Semana
15
Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Puntos ciegos

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Relato
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Un amargo presentimiento se apoderó de Vanessa en cuanto recibió la notificación de que Tricia acababa de publicar un nuevo audio en su canal de UTube.

Tan pronto como acabó de escucharlo, no le cupo la menor duda de lo que había sucedido.

La llamada de la agente especial Cooper, que la pilló en plena carrera en dirección hacia donde vivía su amiga, tan sólo vino a confirmar sus peores sospechas…

- Hermana Womb, le instamos a que se persone inmediatamente en el cubículo de Tricia Fuentes –le espetó nada más aceptar la comunicación. Si a Vanessa le hubiese cogido desprevenida aquella citación, le habría bastado contemplar la blanca túnica y el funesto rostro de la oficial del MSS, en el monitor de su terminal, para haber presagiado el peor de los escenarios-. Necesitamos que preste declaración a la luz de los recientes acontecimientos. Diríjase sin demora al edificio colmena número 3 de Dahill Road con la Avenida 24 en Mapleton, celda 242 –le recordó como si le hiciera falta-. Teniendo en cuenta su posición estimamos que podría estar aquí en aproximadamente 30 minutos si tomase el metro hasta Avenue N. No se retrase, por favor.

Su primer impulso fue encaminarse hacia el acceso más próximo, que era el de Lexington. Pero finalmente decidió tomar el suburbano en la Quinta Avenida: no tenía cuerpo para revivir las dolorosas escenas que se sucedieron en el interior de aquella estación días atrás -¡parece mentira que hace menos de un mes estuviéramos las dos como locas de contentas grabando un vídeo en Central Park y de repente…!-. No se permitió siquiera expresarlo mentalmente, como si al no conceptualizar la muerte de su amiga pudiera, de alguna manera, revertirla…

Ya en el interior del andén, corrió a refugiarse en el vagón de cola que se hallaba desierto. Cuando recuperó el resuello, se arrebujó en su solitario asiento, para escuchar de nuevo aquella voz que, aunque le resultase imposible de concebir, ya le hablaba desde ultratumba. Todo el llanto que hasta ahora se le había quedado retenido, fruto de la impresión, en la presa de sus lacrimales, fluyó desconsoladamente mientras asentía. Abrazada a sus propias rodillas, deshaciéndose en lágrimas y mocos, Vanessa sonreía de esa forma tan desolada que solo un ser humano absolutamente abatido es capaz; y asentía: aquel día en las cataratas de Kaaterskill también fue uno de los más felices de su vida.

- ¿Cómo es posible que haya vivido toda mi vida a apenas hora y media de este lugar y no tuviera la más remota idea de que existía? –te preguntabas mientras nos aproximábamos a la bruma perpetua que formaba la catarata al impactar contra el lecho del río.

- Es una locura, ¿verdad? –recuerdo que te respondí tomándote del brazo para ayudarte a descender el último peñasco.

- Y tú, ¿qué…? ¿Serás capaz de decirme que no habías estado aquí antes? –indagaste suspicaz.

- Pero bueno…, ¿es que acaso no las madres malthusianas de tu congregación no te llevaban de excursión cuando eras pequeña? –te dije tratando de esquivar aquella incómoda pregunta… Aún no me sentía del todo segura como para hablarte de mi pasado.

- ¿¡Estás de coña...!? –me contestaste mordiendo el anzuelo-. Hasta hoy pensaba que el mundo se acababa en Prospect Park... Recuerdo que alguna vez nos llevaban de acampada al Botánico de Brooklyn. Pero, en cuanto cumplí seis añitos, las hermanas me regalaron mi primer móvil y enseguida dejó de interesarme todo lo demás…

Y allí estábamos las dos, contemplando con la boca abierta aquel magnífico salto de agua en todo su esplendor. Ya estábamos completamente empapadas, así que no nos importaba -¡todo lo contrario!- que las salpicaduras nos rociasen de la cabeza a los pies.

- Y hablando de móvil –te dije conteniéndome a duras penas la risa al adivinar la expresión que adquiriría tu rostro a continuación-. ¿Por qué no aprovechas para subir un vídeo a Omniscope…?

