35
Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - La forja de un mito

Con un autoritario gesto la doctora Sorkin volvió a solicitar la conexión de la pantalla que se extendía a su espalda. A continuación fue mostrando a las asistentes una serie de fotografías en las que destacaba el inconfundible rostro de la Hermana Löffler, increíblemente joven y tocada con la cofia propia de las monjas pertenecientes a comunidades religiosas durante la época del Patriarcado. 

- El mandato procedía directamente desde el Vaticano y no daba pie a interpretaciones subjetivas. Se ordenaba a la Madre Superiora de la congregación a la que pertenecía la Hermana Löffler destruir todos los informes médicos, ecografías y demás pruebas ginecológicas, así como negar que alguna vez hubieran tenido noticias del embarazo de la joven monja austríaca –a pesar de llevar más de una hora y media de conferencia, se percibía un renovado ímpetu en los gestos de la doctora Sorkin. Y su entusiasmo resultaba contagioso. Era la primera vez en su vida que relataba aquel pasaje de la vida de la Hermana Löffler a un público tan amplio. Y, quizás por el tono misterioso e intrigante que adquiría su voz, las jóvenes guionistas que componían su audiencia, quienes hacía apenas unos minutos estaban deseando que la ceremonia acabase para ir a celebrar por todo lo alto su graduación, ahora la contemplaban ojipláticas, ávidas de morbo y deseosas de conocer los secretos acontecimientos que convirtieron a una vulgar religiosa de un convento perdido en los Alpes suizos en la fundadora de La Sororidad… La lideresa mundialmente conocida que fue capaz de asestar, con la estalagmita formada durante milenios a base de gotas de reconcentrado rencor femenino, una puñalada mortal en el corazón del Patriarcado.

- Pero de nada les hubiera valido eliminar todas las pruebas del embarazo de la Hermana Löffler si no se hubieran deshecho también del fruto de su vientre, ¿no es así doctora Sorkin? –esta vez la interpelada no tuvo la necesidad de localizar entre las asistentes a la joven que le formulaba aquella pregunta: estaba clarísimo que la inteligencia y la mordacidad de Camille Lescaut estaban a la altura de su reputación en La Academia. Había oído hablar mucho de aquella joven promesa. Y lo cierto es que sus preguntas (pero sobre todo las respuestas implícitas que contenían) estaban superando todas las expectativas generadas… ¡Era imposible que aquel “moco” supiera la verdadera historia de Löffler…!, se decía Sorkin a sí misma, paralizada de espaldas a la audiencia para no dar pistas de su estupor, ¡y, sin embargo, por el cariz de sus preguntas, pareciera como si Camille estuviera al tanto incluso de los detalles que se habían descartado a la hora de elaborar la versión oficial de la biografía de la lideresa!

- Así es, hermana Lescaut –reconoció Sorkin aún sin girarse-. Entre el conjunto de instrucciones que recibió la madre superiora del convento de clausura de St. Johann, se encontraba también la de encerrar a la Hermana Löffler en una celda subterránea, incomunicándola del resto de las allí congregadas, hasta que el mundo se olvidase de ella…, y de la niña que portaba en su vientre.

Un sordo clamor de indignación se fue condensando entre las asistentes y aspirantes a guionistas, hasta que la sospecha del ultraje acaecido en el interior de aquella celda se convirtió en airados insultos en contra de la curia vaticana y otros representantes del extinto Patriarcado. Aunque Sorkin hubiese querido, de nada le habría servido tratar de acallar aquellas crispadas voces, o intentar aplacar las muestras de estupor. Pero el caso es que, no sólo no quería, sino que esa era precisamente la reacción que estaba buscando antes de girarse bruscamente para continuar con el relato de lo que sucedió a continuación… Y, realizando un gesto en el aire con la palma de su mano, puso en marcha la reproducción de un antiguo noticiario que arrancaba con un plano en el que figuraban tres monjas de pie mirando a la cámara, mientras de fondo se identificaba el timbre masculino de un reportero de la época que hizo estremecerse a muchas (y hasta desmayarse a alguna) de las asistentes en aquel auditorio, pues, para la mayoría de ellas, aquella era la primera vez que escuchaban cómo sonaba la de voz de un hombre…

“En un pueblo de la región alpina de Müstair –relataba el narrador- un grupo de monjas han quebrado sus votos de silencio y obediencia para contarnos una historia increíble: aseguran que una de sus hermanas ha sido confinada en una celda incomunicada del convento en el que residen porque se encuentra encinta. Y, ¿adivinan quién es el padre…? Según ellas, ya que, debido a su voto de clausura, es imposible que ningún hombre haya “fornicado” (esta es la palabra exacta que han empleado) con su hermana de congregación, ¡se trataría del mismísimo Dios!”.

