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Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - El beso de Judas

- No podría estar más en desacuerdo contigo, Claudia –apuntó Virginie Dorantes sin apartar la vista de su taza de té.

Claudia Löffler no recordaba que la Dorantes hubiese vertido ningún tipo de edulcorante en la infusión. Y, sin embargo, su admirada rival ideológica se aplicaba tan concienzudamente en remover con la cucharilla el contenido de la taza, como en dejar patente que, en lo tocante a las líneas de actuación encaminadas a luchar por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, ellas dos estaban muy lejos de alcanzar un consenso.

Habían acordado encontrarse una vez más en aquella coqueta y discreta tetería de Montmartre, pues era el único lugar que Virginie frecuentaba cuando no estaba trabajando en su estudio de París, o embarcada en uno de sus viajes en favor de la causa. La música de un vetusto gramófono contribuía a condensar aún más si cabe, la ya de por sí densa atmósfera de aquel bistró, de cuyas rancias y desconchadas paredes colgaban retratos en sepia de orgullosas pensadoras de las que Claudia, como todas, había oído hablar, pero de las cuales jamás se había tomado la molestia de leer una sola de sus reflexiones.

La Dorantes se encontraba allí entre sus iguales. A pesar de su fama mundial y su reconocido prestigio como lideresa del movimiento feminista, Virginie secretamente no aspiraba a mayor reconocimiento que aquel que se produciría el día en que, en aquellos ajados muros, también hubiese un hueco para un retrato suyo. Y aunque jamás le hubo confesado su humilde deseo a Claudia, no hacía falta que su rival fuese ni una cuarta parte de lo perspicaz que era, para darse cuenta de los anhelos que suspiraba Virginie cada vez que se quedaba embelesada contemplando la fotografía de Emmeline Pankhurst, de Maryana Marrash, y de tantas otras viejas glorias reunidas en aquel cochambroso panteón del feminismo.   

Fue durante una de aquellas prolongadas y silenciosas contemplaciones que tanto le sacaban de quicio, cuando a Claudia se le ocurrió la manera de “matag dos pájagas de un tigo”. Y tan brillante encontró la revelación que, por primera vez, fue capaz de competir y hasta de superar en tiempo de meditación a Virginie, tal era el calado de sus oscuras cavilaciones. Desde entonces, a Claudia ya no le importunaba cada vez que la Dorantes se sumía en uno de sus profundos y hasta impostados diálogos silenciosos con alguna de sus admiradas mujeres ilustres. Más bien se lo agradecía, pues así disponía de un tiempo precioso para regodearse en la planificación de su ejecución pública mientras la miraba directamente a los ojos. Algo que Claudia encontraba sumamente placentero…

- Sé exactamente lo que estás pensando, Claudia –le dijo sin dejar de contemplar una fotografía de Simone de Beauvoir y provocándole un frío estremecimiento que dio al traste por completo con el hilván de sus intrincadas maquinaciones-. Y no te negaré que es un buen plan. Digno de ti. No obstante, te auguro que, aunque consigas salirte con la tuya y creas haber tenido éxito (esa idea tan masculinizada del éxito que tienes), con el tiempo te darás cuenta de que tú también habrás fracasado…

Y, tras dedicarle a Flora Tristán, a modo de beso, un perfecto anillo de humo que se desplazó por encima de la cabeza de Claudia Löffler en la dirección en la cual estaba colgado aquel enorme retrato de la feminista franco-peruana que lideró el movimiento socialista francés durante la primera mitad del siglo XIX, aplastó con una fuerza inusitada la blanca boquilla de tabaco negro contra el verdoso fondo de un cenicero de cristal, antes de continuar hablando…

- Para explicarte por qué, voy a hacerte partícipe de un pensamiento que me abordó mientras tomaba el metro en dirección a casa la mañana del 9 de marzo del año pasado… -le dijo cruzando sus arrugadas manos a la altura de la barbilla y mirándola muy fijamente a los ojos-. Lo recuerdo muy bien porque las chicas y yo nos habíamos pasado toda la noche celebrando el éxito de convocatoria que supuso la última huelga feminista. Amanecimos con la mejor de las resacas, la resaca de la lucha. Sí, aún habíamos tenido que soportar algún “¡Feliz día de la Mujer, preciosidad!”, algún ramo de flores barato (o caro) de alguien que aún no había comprendido nada, otra campaña de publicidad más vergonzosa aún que la anterior. Pero, por supuesto, al apagarse las farolas, volvíamos a encontrarnos en un mundo, todavía, profunda y eminentemente machista. Sabíamos que habíamos inundado las calles de la capital; sabíamos que habíamos hecho escuchar nuestras voces y también las de aquellas de nosotras que ya no estaban; sabíamos que volvíamos a casa después de haber escrito otra página más en la historia. Pero, ¿qué es una página entre las miles de millones de hojas que contiene el libro del Patriarcado…?

