Semana
13
Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Flores del desierto

Género
Relato
Ranking
1 1027 8

Mientras esperaba su turno para subir al estrado, Luisa Diogo acariciaba, como si de una reliquia se tratase, aquel ajado y amarillento recorte de periódico plastificado que tanto dolor, pero sobre todo tanta suerte, había traído a su vida.

Se había convertido en su amuleto particular. Porque, aunque las palizas, los moretones y los insultos se convirtieron en algo cada vez más frecuente a raíz de la lectura de ese anuncio de hacía casi once años, ya formaban parte de su vida desde la misma noche que se desposara con Nuno…

Probablemente habría recibido más de cien puñetazos desde entonces. Pero aquel primero que le propinó cuando ella mostró su renuencia a que la penetrase durante la noche de bodas fue, sin duda, el que más le había dolido de todos.

Ella era apenas una cría cuando se concertó su matrimonio. Una niña idealista y romántica que deseaba más que nada enamorarse. Tenía idealizado el amor y el matrimonio y, a pesar de que Nuno era mucho más mayor que ella, quiso ver en él al hombre galante, caballeroso y bien parecido del que hablaban todas las canciones. Y, finalmente, consiguió enamorarse de él.

Con sus 19 añitos recién cumplidos, Luisa no era tan joven en edad como en experiencia. Cuando Nuno se arrodilló delante de ella, durante la noche de los esponsales, para cortar con la cuchilla los hilos de sutura, y la miró consternado al comprobar que parte de la costura ya se había desprendido, Luisa quiso ver en la reacción de su marido un trance fortuito fruto de los celos y de sincera preocupación por su virtud.

Apelando a la empatía de su esposo, y para quitarle hierro al asunto, se dejó arrastrar por la tentación de explicarle las cientos de infecciones que había sufrido a lo largo de su vida, en aquel “agujerito” que su abuela le había dejado para expulsar la orina y la menstruación. Y, en lugar de la beatífica sonrisa de conmiseración que ella se esperaba, se encontró con un escalofriante bofetón que la hizo callar… Aquella fue la primera vez que Nuno le cruzó la cara de un guantazo: “una mujer como es debido no habla de esas cosas”. 

Pero no fue hasta después del segundo mamporro, prolegómeno del dolor más agudo que había sentido en su corta vida, que a Luisa se le escurrieron entre los dedos todos los ideales que pacientemente había ido tejiendo en torno al matrimonio. Con cada puñalada en lo más hondo de su vientre de aquel descomunal miembro desgarrador, Luisa constató cómo todos y cada uno de sus sueños románticos, ceremoniosa y tiernamente urdidos, morían desangrados. Y a ella misma poco le faltó para desfallecer exangüe aquella noche…

El eco de una salva de aplausos procedente de la sala de conferencias la trajo de vuelta al presente. Muy pronto anunciarían su comparecencia. Su corazón se lanzó al galope –casi lo sentía latir en su garganta- y le sudaban copiosamente las manos. Se dio cuenta porque el anuncio plastificado que atesoraba entre las palmas se le deslizó y cayó al suelo. Al agacharse a recogerlo lo leyó por enésima vez…

Luanda - Sales Executive - Zona Centro

La verdad es que, en inglés, por muy modesto que fuese un puesto de trabajo, sonaba maravillosamente atractivo… Hasta el de una miserable vendedora a comisión... Pero, ¡qué demonios...! ¿Era o no era un comienzo?

Después de casi siete años dependiendo de las limosnas de Nuno y una patética fiesta sorpresa como principal hito de su treinta cumpleaños, quería, ansiaba ver una luz al final del túnel...

Y puede que el puesto de trabajo no fuese tan descomunal como el foco con el que se pedía ayuda al maldito Batman, pero a Luisa se le antojaba su particular faro de Alejandría. Y sí: la mera esperanza de que la escogiesen a ella para vender lo que fuese que fabricara aquella empresa, le hacía sentir una auténtica heroína.

