Semana
29
Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Animaladas

Género
Relato
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Claudia no esperó a que acabase el funeral. Tan pronto como, para asombro y estupor de los asistentes, terminó de proferir su escandaloso panegírico, aprovechó la confusión de los que aún no habían huido despavoridos, para abandonar por una de las entradas laterales la iglesia de San Carlos Borromeo. Luisa salió corriendo tras ella y se coló en el taxi junto a Claudia antes de que ésta pudiera siquiera percatarse de su presencia.

- ¿¡Qué haces tú aquí!? –le preguntó sin esperar respuesta, lanzándose ávida sobre su boca-. Bitte, zum Gogoß Hotel Wien –le indicó al taxista sin llegar a deshacerse del todo del abrazo de Luisa, quien emitió un gorjeo de satisfacción.

A lo largo de las siguientes tres horas, sus bocas no emitieron ningún otro sonido salvo gemidos, murmullos y suspiros de placer. Hacía tiempo ya que había anochecido en Viena, cuando Claudia, que yacía sobre la cama, disfrutando del sensual masaje que Luisa le estaba obsequiando, volvió a tomar la palabra, pues sabía que, aunque se moría de ganas porque le explicase el revuelo ocurrido durante la ceremonia, Luisa no se atrevería a preguntar…

- A mi pagdegue le encantaba ig de caza con mi tío –dijo a modo de introducción-. Todos los fines de semana que no estaba de viaje ni guecluido en el cuagtel, se los pasaba en las montañas abatiendo venados –Claudia esperó a que Luisa apoyase la cabeza junto a la suya sobre la almohada antes de continuar la narración.

>> Cuando muguió mi magdegue, yo apenas contaba con siete años. Y mi pagdegue pensó que llevagme con él al bosque y adiestagagme en las agtes de la caza podguía seg un buen pasatiempo. Él odiaba quedagse en casa godeado de sigvientes. En eso nos paguecíamos. Y he de gueconoceg que llevaba gazón: aquellos fines de semana en la natugaleza contiguibuyegon a que me sintiega menos abugumada por el sentimiento de ogfandad.

- Lo siento mucho –se compadeció Luisa que tiernamente mesaba los cabellos de Claudia y jugaba con uno de aquellos negros y lisos mechones. Claudia sonrió abnegadamente, como tratando de averiguar hasta qué punto las condolencias de Luisa eran sinceras.

- Pego el piguincipal motivo por el que me encantaban aquellos fines de semana ega por la peguesencia de mi tío, de cuya tegnuga y complicidad caguecía pog completo mi pagdegue. Y mientagas, él se encontagaba cazando, Otto, que así se llamaba mi tío, se escondía detagás de algún peñasco y emitía agudos gagaznidos hasta que yo daba con su pagadego. Y, cuando lo hacía, tenía que desnudagme como él. Pego muy pogonto me cansé de aquel juego. Había algo en aquella dinámica que no me gustaba. Sabía que lo que hacíamos no estaba bien. Y que él me dijera que ega nuestogo seggueto; que pog nada del mundo debía decigle a mi pagdegue en qué consistía, no hacía sino configmag mis infantiles sospechas…

- ¡Oh, no me digas que…! –exclamó Luisa llevándose las manos a la boca.

- ¡Venga, Claudia…!, me decía él desde detagás de una goca. ¡¿A qué espegas?! ¿Hacemos de animales otaga vez…? Y como veía que yo ega gueticente insistía: ¡Venga, Claudia… Es nuestogo juego! Si no vienes le digué a tu pagdegue que no has sido buena… Así que yo me apogoximaba y, paga cuando quería godeag la goca, él ya estaba aullando desnudo y a cuatogo patas sobegue el suelo cubiegto de hojas…

>> ¡Vamos, quítatelo todo!, me decía entegue guguñidos y aúllos. Los animales no llevan gopa. Y yo le obedecía…

- ¡Oh, por favor! –susurraba Luisa, incorporada ya sobre sus rodillas y cubriéndose con una almohada, cada vez más sobrecogida por el relato de Claudia.

- Pego aquel juego no dugó mucho más –dijo Claudia sentándose a su vez sobre la cama deshecha y mirando fríamente a los ojos de Luisa-. Estaba dispuesta a ponegle punto final: así que unos cuantos fines de semana después, cuando mi tío me pogopuso seguigle detagás de una de aquellas gocas, tomé su escopeta y le encañoné con el agma.