>>  Embarcada en estas disquisiciones me hallaba yo, como te decía, mientras me dejaba arrastrar por la estampida humana del metro parisino. Y entonces fue cuando la vi. Allí, en versión gigante, vi el póster digital de una mujer que promete adueñarse del mundo para entregárselo a las mujeres. Aquella mujer, de actitud discipliente, con mirada retadora, su expresión ambiciosa y sus brazos abiertos, como abarcándolo todo y a todos, adoptaba una pose que yo ya había visto antes infinidad de veces en otros hombres. Era como uno de esos enormes cartelones que solían emplear en Hollywood antes del estreno de una gran superproducción. Por aquel entonces se me antojó que el título de aquella supuesta nueva película debería ser “La Loba de Wall Street”, en honor a aquel viejo film protagonizado por Leonardo Di Caprio. Sólo que, en esta ocasión, la protagonista de la peli eras tú querida: la Hermana Löffler… -y tras emitir un profundo y largo suspiro, añadió:

>>  No me paré en seco para no provocar un accidente en cadena en aquel pasillo, pero en mi mente saltaron todas las alarmas. Al principio me costó ponerle nombre al motivo de mis preocupaciones. No fue hasta que, tras mucho rebuscar en Internet, logré dar con aquella antigua película de Di Caprio y volví a verla, que me di cuenta de que lo que me chirriaba tenía que ver directamente con que la idea del éxito que se reflejaba en esa historia era la misma que proyectaban tus ojos y tus falsas promesas en aquel poster digital a la entrada del metro: El hombre (en tu caso la mujer) que trabaja más horas de las que hay en un día, que explota, que estafa, que pisa a quien haga falta. La mujer que se lo juega todo todo el tiempo, que lo arriesga todo cada vez para ser la mejor.

>> La idea de un éxito basado en el dinero –continuó exponiendo Virginie forzando mucho el gesto para enfatizar la repulsión que le provocaba lo que iba a mencionar a continuación-. O, como tú propones, en el “karma” –dijo haciendo con los dedos de ambas manos cargados de cinismo el signo del entrecomillado-. ¡Por favor Claudia! ¿¡Karma!? ¿¡En serio!? En todo caso un falso karma mensurable, cotizable, monetizable…, y lo que es peor: conseguido a través de una actitud depredadora, ambiciosa, agresiva e individualista. Un éxito capitalista y masculinizado (que no es lo mismo que masculino, ¡mucho ojo!). Esto no sería demasiado grave si quedara restringido a esas enormes pantallas en las que tanto te gusta salir. Pero, como bien sabemos, lo que aparece en las pantallas es reflejo del imaginario social, y viceversa.

Claudia Löffler la miraba impertérrita desde el otro lado de la mesa con una mueca de sonrisa en los labios que sería la envidia de la Gioconda. Cuanto más admiraba el talento y la retórica de la Dorantes más evidente se le manifestaba la conveniencia de convertirla en un mártir para la causa.

- El tipo de mujer que tú nos propones, querida Claudia, está basado en un modelo triunfalista y cosificador más propio de la telebasura que de una sociedad realmente justa y madura. ¿Dime qué tiene de feminista la idea de que tener éxito, prosperar, “llegar a ser algo”, algo de valor, pasa por tener mucho, trabajar mucho y competir mucho? Esto nos deja con una escala de valores y prioridades, en mi opinión, preocupante.

