Semana
14
Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Nota de suicidio

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Relato
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Caminamos río arriba durante horas. A veces por la orilla y, en ocasiones, cuando el nivel del agua y la fuerza de la corriente nos lo permitían, hundiendo nuestros blancos y delicados pies en el lecho verde oliva, suave como el terciopelo, del Hudson.

Aunque mi perspectiva frontal se limitaba al culo de Vanessa en constante ascenso por un terreno abrupto, la visión a ambos lados de un denso tapiz de pinos oscuros como el laurel, alternando con brillantes abedules, bastaba para colmarme el alma de gozo. En ocasiones, una extraña fuerza tiraba de mi cabeza hacia atrás, obligándome a fijar mi mirada en aquel cielo azul espléndido, en el preciso momento en que un halcón, o un águila, sobrevolaba en círculos aquella escena absolutamente conmovedora.

Jamás en mi vida había experimentado nada parecido. Pero a Vanessa todo aquello parecía no impresionarle lo más mínimo. Como si su rutina diaria fuese ascender y descender por los aquellos cañones ignotos. Al comienzo de nuestra travesía di por supuesto que se estaba haciendo la interesante, saltando por entre los peñones…  

Cuanto más convencida estaba de que seleccionaba los caminos aleatoriamente para pavonearse, menos dispuesta quería mostrarme yo a reconocer que, efectivamente, estaba impresionada por su forma de moverse y hacer frente a los mil y un obstáculos que nos planteaba la travesía, intuyéndolos, como si supiera de antemano cuál vendría a continuación, así como la forma más idónea de sortearlo.

No recuerdo exactamente en qué momento fui consciente de que Vanessa conocía a la perfección cada recodo de aquel camino. Quizás fuese, aunque no podría afirmarlo con rotundidad, cuando cruzamos un puentecito de madera en el que había una enorme lata oxidada sujeta a la estructura con clavos corroídos. Habían practicado una tosca hendidura sobre el círculo superior de aquel roñoso cilindro. Recuerdo que pensé que, sin duda, en otra época, debió tener alguna utilidad…

- ¿Qué crees que será? –le pregunté a Vanessa mientras la sopesaba con cuidado-. Parece que contuviera piezas metálicas en su interior…

- Es una hucha –me respondió ella sin detenerse.

- ¿¡Una qué…!?

- … Y eso que suena en su interior son monedas –continuó explicando como si fuese la cosa más obvia del mundo-. Unos pequeños discos metálicos que antiguamente empleaba la gente para alquilar el tiempo de otros, y que se dejaron de…

Pero yo ya no la escuchaba... De repente tuve la sensación de que todo mi ser se replegaba hacia el interior de mi vientre, para proyectarse desde ahí en un agudo chillido de júbilo. Mi cara debía ser un espectáculo; la viva imagen del asombro y el placer: sólo sé que, si por mí hubiera sido, me habría sacado los ojos para disponer de visión panorámica.

Había llegado al recodo del camino desde el que ya podían contemplarse los cuatro ríos bravíos que se deslizaban sobre una brillante planicie de terreno, y habría dado lo que fuese por quedarme allí horas contemplando aquel prodigio de la naturaleza.

No obstante, tanto Vanessa como el sendero insistieron en que continuara por un paisaje de piedras planas, matas de arándanos y unos pinos tea casi enanos. Y allí estaban, las cataratas de Kaaterskill: una gran cortina de agua que se zambullía en las profundidades, provocando de inmediato ideas de suicidio.

Pero no suicidio en plan mal; sino como cuando sientes garantizada la reunión con Lo Uno, un anhelo de comunión con lo sagrado, de inefable trascendencia hasta ahora insospechado…, como cuando sientes que estás, quizás por primera y última vez en tu vida ante algo incuestionable, y no hay mejor aval que la certidumbre que te trasmite cada átomo de tu ser…

A Vanessa no se le habría pasado por la cabeza la idea de detenerse. Así que, ¿qué opciones tenía yo…? No iba a comportarme como una cobarde delante de mi gran amiga y mi mayor rival… Sentía una terrible opresión en el pecho y un nudo en la garganta.