- Lo último que Iglesia Católica esperaba es que tres monjitas rompieran sus votos para dar a conocer al mundo lo que estaba sucediendo tras los muros del convento –continuó explicando la doctora Sorkin, mientras imágenes de multitudinarias manifestaciones se sucedían a su espalda-. Como ellas, el resto de las mujeres del planeta, se temió lo peor. Durante días, millones de ellas marcharon por las principales ciudades del planeta portando estandartes con el rostro de la que estaba llamada a ser su futura lideresa y eslóganes del tipo: “Todas somos la Hermana Löffler”; “Hermanas unámonos”; “Abajo el Patriarcado” o “Los hombres son la vergüenza de la Humanidad” –y permitiéndose un momento de esa petulancia tan característica en ella, añadió-. Ni siquiera a mí se me habría ocurrido un relato tan potente y eficaz. A pesar de su carácter “accidental”, la del encumbramiento de la Hermana Löffler es, por su viralidad, ferocidad y trascendencia, una campaña política de difusión global única y, seguramente, irrepetible –la doctora Sorkin permaneció en silencio mientras las imágenes de aquel clamor femenino, que había incendiado medio mundo hacía apenas medio siglo, calaban en las mentes de sus pupilas. Pasados unos minutos, cuando volvió a retomar su discurso, lo hizo escogiendo premeditadamente unas palabras muy concretas, no sólo para que la ponencia avanzase en la dirección que a ella le interesaba; sobre todo para comprobar si sus sospechas sobre cuánto sabía Camille eran ciertas:- Las que tuvimos la suerte de vivir en directo y en primera persona aquellos acontecimientos no sospechábamos, ni por asomo, que con nuestros gritos y nuestros esfuerzos estábamos contribuyendo a empujar para dar a luz un nuevo régimen.

- Hasta eso le quitaron a la Hermana Löffler –murmuró Camille Lescaut mordiendo el anzuelo que la anciana guionista le había tendido.

- ¿Cómo dices, querida? –preguntó Sorkin simulando no comprender la carga semántica implícita en las palabras de la joven.

- Me refiero a que a la pobre Claudia Löffler ni siquiera le permitieron dar a luz a su niñita –explicó Camille Lescaut girando sobre sí misma para que todas sus compañeras se contagiaran de la rabia que destilaban sus palabras-. Después de semanas de manifestaciones y huelgas femeninas, cuando por fin las autoridades eclesiásticas cedieron ante la presión popular y autorizaron la excarcelación de la Hermana Löffler, ésta yacía sedada e inconsciente sobre el catre de su celda, lucía una fea cicatriz, infestada por la evidente falta de atención médica, en su bajo vientre… -y tras una breve pausa añadió:- Y no había rastro de su niñita. Las autoridades sanitarias calcularon que la cesárea se había producido entre el cuarto y el quinto mes de gestación. Y que, aunque el convento hubiese contado con las instalaciones más punteras en materia de incubadoras y cuidados pediátricos para bebes prematuros, las probabilidades de que la pequeña hubiese sobrevivido eran muy escasas. 

- Así fue –confirmó la doctora Sorkin, aprovechando el revuelo causado por las palabras de su alumna, y más centrada en recuperar la narración del relato que en enriquecerlo aportando nuevas informaciones. La decana guionista no cabía en sí de asombro ante la profusión de detalles que Camille Lescaut parecía conocer acerca de la biografía no oficial de Claudia Löffler. Y, aunque tenía que reconocer que hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto de una ponencia y su curiosidad le incitaba a averiguar cuánto más sabía aquella chiquilla, decidió hacer caso a su sexto sentido que le indicaba que ya iba siendo hora de ir clausurando aquella ceremonia de graduación y continuar con los experimentos en casa-. Aunque jamás apareció el cadáver, todos los expertos coincidieron en señalar que, lo más probable, era que el feto de la niña no hubiese sobrevivido durante todo aquel tiempo. Claudia Löffler fue trasladada a una clínica privada de Zúrich, en la que recibió la visita de autoridades y dignatarios de todo el mundo, en cuyos países se había decretado una semana de luto a la luz de los recientes acontecimientos. Hasta el Papa (líder de la Iglesia Católica) anunció una visita oficial para mostrar su repulsa por las atrocidades que habían perpetrado personas afines a la organización que dirigía (y de las que aseguró no tener ningún conocimiento)… 

