró el llanto…

Se despertó sobresaltada por la dentera que le produjo el chirrido del portón lateral del furgón al descorrerse para que accediera a su interior una figura menuda que, en un primer momento, debido a la oscuridad y a la borrachera del sueño interrumpido, no llegó a reconocer. Era evidente que se trataba de una mujer de avanzada edad. Pero fue incapaz de dilucidar su identidad hasta que ésta no profirió a las agentes de seguridad, que acaban de acceder a la parte delantera del vehículo, su orden escueta y concisa:

- ¡Arranca! –exclamó la doctora Sorkin, al tiempo que golpeaba con los nudillos la mampara que las aislaba de la cabina de conducción. Y, tomando asiento en uno de los bancos de la parte trasera del furgón, apoyó su mano derecha sobre la superficie de madera, a modo de invitación, para que Camille tomase asiento junto a ella.

- Supongo que no es casual su presencia aquí, doctora –sugirió Camille aceptando a regañadientes, pero acomodándose en el banco enfrentado al de Sorkin.

- Nada es casual, querida mía –murmuró la anciana, cuyo rostro se iluminó tétricamente en la oscuridad a la luz de la llama de un mechero con el que prendió uno de sus largos y finos cigarrillos. Y, expulsando el humo hacia un lado, sentenció-: usted mejor que nadie debería saberlo.

- ¿Por qué dice eso? –preguntó Camille sin un ápice de ironía ni falsa modestia en su voz.

- ¿Acaso no se jacta usted de ser la mejor guionista de su promoción…? –toda la retranca de que careció la anterior cuestión de la joven fue compensada con creces por la que le sobraba a la pregunta retórica de la anciana-. Esa duda no es digna de alguien capaz de hilar una trama como la que usted ha expuesto tan temerariamente en el salón de actos de La Academia durante la ceremonia de graduación, hermana Lescaut.

- ¿Insinúa que me he inventado los hechos a los que he hecho alusión esta noche, doctora Sorkin? –la interpelada se limitó a darle una profunda calada a su cigarrillo y a encogerse de hombros. Y, despidiendo teatralmente dos columnas de humo por los orificios de su nariz, sonrió y negó con la cabeza.

- ¡Entonces es cierto! –esta vez Sorkin se conformó con arquear las cejas para solaz de Camille, quien, tras una pausa que aprovechó para terminar de atar cabos sueltos en su mente, indagó confusa:- ¿Quiere decir que todo estaba previsto desde el principio…?

- Quiero decir que la casualidad es el refugio de los ingenuos –profirió exasperada Sorkin-. Del mismo modo que el desconocimiento de las leyes que rigen el ordenamiento jurídico no te exime de su cumplimiento, la ignorancia de las leyes que rigen la causalidad no te libra de que te afecten, querida niña –era la primera vez que Camille escuchaba a Sorkin tutear a alguien. ¡Y la estaba tuteando a ella!-. Al contrario de lo que ocurre en Derecho, donde existe la necesaria ficción legal de que, habiendo sido promulgada una norma, se nos presupone a todas un conocimiento de la misma, en nuestra sociedad pareciera existir la absurda presunción de que podemos acogernos a una quimera como la casualidad para excusarnos del desconocimiento de las verdaderas causas que provocan los giros argumentales de nuestras vidas.

- ¡Pero pretender controlar todas las variables que afectan a una determinada situación es de locas! –exclamó incrédula Camille, incapaz de aceptar la tesis de Sorkin.

- De ahí la importancia de nuestro trabajo como guionistas –reconoció la anciana-. En este mundo básicamente hay dos clases de personas: las que injertan su trama en la historia comenzando por el planteamiento, y las que lo hacen pensando en el desenlace. En el primer caso, el de la mayoría, se trata de biografías insustanciales: tediosas recopilaciones de supuestos accidentes vitales; las soporíferas crónicas de las que eligen que el azar elija por ellas...