- Kaaterskill viene de la palabra neerlandesa kaater, que significa lince –me explicó Vanessa, porque le pirra acumular cantidades de datos chorra como ese, para mostrarlos cada vez que tiene ocasión-. El primer salto es de unos setenta metros. Luego la criatura se prepara para un nuevo salto: su sangre viva avanza sobre quince metros de terreno plano, para volver a precipitarse otros treinta… Y así va cayendo de repisa en repisa.

- ¿¡Sabes que estás como una puta cabra, no!? –fue lo único que se me ocurrió gritar, pues estaba segura de que a continuación me obligaría a atravesar el torrente. Pero ella ya no me podía oír… ¿Cómo iba a hacerlo si ni siquiera me escuché yo a mí misma?

- ¡Qué divertido, ¿verdad?! –chilló ella.

Y en verdad que lo fue: nos abrazamos ingenuamente la una a la otra creyendo que así las cataratas lo tendrían más complicado para despedazar nuestros cuerpos y arrojarlos al vacío. Y no tengo la menor duda de que así habría sido de no ser porque, una vez más Vanessa conocía un pasaje invisible al ojo para cruzar por detrás de aquel implacable telón acuático.

Avanzamos agachadas por un puente de piedra, y entonces, caladas hasta los huesos y temblorosas, llegamos a un lugar inimaginable como no fuera en sueños, detrás de las cataratas, y nuestros rostros fueron atacados por unas rociadas que nos ahogaban.

- ¡Ahora eres una rootie! –me gritó al oído. Después no me acordé de preguntarle qué demonios quiso decir con eso… ¡Lo había olvidado por completo hasta este mismo instante…! Aunque supongo que, llegados a este punto, ya no tiene importancia…

Recuerdo que presioné mi boca contra la roca que había a mi espalda para poder inhalar a duras penas, tal era la enormidad de la sofocante masa de agua que amenazaba con arrastrarnos y conseguía expulsar de aquella pequeña oquedad casi todo el aire respirable.

Seguramente nunca antes había estado tan cerca de la muerte.

Pero lo que sí puedo afirmar con total rotundidad es que aquel fue el día más feliz de mi vida.

Cuando acabó de grabar esta nota de voz, Tricia estampó su teléfono móvil contra el suelo. Tan pronto como el dispositivo saltó en pedazos, los monitores que revestían las paredes y el techo de su cubículo la envolvieron en un enorme mensaje de amonestación "PENALIZACIÓN POR DESTRUCCIÓN DE SU TERMINAL", que le informaba de que 50.000 bitlikes serían automáticamente sustraídos de su contador de karma.

Mas eso a Tricia ya le traía sin cuidado: había gastado sus últimos 100 bitlikes en llenar hasta arriba de agua caliente la bañera. Su contador personal de crédito social reflejaba números rojos sobre el espejo empañado que había encima del lavabo. Estaba oficialmente en karmarrota, pensó mientras sentía bajo la planta de sus pies desnudos cómo algún pequeño fragmento de su destrozado móvil se incrustaba en la planta de sus pies desnudos.

Se agachó para recoger uno de los pedazos mayores y extrajo de su interior un minúsculo condensador de coltán, cuyas finas y cimbreantes patillas prometían cumplir a la perfección su nuevo cometido.

Sosteniéndolo con mimo entre sus dedos, se introdujo suavemente en la rebosante tina de agua tibia. Por más cuidado que tuviera en que no se vertiese sobre el suelo del cuarto de baño, no necesitaba ser Arquímedes para saber que era físicamente imposible…

Con ayuda de los voluntariosos y esbeltos filamentos metálicos del condensador de coltán, surcó sus antebrazos con tres dulces y profundos cortes longitudinales, dejando que su sangre tiñese de rojo el líquido que se precipitaba desde el borde de la bañera, sobre el que tenía apoyada su cabeza.

Cerró los ojos… El murmullo que producía su vida al derramarse le trajo a la memoria, una vez más, el rumor de las cataratas de Kaaterskill. Y sonrió…

Publicado la semana 14. 02/04/2018
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The end of all our exploring – Max Richter , Here & Now , De noche, En la cama, Con ganas
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