Tiempo habría después para decepcionarse o quejarse de vicio. Aunque ella estaba resuelta a no hacer ni lo uno ni lo otro, porque le bastaba con tener algún otro cometido en la vida más allá de preparar, cada día, los desayunos para Nuno y las niñas; para recibir como recompensa un puesto honorífico en el umbral de la puerta, desde donde les veía alejarse, cada día, meneando una mano ignorada, mientras una sonrisa no correspondida se le agriaba en el rostro, cada día más ajado.

Ya a solas, en casa, sin más calor que el que aún desprendían las sábanas mientras hacía, por millonésima vez las camitas de Flávia y Antónia, sin más compañía que la de los cardenales y el dolor de las contusiones, frutos de la última paliza, Luisa se afanaba en mil y una tareas domésticas para mantener alejadas las ensoñaciones. Porque a veces se imaginaba cómo sería la vida de una de esas modernas mujeres angoleñas que, en ocasiones, veía cuando iba al mercado central de Luanda. Pero lo que jamás se imaginó es que iba a terminar siendo casi como ellas…

Le dio un beso al anuncio plastificado antes de adosarlo de nuevo junto a su seno izquierdo. Aquel papelito había venido a cambiarle la vida. Y ahora, una década después, aún no sabría decir qué le parecía más increíble: si que hubiese llegado a ostentar la dirección de la planta química de una de las mayores cerveceras del mundo, o que siguiera soportando casi a diario los malos tratos de un hombre tan mezquino y ruin como su marido. Si no fuese por las niñas…

Cuando entró a trabajar en Labelly, no le extrañó tanto que la contrataran a ella –¡a una mujer sin apenas experiencia laboral!- de forma inmediata para comercializar cerveza por toda la capital casi de forma exclusiva, como el hecho de que en aquella empresa –que dirigía con puño de hierro la archiconocida Isabela dos Santos- no tuviesen cabida los hombres. “A ellos les reservamos la mejor parte de nuestro negocio- solía bromear la todopoderosa empresaria angoleña-, que es beberse nuestro brebaje”.

Brebaje que ella no soportaba, por cierto. A Luisa, en aquel momento, le repugnaba la cerveza. Y así se lo hizo saber a su “jefa”. Pero a ésta parecía no importarle –y hasta divertirle- aquel detalle: “Ya aprenderás a disfrutarla”, le dijo guiñándole un ojo. ¡Y vaya si lo hizo! Desde aquel día la señora dos Santos la acogió como si de su propia hija se tratase, la formó personalmente en todas las áreas del negocio y le pagó sus estudios de ingeniería química para que pudiera llegar a convertirse, junto a ella, en una de las mujeres más prominentes de toda Angola.

Por eso, cuando se enteró de que la ONG Stop Ablation buscaba casos como el suyo -de destacadas mujeres africanas que pudieran ofrecer su testimonio al mundo sobre esta lacra, para luchar por su erradicación-, aunque al principio tuvo miedo por cómo reaccionaría Nuno o su propia familia, y se sentía terrible e injustamente avergonzada, finalmente decidió atreverse a alzar la voz y exponer su caso. Uno de entre cientos de millones. Pero uno que quizás pudiese contribuir a extirpar definitivamente aquella macabra tradición perpetrada por mujeres contra sus propias hijas y nietas. Y a la que mantener alejada de sus dos niñitas -que eran la luz de sus ojos-, se había convertido en su principal cometido en esta vida...

- Luisa, por favor… -le dijo la coordinadora del evento sacándola de su ensimismamiento y señalándole la puerta de acceso a la sala de conferencias-. Es tu turno. ¿Me acompañas…? ¿Todo bien…? –le preguntó sinceramente preocupada por la actitud meditabunda de Luisa.