- Perdóneme, pero no estoy segura de estar comprendiendo del todo las implicaciones de lo que afirma…

- Imagina que estás de pie, con los ojos vendados. Tienes los brazos extendidos hacia delante y, entre tus manos, sostienes un pesado y frío trozo de metal. El dedo índice de tu mano derecha es capaz de identificar al tacto un gatillo. Te sientes impelida a apretarlo; a oprimir aquella minúscula pieza que sientes que, aunque se resiste, cede bajo tu presión. A pesar de que intuyes que las consecuencias podrían ser nefastas, la tentación de lo ignoto, la ruptura del monótono statu quo y la huida del aburrimiento pesan más en la balanza de tu juicio moral. Así que, escudada tras el velo de tu supuesta ceguera, continúas comprimiéndolo hasta que escuchas el estruendo de una detonación que te sobresalta. Sólo entonces, motivada por la curiosidad, decides retirar el antifaz que te ciega. Frente a ti se alza un muro infinito. Tan ancho que no alcanzas a vislumbrar sus confines ni a izquierda ni a derecha. Tan alto que, por más que alces la vista, pareciera no tener fin. Súbitamente, te das cuenta de que el muro te rodea, por todas partes… Te percatas de que, lo que creías que era un muro es, en realidad, una inmensa cápsula; una suerte de crisálida construida a partir de cuerpos de personas vivas, apilados unos sobre otros, a modo de ladrillos. Un inmenso y tupido tapiz humano sobre el que comienza a extenderse una densa y brillante mancha carmesí, allí donde ha impactado el proyectil que has disparado a ciegas. De pronto, aquel cuerpo ensangrentado se precipita al vacío, hacia el centro de gravedad de aquel inmenso ecosistema esférico, que eres tú. A continuación se desploma otro cuerpo y, seguidamente otro… Paulatina e indefectiblemente, todos y cada uno de los seres humanos que entretejen y conforman aquel capullo se desmoronan y comienzan a caer sobre ti. Eres consciente de que, en breve, acabarás sepultada bajo el peso de todos aquellos cuerpos que se precipitan procedentes de todas las direcciones… Sólo entonces comprendes los efectos, las causas de los efectos, los efectos de los efectos y las causas de las causas –e introduciendo la pertinente pausa dramática para darle otra ansiosa calada al cigarro, la doctora Sorkin permaneció unos segundos en silencio hasta que estuvo segura de que su pupila había asimilado toda la analogía. Sólo entonces concluyó diciendo:-  Pero ya es demasiado tarde. Si la mera asunción de la responsabilidad de las consecuencias de tus actos no fuese suficiente como para hacerte enloquecer, tan sólo intuir tu grado de complicidad en la ignorancia de las causas que los han provocado podría enajenar tu mente hasta la demencia. Nuestros cerebros intuyen las leyes causales que gobiernan el universo. Y su manera de protegernos de la locura a la que antes hacías mención es tratar de convencernos de que todo es fruto de una inmensa casualidad. Cuando en realidad, en nuestro fuero interno, sabemos que no es así…

- También podría haber elegido no disparar –arguyó Camille.

- Así es querida –concedió la doctora Sorkin-. Lo cual requiere una sabiduría, una abnegación y una capacidad de desapego sólo al alcance de las más iluminadas. Alguien una vez dijo que una mujer es aquello que hace con lo que hicieron de ella. Y nuestro público objetivo, se compone de aquellas mujeres que, precisamente, optan por la demencia que deriva de generar, asumir y responsabilizarse de las causas que provocan los giros en las tramas argumentales de sus vidas. Aquellas que visualizan sus destinos y se comprometen con ellos.

- Y la Hermana Löffler es una de ellas –presupuso la joven.

