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Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Partenogénesis

La Madre Naturaleza es asombrosa. Bendita sea por siempre su magnificencia.

[¡De ella dependemos; a ella nos debemos! –proclamó el coro de aspirantes a guionistas, cuyas voces al unísono preñaron la acústica del auditorio de La Academia].

En su infinita sabiduría se percató de que no toda la humanidad suponía una amenaza para Ella. Sino sólo una mitad: la compuesta por los hombres. Y nos proveyó del procedimiento para prescindir de ellos de una vez por todas: la partenogénesis.

Sus caminos son inescrutables. Pero Ella, que en su inconmensurable discernimiento ya los había recorrido todos, decidió proporcionarnos una forma de reproducción asexual que ya había funcionado en otras especies desde tiempos inmemoriales. No sabemos con precisión en qué momento exacto de la evolución nuestros óvulos se transformaron en la única fuente de material genético necesaria para concebir nuevas vidas -como ocurre en los casos de ciertos insectos y crustáceos-, pero existen pruebas históricas que atestiguan casos de partenogénesis desde hace miles de años.

En la región del mundo que antaño se conocía como la Capadocia turca, aún hoy se pueden contemplar pinturas rupestres de una ermitaña de origen egipcio, de nombre Onofra, cuyo vientre representa la facultad de autofecundarse –la doctora Sorkin hizo una pausa para proyectar el holograma del fresco en cuestión, en el que, del vientre de una mujer barbada de blancos cabellos y firmes pechos, destaca un inmenso útero en flor.

La leyenda de Onofra –continuó la doctora señalando a su espalda el holograma- es la misma que la de tantas y tantas mujeres con esta capacidad reproductiva: repudiada por sus familiares (quienes daban por hecho que sus embarazos eran fruto de una vida disoluta y libidinosa), y siendo como era joven y bella, se convirtió en presa fácil para hombres ruines que no dudaron en usar su cuerpo para aplacar sus apetitos sexuales. De modo que Onofra se vio obligada a recluirse en aquellas cuevas de Asia Menor. Y, una vez allí, rezó a la Diosa para que afease su aspecto, de manera que los hombres no la hallasen atractiva.

La Madre Naturaleza, loados sean sus prodigios, escuchó sus plegarias y cubrió la cara de Onofra de una espesa barba. Tan largos llegaron a ser sus cabellos que se cuenta que no precisaba de otro atuendo para vestirse. Y, a partir de entonces, se hizo pasar por un hombre.

Sin embargo, el de Onofra de Capadocia no es el caso de partenogénesis más antiguo que se conoce. Al menos cuatrocientos años antes, se registró otro cuyas consecuencias revolucionaron el mundo. Y precisamente, si me permitís que me jacte de ello, este fue el tema de mi tesis doctoral en Historia de los Hombres: el primer caso que se conoce de una mujer que se autofecundó.

Aunque los registros de embarazos sin intervención masculina  comenzaron a ser del dominio público casi medio siglo antes de La Sororidad –a pesar de los esfuerzos del Patriarcado por acallar nuestras voces-, una de las sectas religiosas con mayor número de seguidores durante la Era de los Hombres, los conocidos como cristianos, basaba su fe en un libro que relataba la historia de una mujer llamada María que vivió aproximadamente hace 2.100 años. Según estos textos, que ellos consideraban sagrados, la tal María habría dado a luz inmaculadamente -esto es, sin la intervención sexual de un hombre- al que estaba llamado a ser su mayor profeta: Jesucristo. Es lógico que, ignorantes como eran de los conocimientos científicos de que hoy disponemos acerca de la partenogénesis, concluyesen que el padre de este mesías no podría ser otro que el mismísimo dios en el que creían, representación masculina y patriarcal de la Madre Naturaleza.

[¡De ella dependemos; a ella nos debemos!].

No sé si sois del todo conscientes, queridas mías, de la amenaza que el reconocimiento de los casos, cada vez más numerosos de partenogénesis, suponía para el uno de los principales argumentos sobre los que estaba basado el Patriarcado. En un tiempo en que la cristiandad contaba con más de dos mil millones de fieles repartidos por todo el mundo, la figura de La Virgen María era uno de los arquetipos e iconos más sagrados. Es pues comprensible que esta secta, dirigida en su totalidad por hombres, estuviese tan preocupada por la cada vez más asombrosa profusión de casos de concepciones sin intervención masculina. Porque si eran verdad, y el Vaticano –nombre que recibía el centro neurálgico de este culto- no podía probar lo contrario, entonces tenían que considerarse milagros. Si no fuera porque los milagros, por su propia definición, lo son en tanto en cuanto que suponen una extraordinaria anomalía en el discurrir habitual de las leyes de la Madre Naturaleza...

