Semana
30
Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - El Mercado de las Yeguas

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Relato
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- ¡Venga Freddy, no fastidies! Durante la embriaguez de la fiesta, la compasión se me antoja un sentimiento de lo más inoportuno: convienen más la euforia y la ­lujuria –y, efectivamente, Carlo, a los ojos de Freddy, era la viva imagen de la embriaguez y la lascivia. Su torso desnudo, híper musculado y lustroso (a base de sus dos buenas manos de aceite con purpurina), de fornido atleta grecolatino, contrastaba, de un modo que a Freddy le llegaba a resultar ridículo, con sus poses extremadamente amaneradas y su impostado falsete de castrati. Y, a pesar de que en otras circunstancias habría cambiado su seco y chuchurrío cuerpecillo de eterno adolescente por el de Carlo, a la luz de los acontecimientos, Freddy decidió que su complexión descarnada y carente de sex-appeal, podría llegar a ser una ventaja y ayudarle a pasar lo más desapercibido posible.

- ¿También es tu primera vez…? –le preguntó Freddy con voz chillona, apenas audible por encima del atronador volumen del sub-woffer que parecía succionarle el aire de los pulmones. Carlo, por su parte, parecía completamente abstraído en la catalogación del "ganado” que les había tocado gestionar aquella noche. Freddy, dando por hecho que no había escuchado su pregunta, ya se disponía a repetirla, cuando Carlo, sin dejar de observar con ojo clínico los cuerpos de los hombres encapuchados que iban accediendo a la cuadra, le dijo…

- No, perla –y relamiéndose, mientras señalaba a un encapuchado fofo y encorvado, que les triplicaba en edad y cuyo aspecto a Freddy le resultó familiar, exclamó-. A esa potra madurita, en cuanto acabe mi turno me la monto. ¡Vaya que si me la monto! –y, tras guiñarle un ojo y dedicarle una sonrisa socarrona, añadió-. En realidad no recuerdo cuánto tiempo llevo viniendo al Mercado de las Yeguas. Antes de La Sororidad, esta fiesta únicamente se celebraba una vez al año, en Leipzig, Ámsterdam o Berlín. Y, aunque eran muy populares, después de un tiempo, todos los culos te terminaban sonando y había pocas pollas frescas que llevarse a la boca… ¡Claro, que todas venían voluntariamente! –dijo riéndose a carcajadas, como si acabara de decir lo más ingenioso del mundo-. De un tiempo a esta parte ya no tenemos que fingir que se trata de una orgía sadomaso –al escuchar aquello, el rostro de Freddy se contrajo en una mueca de desagrado.
 

>> ¡Hay qué ver qué digna y exquisita te pones! –le reprochó Carlo-. ¡Que no te den tanta pena, bonito mío…! Al fin y al cabo, sobre la mayoría de estos “hombretones” pesan condenas de maltrato y violación de mujeres. Incluso es probable que El Sanedrín nos haya honrado con la presencia de algún feminicida esta noche. Eso sí –le advirtió con ojos golosos-, no te vayas a encaprichar con ninguno de ellos, porque son los predilectos de los Mamporreros. Para cuando te llegase la vez, tendrían el esfínter tan desgarrado y dado de sí que sería como follarte una calabaza pocha. A la mayoría no les queda más remedio que usar pañales para adultos de por vida. Eso si no terminan quitándose de en medio antes…

- Supongo que es por el color de sus capuchas que podemos distinguirlos, ¿no? –trató de deducir Freddy.

- ¡Muy bien, maricón! –exclamó Carlo verdaderamente entusiasmado-. ¿Ves como no eres tan tontito como quieres hacer creer…? Mira, ¿ves? –le indicó señalándole un nutrido grupo ataviado con capuchas blancas-. Sobre esos apenas pesan acusaciones por maltratar a sus antiguas mujeres: afortunados con la posibilidad de redimirse y ser deportados a Las Reservas si participan activamente en la fiesta cual potrillos desbocados. Eso sí: si a alguno se nos antoja uno de sus culetes, no basta con que se muestren obedientes y sumisos. Han de asumir con deleite su rol de yeguas, pues al fin y al cabo ese es el destino más probable que les aguarde en la reserva a la que vayan destinados como novatos.

- ¿Y aquellos de capucha granate que han puesto a cuatro patas debajo del palco…? –preguntó Freddy que no salía de su asombro.