- A Claudia Löffler se le ha permitido creer que es una de ellas –puntualizó Sorkin aplastando la colilla del cigarro con el tacón de su bota. Y como Camille Lescaut cada vez parecía más desorientada, le preguntó:- ¿Te gusta el ajedrez, querida…? Parte del trabajo de una buena guionista, quizás el más importante de todos, consiste en identificar a los peones cuyas trayectorias se hallen en una posición ventajosa para integrarse dentro la jugada principal, instándoles a creer que tienen posibilidades de coronarse como reina, cuando el verdadero propósito de la jugadora que los controla es que inmolen sus destinos en favor de una causa mayor. Piezas desechables que avanzan temerariamente por el tablero, cegadas por la fuerza de una narración que otras han escrito para ellas. De entre todas las destrezas que integran el arte de la Relatocracia, donde una verdadera guionista manifiesta realmente su maestría es en la habilidad de inocular una idea en la mente de una persona; en nutrirla pacientemente, sirviéndose de los estímulos adecuados, auspiciando las circunstancias propicias, regándola incesantemente y por todos los medios posibles con infinidad de relatos creados ad hoc, con la única finalidad de abonar el terreno y erradicar el más mínimo vestigio de pensamiento crítico o disonancia cognitiva que pueda poner en peligro su desarrollo… De manera que, cuando dicha idea despunte y vea su primera luz, la persona que la alberga en su cabeza la sienta como originalmente suya y esté dispuesta a hacer literalmente lo que sea necesario por llevarla a término.

El furgón se detuvo bruscamente, interrumpiendo la disertación de la doctora Sorkin y provocando que, tanto ella como Camille se tambaleasen, obligándolas a asirse la una a la otra para no precipitarse al suelo. Cuando sus miradas se cruzaron en la oscuridad de la parte trasera del vehículo, la joven supo ver en los ojos de la anciana que ésta le contaba su verdad, y Sorkin adivinó, en aquel cándido rostro, que a Camille aún le iba a llevar un tiempo digerir la naturaleza última de su profesión. Un tiempo del que, por desgracia, carecían: el ritmo de la narración apremiaba, se hallaban a punto de encumbrar el clímax de la historia, y todas las piezas estaban ya dispuestas. De modo que Sorkin decidió arriesgarse haciéndole la antepenúltima revelación de la noche a su pupila:

- La trama de Claudia Löffler toca a su fin, querida. Una nueva pieza está llamada a reclamar su lugar para reequilibrar la partida. Pero también sé que no yo viviré lo suficiente como para ver acabado mi guion, Camille. Necesitaré que tú lo concluyas por mí…

Tan pronto como descendieron del vehículo, ayudadas por las agentes de seguridad, Sorkin se colgó del brazo que le ofreció Camille. Maestra y discípula atravesaron juntas el portal del vetusto edificio donde residía la anciana. Mientras ascendían por el hueco de la regia escalera, en el interior de un quejumbroso elevador, la joven pensó en todas las veces que se había preguntado cómo sería la casa de una verdadera guionista como Sorkin. Mas cuál no sería su decepción cuando, al girar la llave de la pesada puerta que daba acceso a la vivienda, comprobó que la flamante decana de La Academia residía en un minúsculo apartamento de apenas tres estancias: un salón con cocina-office, atiborrado de recuerdos, dividido por un fino tabique de un modesto baño y un estoico dormitorio.

- ¿Deseas tomar algo? –le ofreció solícita la doctora Sorkin-. Creo que me queda algo de té por alguna parte…

- Se lo agradecería, la verdad –aceptó sinceramente Camille-. Necesito algo que me entone el cuerpo.

Mientras la anciana trasteaba al otro lado del mostrador que separaba la cocina del salón, la joven se dedicó a contemplar algunas de las fotografías que literalmente se desbordaban de los estantes, módulos y mesas que componían el ecléctico mobiliario que colmaba la estancia principal de la vivienda. Algunos de aquellos retratos eran tan antiguos que Camille tuvo que hacer un gran esfuerzo por reconocer en ellos a su anfitriona. Y, aunque desconocía a la mayor parte de las personalidades que aparecían en las fotos junto a Sorkin, no le costó deducir que debía tratarse de figuras realmente destacadas de los ámbitos de la política, las artes y los negocios. Al tomar una de aquellas fotografías, apenas sus ojos se posaron sobre el hueco del marco, éste se le escurrió de entre las manos a causa del estupor. Sorkin, a quien no le había pasado desapercibido el gesto, se aproximó y, haciendo crujir sus vetustas rodillas, se agachó a recogerlo del suelo.