[¡Alabada sea por siempre! –aclamaron las chicas a coro, aleccionadas como estaban para no repetir más de dos veces las mismas jaculatorias].

Me vais a permitir que os lea el comunicado que se atrevió a emitir el portavoz del Vaticano, y a la sazón, uno de los líderes de la secta cristiana, el cardenal Francisco Clavel en el año 1985 de la Era de los Hombres –solicitó la anciana, mientras se ajustaba las gafas y emitía una orden al atril virtual para que proyectase el texto requerido sobre sus lentes-. Dijo así, el muy hipócrita:

"Todos sabemos que las mujeres, por su propia naturaleza son muy impresionables y tienden a la histeria. Es un hecho conocido. Quizás los cambios hormonales durante el embarazo amplifican esta afección y su propia credibilidad. Y luego escuchan que otra mujer está realizando esta extraña declaración sobre su embarazo y, de pronto, todas lo hacen. No pueden evitarlo. Y se convierte en una moda". 

¡Una moda…, ja! Una “moda” –continuó la doctora Sorkin ejecutando con sus manos a ambos lados de su cabeza el signo del entrecomillado- que sólo en la segunda mitad del último siglo de la Era de los Hombres, registró más de 50.000 casos en los EE.UU., 30.000 en el Reino Unido, más de 200.000 en India... De los países africanos apenas disponemos de estadísticas, pero todo parece indicar que allí los casos de inmaculadas concepciones llegaron casi a la centena de millar.

Pero lo más interesante es que todos los gobiernos del mundo, independientemente de su estructura política -recordad que todo esto sucedió antes de la instauración de La Sororidad-, reaccionaron de la misma manera ante los cientos de miles de casos de embarazos sin intervención masculina: sencillamente fingían que no estaba sucediendo. Querían hacer creer a la opinión pública que más de un millón de mujeres de todo el mundo sencillamente mentía. Y no es tan difícil de concebir si tenemos en cuenta el detalle de que, en aquella altura -aunque sería más correcto decir en aquella bajeza- de nuestra historia, todos los gobiernos del mundo, sin excepción, estaban siendo ejercidos por los hombres. Pero, sobre todo, porque las mujeres no disponíamos de las tecnologías de la información, los medios de comunicación, o la interconexión permanente de que gozamos hoy en día.

Es cierto que, en aquella época, las mujeres todavía no podíamos demostrar científicamente que lo que estábamos diciendo era verdadero. Pero los hombres tampoco disponían de pruebas irrefutables de que lo que estábamos proclamando fuese mentira. Aún no existían las pruebas de ADN y los análisis de sangre sólo hubieran demostrado que un determinado hombre no era el padre de la criatura que llevábamos en nuestro vientre, pero no que no hubiera padre en absoluto. 

De modo que, hasta los gobiernos y los líderes religiosos más retrógrados, que jamás habían aceptado los postulados de la ciencia, hicieron suyos los discursos biológicos para recordar desde las tribunas, los púlpitos y a través de todos los medios de comunicación que, como buenos mamíferos que éramos, los hombres (no decían las mujeres, sino los hombres) no podíamos procrear sin que hubiera coito entre un macho y una hembra. ¡Que era científicamente imposible!, pregonaban a los cuatro vientos los muy falsos. 

A pesar del creciente número de mujeres que pregonábamos habernos quedado embarazadas sin que hubiera intervenido un hombre, la única conclusión plausible a la que llegaron fue que estábamos mintiendo como unas bellacas. Por más que tratábamos de decir a los hombres lo que estaba sucediendo, ellos sencillamente decidieron no escucharnos. Nunca nos escucharon e hicieron como que todo continuaba siendo como siempre. Pero si una miraba con atención, podía percatarse de que no era así. Y que, por debajo de aquel aspecto solícito, remilgado y correcto de las mujeres, había una ira en ebullición, preparándose para estallar…

Y entonces llegó la Hermana Löffler.

Publicado la semana 20. 14/05/2018
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Like a Virgin , No men beyond this point , De noche, En la cama, Con ganas
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