- ¡Hay que ver lo impaciente que eres, bribón! –le reprendió bromista Carlo al tiempo que le propinaba un azote sobre el calzón de cuero-. ¡Lo mejor para el final…! ¡No te inquietes!

- Está bien, está bien… -sonrió forzadamente Freddy, sin entender cuál era la broma-. Y nosotros, ¿qué se supone que tenemos que hacer…?

- Nosotros hoy somos los “mozos de caballeriza” –le explicó pacientemente Carlo entornando mucho los ojos, como dándole a entender a Freddy que acababa de preguntar lo más absurdo del mundo-. Vamos, quiero decir que tú eres un mozo de caballeriza. Yo hace tiempo que dejé de serlo. Pero esta noche estoy castigado sin postre.

- ¿Castigado…? ¿Sin postre…? –volvió a preguntar Freddy que cada vez comprendía menos.

- Bueno, dejémoslo en castigado a secas –respondió Carlo con uno de sus guiños-. ¡Porque el postre bien que voy a comérmelo! –juró reuniendo los cinco dedos de su mano derecha y llevándoselos a los labios-. Pero tiempo al tiempo… Si eres listo tú también podrás tener tu parte.

- No –comenzó a decir Freddy tratando de sacar a Carlo de su error-. Si yo no…

- ¡Sshhhh! –le reprimió muy indignado Carlo-. ¿¡Qué te crees…, que a mí no me mola que me cabalgen bien de vez en cuando!? ¡Pero hoy toca lo que toca y a callar! –y recuperando la compostura y su tono aflautado, continuó explicando-. Por el momento nos corresponde desnudar completamente a las yeguas y acomodarlas en las caballerizas a merced de los sementales para cuando se abran las puertas de la cuadra. También es nuestro cometido velar porque nadie se propase mucho con las yeguas blancas y asegurarnos de que no les falta entretenimiento a las potras azules… -y tras una pausa añadió-. De las granates, como te he dicho, puedes desentenderte, porque diversión no les va a faltar. Eso sí, si vemos que alguna se desmaya o se desangra nos veremos obligados a intervenir. Y te adelanto que puede que no sea agradable… No es fácil convencer a un potro de que abandone su cópula cuando está bien enciscado…

Carlo estaba a punto de explicarle alguna que otra norma cuando la machacona cadencia de la música enmudeció y las luces se atenuaron. Estaban haciendo entrada las mujeres, destinadas a ocupar los palcos inferiores.

- Las agraviadas –susurró Carlo, temeroso de que alguien le oyese-. Han venido a constatar la reparación de su honor.

Procedente del interior del corredor que daba acceso al palco presidencial se escuchaba, a cada paso más cercano, un taconeo cadencioso, inconfundible. De tal modo que antes de que hiciera su aparición en el balcón de autoridades, a ninguno de los allí presentes les cupo la menor duda de que aquella sería una noche memorable; de encarnizada e inmisericorde represalia.

Aprovechando la oscuridad, sabedor de que la velada prometía ser irrepetible, Carlo condujo medio a empujones a Freddy debajo del graderío para estar más próximos y no perderse detalle de las escenas más jugosas de la noche. Situó a su iniciado junto a uno de los encapuchados con cogulla granate y, acto seguido, se colocó él mismo al otro lado del reo.

Para cuando la cuadra se volvió a iluminar, la mismísima Hermana Löffler presidía el palco de autoridades y daba la orden de que comenzase la fiesta del Mercado de las Yeguas.

Entre tanto, Carlo, juguetón, no pudo reprimir echar un vistazo bajo la caperuza granate del anciano al que le había echado el ojo en la entrada. El propietario de aquel cuerpo flácido e inconsistente, que apenas se sostenía en posición cuadrúpeda, y que a Freddy tan familiar le había resultado en la entrada de las cuadras.

- ¡¿Padre?! –aquel bisílabo explotó en su cabeza tan estrepitosamente, que ni tiempo tuvo de averiguar si llegó siquiera a pronunciarlo. La última imagen difusa y onírica que almacenó en su mente fue la de Carlo riendo a mandíbula batiente.

Publicado la semana 30. 26/07/2018
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Tainted Love - Marilyn Manson , El Mercado de las Yeguas , De noche, En la cama, Con ganas
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