- Se llamaba Barack Obama –dijo mirando con verdadero cariño aquel retrato-. Fue el primer y último presidente de color de los EE.UU. de Norteamérica, país al que pertenecía esta región, antes de la instauración de La Sororidad. Esta foto tendrá sus buenos 60 años... Aquí estamos celebrando su reelección, en la que yo participé muy activamente. Creo que fue el único hombre decente que conocí antes de que llegase al poder, que continuó siéndolo durante su ejercicio y, sobre todo, cuando concluyó su mandato –y, tras depositar la fotografía de nuevo en su lugar-. Aquí tienes: tu té. No dejes que se te enfríe.

- ¿Por qué yo? –preguntó Camille a quien aquella cuestión le ardía en las entrañas más que el sorbo que le acababa de dar al té.

Sorkin sabía que, más tarde o más temprano tendría que dar respuesta a esa pregunta, de modo que decidió no andarse con rodeos y exponer la penúltima revelación que aquella noche tendría que digerir su mejor alumna.

- ¿Qué porcentaje de la intrigante trama con que nos has deleitado esta noche en el salón de actos de La Academia crees que es realmente mérito tuyo…? –aquella pregunta pilló completamente desprevenida a Camille, que no supo qué responder-. Quiero decir –trató de explicarse Sorkin-. ¿Cuántas de tus compañeras de graduación crees que han tenido acceso a la información que tú pacientemente has ido recopilando a lo largo de estos últimos meses…?

- Como muy bien dice usted –se defendió la joven, visiblemente acalorada por las implicaciones de lo que la anciana estaba queriendo dejar entrever y que, de ser ciertas, impactaban directamente contra la línea de flotación de su autoestima-, llevo meses reuniendo pruebas: accediendo furtivamente a viejos artículos periodísticos de las zonas vedadas de la hemeroteca, quitándome horas de sueño para visualizar antiguos documentales imposibles de reproducir en los dispositivos actuales, pidiendo favores para introducirme a hurtadillas en todo tipo de archivos restringidos… Sé que dicho así no suena del todo bien, que quizás mi modo de proceder se pueda cuestionar, o que incluso haya cometido alguna ilegalidad… Pero le aseguro que me siento muy orgullosa de la investigación que he llevado a cabo.

- No has respondido a mi pregunta, bonita mía –se limitó a decir Sorkin, inasequible a la retórica de Camille-. ¿Crees que eres la única que ha tratado de infiltrarse en los repositorios documentales que tan diligentemente has mencionado para tratar de descubrir los entresijos del relato imperante…? ¿Quién supones que firmaba las autorizaciones para que se te permitiese el acceso a esas informaciones? ¿Quién estimas que se hallaba despejándote el camino para que todas y cada una de tus sigilosas incursiones no acabasen contigo expulsada de La Academia…? Te muestras desafiante; incluso insolente, creyendo desbaratar mi ponencia de graduación cuando no era más que un examen final: la prueba definitiva que me ha demostrado que, una vez más, mi intuición no me fallaba. Te alzas orgullosa, delante de tu mentora, creyendo estar en posesión de la verdad. Y tienes motivos para estarlo: eres inteligente a rabiar, gozas de una intuición muy fina y dispones de unas cuantas piezas del rompecabezas. Pero hazle caso a esta vieja, querida niña: aun estás muy lejos de conocer toda la verdad.

- Si las cosas se han desarrollado como insinúa –apuntó la joven Lescaut visiblemente decepcionada-, entonces es usted la que no ha respondido aún a mi pregunta… Dígame, ¿por qué yo…?