- Vamos a hacer que todo esté bien, Coulibaly –respondió Luisa decidida. Y rodeándola con su brazo por la cintura para encaminarse juntas hacia el auditorio, reafirmó:-. Ya lo verás…

Cuando Luisa accedió a la sala de conferencias se quedó impresionada por la cantidad de personas que habían asistido. Casi en su mayoría mujeres; pero también veía una nutrida representación masculina, algo que le alegraba y, al mismo tiempo, le ponía nerviosa. Caminó despacio hacia el atril y se tomó algunos segundos para calmarse antes de comenzar a hablar…

- Cuando era una niña, decía que no quería ser mujer.

¿Para qué, cuando sufres tanto dolor y eres tan desdichada…? –era tal el nudo que se le formó a Luisa en la garganta que, por unos instantes estuvo tentada de dar por concluido su testimonio en este punto. Entonces se topó con la dulce sonrisa de Coulibaly, quien con un sutil descenso de párpados asintió, trasmitiéndole la confianza de que todo saldría bien… Su amiga se llevó la mano al corazón para darle el pie de la parte del discurso que venía a continuación...-.

Amo a mi madre, amo a mis niñas y amo a África –continuó declamando Luisa-. Desde hace más de 3.000 años, las familias creen firmemente, que una hija a la que no se le ha practicado la ablación es impura. Porque lo que tenemos entre nuestras piernas es impuro y debe ser extirpado; y cerrado después, como prueba de virginidad y virtud.

La noche de bodas, el marido coge una navaja o un cuchillo y corta para abrir, antes de penetrar por la fuerza a su esposa. Si no se hace la ablación a una mujer, ésta no se casa. Y, consecuentemente es expulsada de su aldea y se la trata como a una puta.

Esta práctica continúa a pesar de que no figura en el Corán, ni en la Biblia, ni en ningún otro texto normativo. Esta práctica continúa precisamente porque nuestros líderes religiosos y nuestros legisladores siguen prefiriendo mirar hacia otro sitio. 85 millones de niñas son mutiladas cada año en África, pero está claro que la mujer es la última de las preocupaciones de nuestros dirigentes.

Sin embargo, es bien sabido que, a consecuencia de esta mutilación, las mujeres enferman mental y físicamente para el resto de sus vidas. Estas mismas mujeres que son la espina dorsal de África.

A pesar de que casi muero desangrada durante mi noche de bodas y, posteriormente, tras dar a luz a mi segundo hijo, yo logré sobrevivir. Pero dos de mis hermanas no: Amália falleció después de ser mutilada. Y Catarina durante el parto, con el bebé aún en su vientre.

¿Hasta qué punto se fortalecería nuestro continente si un ritual tan salvaje fuera abolido? Existe un proverbio somalí que dice: “El último camello de la fila camina tan deprisa como el primero”. Lo que nos pase a cualquiera de nosotras afecta a todas las demás.

Cuando era una niña, decía que no quería ser mujer.

Pero ahora he madurado y estoy orgullosa de ser lo que soy.

Por el bien de todas nosotras, intentemos cambiar lo que significa ser mujer.

 

Silencio…

Los ojos de Luisa brillaban, arrasados por las lágrimas.

El suyo era un llanto abnegado, fruto del dolor y la resignación.

El llanto quedo de los asistentes era indignación pura, genuina rabia.

De pronto sonó un tímido aplauso al fondo de la sala.

Su eco se hizo más audible cuando un segundo par de manos se sumó al reconocimiento.

En apenas un minuto todo el auditorio estaba el pie aclamando y haciendo suyo el discurso de Luisa.

Qué lejos estaba de imaginar, mientras se inclinaba profundamente agradecida por aquella ovación que, en apenas unos meses, medio mundo conocería su rostro. Aunque sólo unas pocas personas, todas ellas mujeres, conocieran la verdadera hazaña por la que Luisa Diogo nunca pasó a la historia de La Sororidad…

Publicado la semana 13. 28/03/2018
Etiquetas
Ablation - Commit Suicide , Moolaadé, Flor del desierto, Amstop , De noche, En la cama, Con ganas
Compartir Facebook Twitter