- A todos ellos recibió Claudia Löffler instalada en el más recalcitrante de los silencios, obsequiándoles con el más frío desdén y la más dura de las miradas, fraguando ya desde la cama de aquel hospital su despiadada venganza –aseveró Camille Lescaut, interrumpiendo ella esta vez para puntualizar el discurso de su maestra. 

- Eso no está… -trató de alegar la doctora Sorkin en un vano intento de recuperar el uso de la palabra.

- Aunque hubo muy pocas declaraciones oficiales, todos los que visitaban aquella habitación de la clínica de Zúrich coincidieron en reconocer que, durante los instantes que compartieron en compañía de Claudia Löffler, habían experimentado pánico: un miedo cerval que les impelía a abandonar aquella habitación lo antes posible –continuó impertérrita la joven. 

- ¡Camille Lescaut! –vociferó Sorkin, en otro infructuoso conato de llamar al orden a su aventajada alumna, para sorpresa del resto de sus compañeras, que estaban disfrutando de lo lindo con aquella batalla dialéctica.

- Ni siquiera el Papa Pío XIII fue capaz de aguantar dos minutos bajo la amenazadora mirada de la Hermana Löffler –continuó irreductible Camille, cuyo amor por la verdad le había llevado a declararse ya en franca rebeldía contra aquella anciana a la que veneraba pero que se empeñaba en velar, para su gusto, demasiados aspectos lúgubres de la mujer que dirigía los designios de toda La Sororidad-. ¡Vamos, doctora Sorkin, usted lo sabe mejor que yo! ¡Usted estaba allí, presenciándolo todo! Usted supo ver mejor y antes que nadie el poder que emanaba en todas direcciones desde aquella cama de hospital…

- ¡Ya es suficiente! –clamó la anciana desde el atril.

- Fue por eso que intentaron acabar con su vida tan pronto como abandonó aquella clínica, ¿no fue así, doctora Sorkin?

- ¡He dicho que ya es suficiente! –esta vez la veterana guionista hizo un gesto a las miembros de seguridad del pabellón para que expulsaran a aquella insumisa del salón de actos, antes de recoger definitivamente su maletín y dar por concluida la ponencia más frustrante y desastrosa de toda su carrera.

- ¡Fue por eso que le hundieron un escalpelo en la base de su cuello, seccionándole parte de la lengua!, ¿no fue así, doctora Sorkin? –continuaba chillando Camille Lescaut mientras dos fornidas guardias de seguridad la arrastraban literalmente fuera del auditorio-. ¡Cuéntenoslo todo, doctora Sorkin…! ¡Cómo aquel bisturí estuvo a milímetros de segar la vida de la Hermana Löffler…! ¡Cómo, consciente como fue de que no pararían hasta acabar con ella, recurrió a usted para que le procurase otra identidad; para que le escribiese otra vida! ¡Cómo usted le ayudó a ocultarse en Corea…! ¡Ayúdenos a entender por qué la analista de sistemas más brillante de su promoción acabó recluida en un lóbrego convento alpino…! ¡Explíquenos qué sucedió para…–apiñadas en el centro del auditorio, como si de un tierno y medroso rebaño de lindas ovejitas se tratase, las aspirantes a guionistas se quedaron allí sin saber qué hacer, toda vez que la doctora Sorkin hacía un rato que había abandonado el salón de actos y los gritos de Camille Lescaut, perdiéndose por el pasillo, camino de un furgón de seguridad, apenas eran ya audibles…

Publicado la semana 35. 27/08/2018
Etiquetas
Tell me the truth - Steffany Gretzinger , De noche, En la cama, Con ganas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
35
Ranking
0 406 3