Semana
06
Román

El Castillo Embrujado

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EL CASTILLO EMBRUJADO

 

Aquel extravagante viajero accedió al castillo por puerta secreta, sin hacer ruido ni ser visible a la vigilancia severa.

Entró como una silueta de sombras. Y se puso a buscar, desesperado, entre ancianos e incunables volúmenes, cajones armarios y alacenas desportilladas, lamparas y tablones de paredes y suelos. Inquieto. Anhelando la palabra. Una palabra. Esa palabra. Mientras, el espectro le observaba serio, preguntándose qué clase de necio anormal es capaz de colarse en su alcázar, a sabiendas que todo y cada último visitante fue incapaz de salir sin estado fallecido…

Continuó impávido el desconocido encapuchado, deslizándose por alfombras y suelos como si una brújula mental lo guiase sin perdidas. Pasando de estancia en salón y cuarto. Subiendo y bajando escaleras retorcidas y caracolescas. Aprovechando cada esquina, rincón, tapiz, para salir de la vista y curiosidad ajena, humana, divina o preternatural. Remota imposibilidad.

Indagando con un ordenado sentido del frenetismo. Multiplicando la velocidad y funcionalidad de sus ojos y manos, hábiles en el desmontaje y recolocación de cada pieza o prenda movida. Sin dejar rastro de intrusión.

Fueron más las apariciones que se situaron a sus espaldas, planeando su presencia, sin dejarse sentir, todavía. Moviéndose como la estela de su cometa particular, esa figura humanoide de rasgos ocultos y actividad felina. Hablando en silencio unos con otros, desde diversas fases temporales. Compartiendo los secretos de la fortaleza; sus tesoros incluso. Aquello enterrado, lapidado y no descubierto.

La tarde dejó paso a la noche tras ligera discusión por territorialidades. La Luna se impuso en el cielo, preñada de luz, entrando por las vidrieras recargadas, repartiendo psicodélico colorido, cual parque de atracciones de espejos y reflejos de tinta sin bola de discoteca. Y, ante tal estímulo visual, los fantasmas despistaron su nueva obsesión a la que pronto pensaban dar caza, y el individuo desapareció en un fulgor súbito. Sin bomba de humo.

Cundieron las alarmas a la vez que sonaron; sirenas y alaridos pronunciados por gargantas muertas, despellejadas o empaladas. De voz desgastada y obsoleta. Formaron grupos de cadenas, sabanas, plasmas e intagibilidades. En grupos afines para evitar el conflicto. Olvidando reparto de tierras. Por un bien mayor; el destierre del invasor.   

Mientras y durante, el intruso no cejaba en empeños y voluntades. Azaroso y afanado, acelerando sus formas para una pronta cúlmine, viendo el orgasmo del sexo más cerca y la salvación de culminación al otro lado de cada puerta o espejo. Pese a sus educados cuidados, la situación requería emergencia, y prescindió de modales y alteró formas. La sutilidad quedó tan olvidada como la vida entre estos muros. Así comenzó a romper y rasgar para su objetivo encontrar.

Las criaturas reaccionaron rápido al estruendo en caótico orden, persiguiendo el sonido, cada caída, cada fractura. Llegando elegante y minuciosamente tarde, viendo objetos y antigüedad aterrizar para desestructurarse contra el piso. Dando pésame a puertas y armarios sacados de goznes o maltratados con palanca o hacha. ¡Su hogar, profanado y destruido! Se miran iracundos unos a otros por nuevos agujeros en las paredes. Hasta llegar al pasadizo. Aquel que desciende.

“¿Qué pasadizo?”

Eso vibraron los espíritus en clamor. Al comprobar parte de la ciudadela que aún no habían explorado. Desatendida durante eones. Con leve resquemor por cruzar ese umbral que profundiza en la desquiciada construcción, aquel refugio de locos y suicidas, de aventureros para traspasar las fronteras ignotas. Pero no tardaron en abalanzarse en procesión por la fisura en número creciente. Muchos fueron los muertos que calla el lugar.

Así bajaron y bajaron. Sin alcanzar al forastero, por mucho que uno corriese y el resto volaren. Hasta legar al paraninfo. Un teatro circular en las entrañas de la tierra, con el escenario apenas sobresaliendo unas pocas alturas por encima de las plateas, con cúpula que permite ver fondo de la mar que es techo inestable ahora. Donde los únicos visitantes son las alimañas internas y acuosidades externas.