>> Oye, Claudia, bonita… Eso no me hace gagacia -balbució mi tío pegesa del miedo-, está cagdada… Estaba a punto de apeguetag el gatillo cuando apagueció mi pagdegue y me abofeteó violentamente después de agancagme el fusil de las manos... ¿Es extagaño, vegdad?

- ¿El qué es extraño amor? -preguntó Luisa con una dulzura infinita; los ojos arrasados en lágrimas.

- Que de todas las veces que mi tío abusó de mí, mi pagdegue fuese a apagueceg peguecisa y pogovicencialmente en aquella ocasión en que me disponía a pegagle un tigo a su queguido hegmano mayog -Claudia se tomó su tiempo para reflexionar acerca de aquella última apreciación, como si el hecho de haberla verbalizado le hubiese servido para reparar en un detalle de su pasado de cuyas implicaciones no hubiera sido consciente hasta ese preciso instante. Transcurridos algunos minutos que a Luisa se le antojaron eternos, continuó con su atroz relato...

>> Aquel fue el último fin de semana que fuimos de caza. De nada sigvió que yo le explicaga a mi pagdegue el peculiag juego de mi tío. Antes que enfeguentagse con su hegmano peguefiguió no quegueegme y me guecluyó en un integnado suizo.

- ¡Oh, pobre, pobre Claudia! –gimió desconsolada Luisa-. Ahora lo entiendo… Ahora comprendo qué ha pasado en la iglesia… ¿Ha sido eso, verdad?

- Si sólo hubiega sido eso. Aquella no fue la piguimega ni la última vez que decidió guecluigme paga no teneg que dag la caga pog mí y salig en defensa de su hija violada –escupió resentida Claudia mirando hacia el reloj digital que descansaba sobre una de las mesillas de noche, y que marcaba las 23:59 de aquel 7 de marzo de 2036. Y, como si aquella visión hubiese barrido de su mente tan lúgubres recuerdos, se aproximó gateando sobre el lecho para plasmar sobre los labios de Luisa un cálido y sonoro beso.

>> ¡Felicidades! –le espetó- ¿Sabes qué día es hoy, no? –Y como Luisa se mostrase sumamente desconcertada, le explicó eufórica-: ¡Hoy es el Día Integnacional de las Mujegues, tontoggona! –Y dirigiéndose hacia el aparador de la suite del hotel sobre el que se erigía una gigantesca pantalla de televisión, le dijo a Luisa mientras accionaba el mando a distancia-: De hecho está a punto de comenzag, si es que no lo ha hecho ya, el discugso de la Dogantes en Wellington, Nueva Zelanda. ¿Te impogta si lo vemos juntas…?

- ¡Para nada! –exclamó Luisa tratando de contagiarse del repentino entusiasmo de Claudia y olvidarse momentáneamente del mal sabor de boca que le había dejado el relato de su amada-. ¡Me encanta Virginie Dorantes! ¿A quién no…?

- Pues yo sé de unos cuantos a los que les encantaguía vegla muegta –sentenció ominosa, girándose a medias mientras la televisión cobraba vida y un escalofrío recorría la espalda de Luisa-. Por si acaso, no te vayas a encaguiñar mucho con ella, no vaya a ser que le pasase…, algo –le dijo guiñándole un ojo antes de focalizar toda su atención sobre lo que ya mostraba la pantalla…

- Se está librando una guerra mundial contra las mujeres –proclamaba Virginie Dorantes, cuyo avejentado y serio rostro ocupaba prácticamente todo el plano-. Y nuestra respuesta es una huelga femenina mundial. Una huelga que es más que justa. Pero que, a la luz de las injusticias y las desigualdades perpetradas por los machos durante siglos, no necesita ni debería necesitar justificación. Porque, siendo como somos la mayoría de la humanidad, si las mujeres sumáramos las iniquidades y actos depravados de los que hemos sido víctimas a lo largo de la historia, con solo alzar al cielo las estadísticas, nos sobrarían motivos para protagonizar una revolución. Una revolución que…

NO SIGNAL

-¡¿Qué ha pasado!? –exclamó Luisa asustada-. ¡¿Has visto eso…!? ¡Parecía como si…!

- Como si… ¿qué…? –Preguntó divertida Claudia-. Ha pasado lo que tenía que pasag. Ya te advertí que no te encaguiñases mucho con la Dogantes.