- Dime, Vigginie, ¿no segá que lo que a ti vegdadegamente te pegueocupa es teneg que tagabajag, tagabajag de vegdad, en lugag de ganagte la vida inoculando en las mentes de las mujegues absugdos ideales de igualdad? A veg cuándo te entegas de que las mujegues estamos genéticamente diseñadas para encontagar (o inventag) difeguencias entegue nosotagas. Afigmas que la competición pogocede de un esquema típicamente masculinizado, y te equivocas… La natugaleza del macho tiende a la comodidad y al confogmismo; los hombegues guehúyen los pogoblemas y la asunción de guesponsabilidades. Pegmíteme guecogdagte que no hay nada más innato en una mujeg que la envidia, la autocomplacencia, el ognato y la competitividad. Y si alguna vez los hombegues han entagado en conflicto entegue ellos ha sido por…

- ¡Me preocupa que crezcamos aspirando a un sueldo alto, y no a una razón por la que sonreír cada mañana! –sentenció Virginie golpeando con ambas manos la mesa, haciendo rodar las tazas sobre el tablero y poniéndose de pie para enfatizar sus palabras-. Me preocupa que definamos a las personas por su posición en un ránking, por su prestigio o por lo alto que aparece en un buscador de Internet; me preocupa que nuestra legitimación social tenga por referencia unos cuantos likes, dejando a todas las que realizan las tareas menos fotogénicas, menos agradables o menos atractivas en la oscura tierra de la invisibilidad. Me preocupa que las mujeres tengamos que elegir entre nuestro posicionamiento y nuestros úteros, entre triunfar y cuidar.

Dicho lo cual, Virginie Dorantes respiró profundamente un par de veces, volvió a tomar asiento y, recuperando la compostura continuó exponiendo ya mucho más calmada:

- Y todo esto no sólo me preocupa por la peligrosísima y flagrante situación de desigualdad en la que nos deja a las mujeres. Ante todo me preocupa por la clase de mundo que perpetúa, por los sistemas que alimenta, por los modelos que reproduce, y también por las consecuencias que de todo ello se derivan. Porque, si hacemos caso a Maslow, no hay nada más humano que aspirar al éxito y al reconocimiento social: es incluso una necesidad. Por tanto, no existe una tarea de mayor calado ni una misión más urgente para todas aquellas que nos consideramos feministas, que la de redefinir el éxito, y explicar a las nuevas generaciones cuál será el nuevo significado de ser una mujer exitosa. Desde la cuna, queremos triunfar para ser reconocidas. Después, nos enseñan que triunfar quiere decir tener un empleo que genere envidia en los demás, un cochazo que despierte la envidia de los demás, y una casa en la playa que también sea la envidia de los demás, para lo cual no sólo hay que “trabajar duro”, sino también invertir mucho tiempo y esfuerzo en posturear para generar cuanta más envidia en los demás mejor. ¡Porque es la envidia y no los euros, los dólares o tus putos bitlikes lo que mueve el mundo! ¡Tu mundo Claudia! No el mío…

>> La idea hegemónica de éxito (y que te propongo cambiar) que vemos reflejada en la mayoría de productos culturales (que aprehendemos e integramos desde el jardín de infancia) genera y perpetúa una sociedad depredadora, individualista y competitiva. Y si esto ocurre es porque estamos ante una definición de éxito absolutamente capitalista y, por más que te empeñes en negarlo, masculinizada, basada en la competitividad, la ambición y la agresividad. En este caso, el desbloqueo pasa por una feminización del éxito. Por eso me dedico a la política, Claudia: a “inocular” (como tú dices) ideas en las mentes de los demás. Porque sólo desde la política podremos feminizar el éxito, repensarlo desde los feminismos, para poner la vida en el centro, para darle la vuelta a nuestra escala de valores y priorizar el cuidado, de una misma y del resto, la cooperación y la felicidad. Pero ojo, no la felicidad de las redes sociales, la felicidad de verdad, la que puede tumbar el sistema. La felicidad peligrosamente real.

>> En definitiva, feminizar el éxito para que triunfar signifique estar a gusto con una misma sin dañar al resto, cuidándose y cuidando, cooperando y valorando a los demás, apoyándonos para avanzar hacia una sociedad más justa para todas. Que el éxito resida, ante todo, en ser capaz de construir una vida que merezca la pena ser vivida.

La peroración de Virginie Dorantes fue recibida con un frío, desganado y cínico aplauso por parte de Claudia Löffler, que socarronamente preguntó:

- ¿Has acabado ya…?

- Así es, Claudia. De modo que, si no compartes mi visión, lo mejor será que me des de una vez tu beso de Judas…

Publicado la semana 31. 31/07/2018
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Bessie Smith, 'Ma' Rainey y Billie Holiday , El lobo de Wall Street , De noche, En la cama, Con ganas
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