- ¡Porque me recuerdas tanto a mí misma cuando aún tenía tu edad...! –reconoció la doctora Sorkin, alzando mucho sus arrugados y pesados párpados-. Esa que ves ahí –dijo señalando la foto en la que aparecía junto a Obama-, era una joven igual de idealista, igual de irreverente, igual de inconformista e igual de apasionada por su trabajo que tú. Al igual que tú, yo también estaba dispuesta a pagar el precio que hiciese falta por conservar intacta mi libertad de pensamiento y mi espíritu crítico. También yo me hacía preguntas y no cejaba en mi empeño hasta disponer de las respuestas que buscaba, pues de otro modo mi conciencia no me habría dejado conciliar el sueño… -en este punto, la doctora Sorkin tomó asiento en el sofá. Habría sido incapaz de continuar en pie mientras sostenía la repugnante mentira que iba a pronunciar a continuación. Cogió entre sus frías y huesudas manos las de su pupila, para beneficiarse del bendito calor que emanaba del cuerpo de aquella joven, y para evitar que el temblor de sus propias extremidades pusiese de manifiesto la atroz falacia con que iba a tratar de embaucarla:-. Al igual que a ti, a mí me tocó vivir un cambio de Era. Y mal que me pese haber renunciado a algunos de mis principios en el ejercicio de esta ingrata profesión, cuando echo la vista atrás y hago inventario de los pros y los contras, llego a la conclusión de que lo que se ganó supera con creces el altísimo precio que tuvimos que pagar.

>> Ambición, intrepidez, audacia…, todas esas virtudes están muy bien, todas son muy necesarias para el ejercicio de guionista, y tampoco a ti te faltan, mi dulce niña –reconoció Sorkin mirándola muy fijamente a través de aquellos cada vez más acuosos ojos grises-. Sin embargo, hace falta algo más para asumir la responsabilidad que conlleva este gran poder. Es necesario estar hecha de una pasta especial. Y tú, hermana Lescaut, sé que tendrás lo que hay que tener cuando la historia se repita…

- Ah… ¿a qué se historia se refiere? –preguntó Camille realmente amedrentada.

- Hace aproximadamente 40 años, una joven novicia llamó a esa misma puerta –susurró Sorkin, cuya segunda gran pasión era la dramaturgia, haciendo un gesto con su cabeza en dirección a la entrada de la vivienda- para demandar de mí lo mismo que otra joven novicia solicitará de ti antes de que despunte el nuevo día…

Camille Lescaut reprimió por unos instantes las tremendas ganas que tenía de preguntar a la anciana guionista cuál fue (y cuál sería) aquella petición que provocó (y que provocaría) un giro de inflexión de tal calibre en la historia de la Relatocracia. De haberlo hecho, la doctora Sorkin, le habría respondido de buen grado, descubriendo así la última y más grande de las revelaciones que le tenía preparadas a su mejor alumna para aquella memorable jornada de cesión de trastos –como gran aficionada a las corridas de toros que era Sorkin, mucho antes de la instauración de La Sororidad, a ella le habría gustado denominarlo así (N.del A.).

Mas Camille, intuyendo el tempo de la trama de la que ya –para bien o para mal- formaba parte inexorablemente por causas que no sólo no le eran ajenas, sino que ella misma había provocado, eligió elegir y aguardó pacientemente a que aquel rumor de pisadas que llegaba procedente de la escalera se convirtiera en un verdadero estruendo aproximándose a la puerta de la vivienda de la doctora Sorkin para, a continuación, transformarse en un ansioso y contumaz aporreo sobre la tranquera de madera.

Efectivamente, cuando la decana de La Academia abrió la puerta, asomada al quicio apareció, tal como ella había predicho, jadeante y sudorosa, la figura de una joven en avanzado estado de gestación, a juzgar por el abultado vientre que destacaba bajo los hábitos monjiles que lucía. Apenas hubo recuperado algo de resuello, miró a Camille con ojos desesperados, al tiempo que imploraba…

- Por favor..., necesito que me escribas otra vida.

Publicado la semana 39. 24/09/2018
Etiquetas
A New Life is Born - Queen , Westworld , De noche, En la cama, Con ganas
Compartir Facebook Twitter