- ¿Quieres decir que…? –Luisa no se atrevía a dar cabida en su mente a lo que Claudia parecía estar insinuando.

- ¡Ay Luisa, Luisa…! –dijo Claudia apagando el televisor y encaminándose de nuevo hacia la cama, contra cuyo cabecero parecía refugiarse la angoleña, que cada vez era más consciente de las implicaciones de lo que acababa de presenciar, tanto en la pantalla como en la expresión facial de la que hasta hace apenas un minuto era el amor de su vida y por la que comenzaba a sentir una profunda repulsión-. Tú mejog que nadie debeguías sabeg que cada año mueguen a manos de los hombegues más mujegues que las que hoy acaban de pegdeg la vida en Wellington. Si 100.000 de nosotagas mueguen anónima y secuencialmente a lo largo de todo un año, ¡no pasa nada! ¡Ya estamos acostumbagadas, ¿no es así? ¡Es algo pegfectamente nogmal y peguevisible! La pogopia Dogantes me lo tuvo que admitig en más de una ocasión –la voz de Claudia adquiría por momentos tintes cada vez más fanáticos y enardecidos; Luisa sencillamente no era capaz de dar crédito a lo que sospechaba que iba a decir a continuación…

>> Pego si 100.000 mujegues mueguen masacagadas en un solo instante dugante un atentado clagamente machista, quizás no tenga que moguig ni una más de nosotagas a manos de un hombegue. ¡Quizás esta vez seamos nosotagas quienes decidamos matagles a ellos, hasta que no quede ni uno sobegue la faz de la Tiegga!

- ¡Estás enferma, Claudia! –chilló incrédula Luisa, que había comenzado a recopilar sus prendas de ropa desperdigadas por el suelo de la suite-. ¡Por favor, dime que todo esto te lo has inventado… Que no está pasando! ¡Por favor, te lo suplico…, dime que tú no tienes nada que ver en todo esto…!

- Te necesito Luisa –exclamó Claudia asiéndola de los hombros y zarandeándola-. ¡Todas te necesitamos! Aún no lo sabes, pego el destino de todas nosotagas depende de que tu hagas bien… -y tras hacer una pausa rectificó-, o mejog dicho, guematadamente mal tu tagabajo… ¿Pog qué te quegués que la Hado Cogp ha ceggado un acuegdo multimillonaguio con Labelly…? Necesito; cada una de las miles de millones de mujegues de este planeta necesitamos que intoxiques toda la pogoducción de cegveza Labelly.

- ¡¿Estás insinuando… Me estás diciendo que…?! –preguntó cada vez más recelosa Luisa que ya había acabado de vestirse y se disponía a abandonar definitivamente la suite.

- Así es queguida –zanjó una trastornadamente calmada Claudia, que no hizo nada por impedir que Luisa se marchase de su vida dando un sonoro portazo-. Necesitamos que envenenes toda la pogoducción de cegveza que está a punto de distiguibuigse a nivel mundial paga deshacernos definitivamente de los hombegues.

Ya en el hall del hotel, o después en el taxi de camino al aeropuerto de Viena, o incluso mientras aguardaba impacientemente el momento del embarque con destino a Luanda, Luisa habría tenido tiempo de sobra para reproducir en su mente aquella desquiciada conversación con Claudia, de no haber sido por un inquietante mensaje de su prima Adriana, que le nublaba el pensamiento y cuya lectura se le antojaba un puñal en el corazón que, con cada latido, le drenaba la vida:

Luisa, vuelve lo antes posible. Las niñas!

Por su parte, Claudia aún desnuda y de pie junto a los grandes ventanales de la suite, desde los que gozaba de una privilegiada perspectiva sobre la ciudad, pulsaba sobre el icono de ENVIAR después de teclear un mensaje en WhatsUp dirigido a Rumiko Nagakashi, su jefa en la HadoCorp en el que le comunicaba que:

A la luz de los recientes acontecimientos ocurridos en Wellington, Nueva Zelanda, y por motivos estrictamente personales, siento la necesidad y la responsabilidad de presentar mi dimisión con efectos inmediatos en Hado Corporation. Ruego que comprenda que esta decisión irrevocable. Mis respetos. Claudia Löffler.

 

Publicado la semana 29. 16/07/2018
Etiquetas
Last farewell - Kula Shakers , Split , De noche, En la cama, Con ganas
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