Llegaron arrastrando sus limbos y penitencias, testigos puntuales de cómo el protagonista se alza sobre el tablado, en ritual de danza, largando sus extremidades en posturas improbables, desafiando al equilibrio con el baile. Convocando.

No atienden a las psicofonías, aullantes en eco de precauciones de horror. Siendo ignoradas.

 Así aparece en cameo un portal suspendido en el aire viciado. Así introduce la mano el artista reciente, para hallar y hollar su preciado anhelo. Mientras la expectación crece en corazones mustios y mentes antañas y pretéritas. Que no saben ni reaccionan. Aún.

El velo ha sido violentado y la existencia tiembla. Las arañas y ratas brillan en múltiples pupilas, dispuestas a la obediencia y el ataque. Los peces y sucedáneos habitantes de simas, mayores y menores, afinan afilando sus escamas y dientes. Todos aplaudiendo desde patas, aletas, garras y seudópodos. Sostiene el objeto mutante de geometrías, ahora con ahora sin curva no ángulo. Lo abre irrespetuoso relegando sus miedos, cual tarro obturado, con esfuerzo en su anatomía, que se denota aunque siga oculta su faz.

Tiemblan las ánimas condenadas al exilio infinito, oscilan los cimientos de la misma tierra y cielo. Queriendo desdeñar cuanto ocurre mientras sujetan sus costuras para no quebrarse. Caer ahora no sería morir o desaparecer, sino la ausencia de misma existencia, vida y nacimiento. No habrá perdedores, porque jamás habrán sido o sucedido.

Una de ellas avanza en avalancha y carga contra el excéntrico saqueador que es algo y mucho más. intentando evitar las profecías no leídas ni pronunciadas. Se estrella contra muro de tela y cae exangüe. Finiquitado.

Sostiene el asaltante de castillos y dimensiones un pequeño grano, minúsculo, entre sus dedos. Estudiándolo con mirada fija, sin atender a las distracciones diversas. Caída ya la capa que tapaba su identidad. Los ojos son ámbar en una cara que es mujer y hombre, que se modifica desde cada posición de contemplación. Una estructura facial cincelada para la el terror de la belleza perfecta. Para no permitir sino terrible adoración. Respiran asombro recuperado el aliento, que será última exhalación para los etéreos habitantes del castillo, protectores y traviesos. Caen en asombro e impotencia, muchos los seguirán. De condición y mundo cualesquiera.

El ser andrógino sigue ausente de la escena, sólo preocupado por su obsesión diminuta. Escrutando cada firma y forma en la perfecta esfera granulada. De roca y cristal que no son roca y cristal. Hasta que aprieta y fragmenta la pieza, que se deshace entre su delicados y dulces dedos. Llevada por el aire, compartiendo atmósfera con esos hálitos fugados de cuerpos celestes evanescentes. Despierta el humanoide a los sentidos y se ve en cripta de muertos ya antes muertos. Toma conciencia del ser, el Yo. Mira y recuerda ante su deferente audiencia animal. Mientras la construcción se cae a pedazos, la cúpula se desbarata, el cielo se llora a sí mismo dejando huecos y agujeros. Por donde vienen los Antiguos. La nueva raza llamada a ocupar este y todo planeta. Colonizar y expandirse hasta que, cíclico, toque Extinción para regresar el Cambio.

Así sale no por donde vino. Aprovechando uno de los modernos senderos hasta la superficie que no es como era ni nadie recuerda. Terraformada. Sin resto de civilización. Virgen naturaleza, tierra creciendo sobre la destrucción y tumba humana.

Se expone a la inédita atmósfera y ve que es algo bueno. Mientras las entidades aterrizan, simiente o padres y madres, tamaños y edades dispersas. Confusión de alumbramiento. Evos de contenido deseo.

Sonríe ante su hazaña y consecución, sin saber si es realmente lo que quería al inicio de su travesía atemporal. Incapaz de encontrar satisfacción. Celebrar. Añorando un siguiente desafío. Mirando más allá. Mientras se cruza con el penúltimo de los espíritus, que atesora lo pasado. Y no puede evitar, ante su inmóvil desolación y pasmo, soltar un repentino:

 —¡Buuu!

Asusta al fantasma como los niños se asustan entre ellos. Quien levita sin tener donde ir. Se adoptan el uno al otro, en terreno inexplorado. En civilización ajena. Y, juntos, buscan un nuevo camino y reto. Aquís y allás, sin límites. Arrancando el siguiente viaje…

 

 

Publicado la semana 6. 06/02/2018
Etiquetas
Ruido Blanco , Circos, Lovecraft, Miedos , Bajo la sábana...
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