- ¡Pues claro, tía! ¡¿Cómo no se me habrá ocurrido antes?! ¡Llevamos todo el puto día pateando por este lugar paradisíaco y yo sin acordarme de rentabilizarlo! ¿Sabes la cantidad de bitlikes que me pueden llover del cielo gracias a esta maravilla…? –eras la viva imagen de la codicia mientras rebuscabas en tu mochila impermeable. Yo me meaba de la risa-. ¿Pero se puede saber qué coño te hace tanta gracia…? Anda guapa, ponte ahí que estoy dispuesta a compartir la gloria contigo… -Te habías alejado unos metros: lo justo como para que las rociadas de agua no estragaran tu terminal. Y cuando ya te disponías a pulsar el botón rojo de REC…- ¡¿Serás puta?! ¡Pero si no tengo cobertura! ¡Esta sí que es buena! ¿Se me habrá jodido el móvil…?

- ¿Cuánto hace que no vas a un punto ciego? –te pregunté entre carcajadas.

- ¿¡Cómo has dicho!? ¿Un qué…?

- Un punto ciego –te expliqué aproximándome hasta donde tú estabas-. Un lugar apartado, como este, donde el-ojo-que-todo-lo-ve no alcanza…

- Estás de coña… -¡tu expresión de incredulidad era auténtica!-. ¡Tienes que estar de coña! Dime que estás de coña… ¿Estás tratando de decirme que…?

- Mmm-mmm –asentí yo mostrándote la languidez de mi propio teléfono… Te volviste medio loca: arrojaste tus cosas sobre un lecho de musgo y echaste a correr como posesa hacia la base de la catarata. No parabas de gritar…

- ¡La hermana Löffler es una hija de puta! ¡Las concubinas que se dedican a lamer el culo de la hermana Löffler son todas unas hijas de la gran puta! –entrabas y salías por debajo de la cortina de agua y yo me partía de la risa- ¡La Sororidad da asco! ¡Odio esta vida de mierda! Putas títeres de un sistema totalitario e hipercontrolador que nos maneja a todas a su antojo… ¡Si pudiera me quedaría a vivir aquí para siempre con mi amiga Vanessa y que os follen a todas! –de pronto te tapaste la boca con la mano, en un acto puramente instintivo de autoprotección contra tu propia vehemencia y, mirándome muy grave me dijiste:- Espero que lo dijeras en serio, porque si no acabo de meterme en un buen lío… -jamás me había reído tanto en mi vida…

Antes de que accediese al cubículo de su amiga Tricia, la agente especial Cooper salió a recibir a Vanessa a la puerta de aquella celda, que era exactamente igual a los cientos de puertas hexagonales repartidas hacia lo alto y hacia los lados de aquel edificio colmena, donde vivían las chicas cuyo crédito social no les alcanzaba para permitirse un apartamento en la zona alta de la ciudad. En sus ademanes se intuía que aún no había decidido cómo preparar a Vanessa para el espectáculo que le esperaba dentro.

- Muchas gracias por haber venido tan deprisa, hermana Womb –le dijo ofreciéndole el frío abrazo de cortesía que marcaba el protocolo-. No sé si está al tanto de que su amiga, la hermana Tricia Fuentes, subió a su canal de UTube una nota de voz hace algo más de una hora en la que…

- ¡¿En la que se despedía de este mundo…!? –cortó tajante Vanessa, harta de circunloquios-. Por favor, necesito saber cómo está… Déjeme entrar –el tono autoritario de su voz hizo efecto sobre una persona como Cooper, habituada a recibir órdenes, que se hizo a un lado.

La austera celda únicamente contaba con dos estancias: el nicho-dormitorio en el que el equipo forense ultimaba los preparativos para abandonar la escena del “crimen”, y el cuarto de baño, en cuyo suelo yacía una grisácea bolsa de policloruro de vinilo. La agente especial Cooper detuvo el avance de Vanessa impidiéndole que se aproximara a aquel sofisticado saco de plástico que envolvía el cadáver macilento de su amiga y, arrodillándose junto a él, manipuló el cierre hermético lo justo como para que asomase un rostro exangüe.

A Vanessa le costó un mundo reconocer en aquel perfil ceniciento, semioculto por húmedos mechones de cabello carentes de brillo, la cara de Tricia. Inicialmente albergó la esperanza de que se hubiesen equivocado de celda, y que aquel cadáver correspondiese a otra pobre chica que se hubiese quitado la vida, como tantas, tantísimas lo hacían cada día a pesar de los ímprobos esfuerzos de las autoridades por evitarlo, por ocultarlo. Porque no fuesen del dominio público las astronómicas y vergonzosas cifras de la mayor lacra ante la que sucumbía aquella sociedad utópica, que había conseguido erradicar todo género de violencia. Excepto la violencia que ejercía, cada minuto, una mujer contra sí misma.

Publicado la semana 15. 09/04/2018
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