Semana
28
Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - La falsa virgen

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Relato
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- La Hermana Löffler vivía en el convento de clausura de St. Johann, ubicado en la región alpina de Müstair, en la confluencia misma de cuatro estados que, en los tiempos del Patriarcado, recibían los nombres de Suiza, Italia, Liechtenstein y Austria, país natal este último de nuestra querida Hermana –explicaba la Dra. Sorkin, señalando sobre el mapa virtual que se desplegaba a su espalda el emplazamiento exacto rodeado por un círculo rojo-, en el que las residentes adoraban a una representación masculina de la Madre Naturaleza.

[¡De ella dependemos; a ella nos debemos! –clamaron al unísono las asistentes. Por la falta de entusiasmo, que el entrenado oído de la Dra. Sorkin apreció en algunas de las voces, dedujo que iba siendo hora de ir concluyendo: si por ella fuera sería capaz de prolongar aquel relato durante horas. Echaba de menos dar clases en La Academia y ya no tenía tantas ocasiones de enfrentarse a un público conocedor del oficio, al que poder referirle algunas batallitas del pasado. Mas debía reconocer que ya había abusado suficientemente de la paciencia de su audiencia].

- Hoy en día no son necesarias las normas restrictivas para impedir la entrada a los hombres a los recintos. Pero, para que comprendáis las implicaciones de esta historia, debéis saber que, en aquel tiempo, a los machos les estaba estrictamente prohibida la entrada en los conventos de clausura –continuó explicando la anciana con renovado ímpetu-. La hermana Löffler, como el resto de las congregadas, era virgen. Y aunque, dadas las aberrantes conductas sexuales que imperaban en el mundo antes de la instauración de La Sororidad, alguna de ellas hubiese querido romper su voto de castidad, debido a la remota ubicación del convento y la omnímoda vigilancia de las otras hermanas, les habría sido del todo imposible… -en este punto de la narración, a Sorkin le gustaba efectuar una pausa dramática y alargarla un poco más de lo canónico, pues le divertía sobremanera contemplar la impaciencia en los rostros de las oyentes antes de soltar la “bomba”.

>> Sin embargo –dijo reanudando la historia, para alivio de las allí presentes que ya comenzaban a revolverse en sus asientos-, la hermana Löffler descubrió, con gran consternación que estaba…

- ¡Embarazada! –chilló una joven aspirante a guionista.

Un ahogado grito de estupor, a duras penas contenido, recorrió la sala. La expresión de asombro era unánime en los rostros de las asistentes, quienes se llevaban las manos a boca y se miraban incrédulas las unas a las otras…

- ¡Así es! ¡Así es…! –reconoció asombrada Sorkin, alzando mucho la voz en un intento de retomar el discurso y bajándose las gafas para tratar de reconocer por encima del puente de sus anteojos a la propietaria de aquella voz.

- Me gusta investigar –dijo a modo de excusa la misma chica, levantándose de su asiento para destacar por encima del resto y que Sorkin pudiera reconocerla.

- Y usted es… -inquirió la anciana muy seria, pues no había nada en el mundo que más le exasperase que que le fastidiasen el giro argumental de una buena historia.

- Camille –susurró la interpelada agachando la cabeza-. Camille Lescaut.

- Muy bien, hermana Lescaut –el tono retador en la voz de Sorkin era más que evidente-; ya que demuestra usted tanta iniciativa, ¿sería tan amable de explicarnos por qué el caso de partenogénesis de la Hermana Löffler señaló un antes y un después en la historia de la humanidad? ¿Por qué esta inmaculada concepción ensombreció, históricamente hablando, a la de la Virgen María o la de Santa Onofra…?

- Será un placer –expresó ufana Camille. Y, carraspeando para aclararse la voz, explicó-: Se podría decir que, si esto hubiera sucedido en otra época, la Iglesia Católica no sólo habría creído el testimonio de la Hermana Löffler, sino que incluso la habría canonizado como a una santa viviente, y utilizado propagandísticamente su caso para recuperar una cota de mercado entre unos creyentes en franca retirada. Pero tenían buenas razones para no hacerlo…

- ¡Gracias, muchas gracias…! Es suficiente –dijo la Dra. Sorkin interrumpiendo la explicación de Camille-. A lo que se refiere nuestra hermana es que, si la curia patriarcal no quiso contemplar ni proclamar el regreso de su Mesías con motivo del futuro nacimiento del bebé de la Hermana Löffler, fue porque todas las ecografías que se le practicaron a la que estaba llamada a ser nuestra lideresa, constataron el mismo diagnóstico: la Hermana Löffler iba a tener una hija. La curia patriarcal no habría tenido inconveniente en pregonar a los cuatro viento el prometido retorno de un Mesías. Pero bajo ningún concepto estaba dispuesta a propagar la noticia de que su Mesías sería UNA Mesías. Pues, de haberlo hecho, eso habría arruinado toda la narrativa bíblica.

Las voces de indignación, esta vez sin ninguna clase de recato, se generalizaron por todo el auditorio. Tanto fue así que la Dra. Sorkin se dispuso a dar por concluido aquí su relato y, por ende, la ceremonia de graduación. Al fin y al cabo, había conseguido acabar con un final en todo lo alto y estaba segura de que su discurso se recordaría durante años. Ya había acabado de recoger sus cosas y se encaminaba hacia la puerta del salón de actos, cuando…

- ¡Sin embargo la Iglesia no contenta con comunicar que la hermana Löffler mentía, acusarla públicamente de haber yacido con un hombre, excomulgarla y destruir su reputación como religiosa, fue más lejos aún… ¿Verdad, Dra. Sorkin? –esta vez fue Camille quien retó a la anciana, que no cabía en sí de asombro. En condiciones normales no se habría prestado a aquel juego. Pero delante de casi 500 asistentes se vio obligada a recoger el guante.

- Vuestra hermana “la listilla” tiene razón –claudicó Sorkin clavando en Camille una mirada difícil de interpretar-. Por respeto a vuestra sensibilidad habría preferido no hacer mención de lo que aconteció posteriormente. Pero ya que vuestra inquisitiva amiga insiste, os relataré las atrocidades a las que sometieron a la pobre Hermana Löffler…

Publicado la semana 28. 09/07/2018
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