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Román

Pan de Tarde (Bilogía del Pan, volumen II)

PAN DE TARDE

 

El conflicto se vio venir desde cerca, ya que el hambre nunca ha civilizado nada.

Don Mendo caminaba metódico siguiendo su estructurada rutina diaria y el orden adecuado de compras, ya casi finiquitado, cuando observó que únicamente quedaba una barra de pan en las estanterías habilitadas para el mismo, y aceleró el paso.

Jok vivía de la apetencia por improvisación, aún adormilado por el humo de su penúltimo porro que pronto tendría sustituto. Y la pinta de aquel solitario lingote esponjoso y rústico despertó sus más lujuriosos instintos alimentarios.

La percepción abrió sus sentidos: crujiente al punto, tostado de dorada, harinado en espolvoreo, jugosa con grosor y miga de ángel, caliente y humeante.

¡Debía ser suya!

Don Mendo existía ajeno a las preocupaciones siempre que el mundo se mantuviera equilibrado, calmo, bajo control de tiempos-espacios. Sin alteraciones ni trastornos.

Por eso, ya llegando al objetivo, alargó una mano de pulso firme para la captura cuando fue superado.

Jok, babeando interno y entendiéndose en desventaja de su novedoso y más preciado e irrenunciable capricho, se abalanzó de forma salvaje y simiesca por lo primitivo, cazando la presa en garra, pero evitando celebraciones durante la foto finish.

Ya había un ganador.

Y no más pan.

Don Mendo asistía incrédulo a la manifiesta falta de respeto; una insoportable irrupción del caos que vuelve del revés la misma esencia de la realidad.

Y bulle por dentro.

Jok, satisfecho, ya royendo cual roedor el pico de oro que culmina la barra, considera cerrada la incursión mercantil, y se dirige presuroso a cajas para evitar la mirada indignada del viejo y el consiguiente y seguro reproche o enfrentamiento. Habituado está, pero no gusta del mismo.

Reacciona de su propia estatua Don Mendo y le ataja dejando atrás sus vituallas, mejor conocedor del supermercado, emboscándolo entre la sección de bebidas y frutos secos antesala de pago. Y, a su paso, le sustrae la barra de las manos con formas finas y elegantes, de sutilidad vertiginosa con guante blanco. Sin testigos.

Y avanza para consumar su victoria con intercambio monetario.

Jok no entiende. Tenía y ya no tiene. ¿Ha sido todo un espejismo? ¿Quién es ese truhan rufián ladrón de señor mayor?

Con migas en los labios que añora y aprietan su anhelo, decide luchar para recuperar su tesoro.

Vigila Don Mendo, porque no se fía del joven con ojos de bruma, y lo intuye en persecución. Por ello, protege la barra reforzando la sujeción. Pero sus reflejos son arcaicos y desfasados.

Jok dibuja finta a derecha y ataca por la izquierda, todo espasmos de necesidad. Alcanza el papel que recubre su crujiente adquisición, suya y sólo suya, y lo retoma y retorna en posesión con leve tirón, corriendo para poner distancia con el veterano en su duelo de relevos.

Don Mendo se critica a sí mismo: lento, torpe, viejo. Nunca en sus mozos años hubiere sucedido tamaña afrenta. Lo ve alejarse con el premio y sopesa opciones.

Podría conseguir pan en el chino, junto a su portal, indignidad que no cometerá. Romper su sagrada rutina y ciclos horarios-metódicos para ir a la confitería del barrio, lo que desajustaría el resto del día.

Pero el orgullo le impelía a no rendirse. Y tramó pérfido plan.

Viendo imposible la competencia en velocidades y mecánica gestual, salió por la zona de no compra y preparó el escenario, cuidándose de los ojos del guardia de seguridad.

Jok rebusca apresurado monedas en los bolsillos sin fondo mientras mira obsesivo a su alrededor, sintiéndose vigilado. La dependienta ya le conoce, y aún puede oler en su ropa el aroma a verde vicio. Le importa cero el fumeta; sólo quiere la joven terminar su insoportable turno y volver a su mierda de casa para seguir en ese ciclo infernal ya sin espíritu que pueda permitir aspiración de cambio. Le concede la vuelta a Jok y el chico cruza la línea de cajas como quien entra al Olimpo, casi alzando los brazos al cielo.

Al punto de franquear la puerta de salida, un cubo de fregona aparece inesperado deslizándose hacia él y se enreda entre sus piernas, sustrayendo apoyo y equilibrio. A un solo pie, pata coja de saltitos evitando el seguro desastre y aterrizaje en accidente, el piso mojado hace el resto con resbalón inducido.

Cae y suelta la barra, que vuela, siempre vuela, siendo recepcionada por Don Mendo. Que la abraza encantado con los ojos brillantes, por ella, y porque sus planes salgan bien. Como deben.

Mientras la cajera alucina y se promete revisionar la cinta que graban en directo las cámaras de seguridad, el venerable se despide de un postrado Jok vencido y derrengado en el suelo con un gesto de sombrero imaginario.

Jok, dolorido, piensa que hace demasiado o demasiado poco desde el último canuto para encontrarse en situación tan dantesca. Se siente reconoce en deliro psicotrópico pintado por Dalí. Se imagina anguloso, dos dimensiones de Jok en blanco y negro.

¿Qué hacer?

¿Qué no hacer?

Está claro. Se intenta incorporar en función de circo payasil, como si tuviese mil piernas y todas ellas en exceso extensas y torpes de múltiples rodillas. Y lo consigue, tras ridículos fracasos previos, a la tercera. No es su mejor día.

Sale de la tienda y mira periferias. ¡Allá va el viejo maldito! Con su pan, Su Pan, bajo el brazo, apestándolo a sobaco de momia vernácula.

¡Impermitible e impermisible!

Se dispara en sprint desaforado guardando parte de la razón para comprender y repetirse que no puede existir agresión o amenaza por su parte. Al fin y al cabo, es civilizado y pseudo educado, más en autodidacta que en doctrina contagiada y heredada por sus padres ausentes.

Pero debe hacer un postrero intento de reconquista.

Estudia la avenida y sus callejones esbozando tramas mientras acecha discreto por esquinas y curvas. Recorta por soportales y cruces y alcanza el siguiente código postal adelantando a su presa, imbuido y poseído por el peor de los agentes secretos.

Sólo que no es la guerra fría, es la Guerra del Pan.

Mira por la esquina y lo ve llegar; el viejo. Cuanta en voz baja la cadencia de los pasos para doblar los noventa grados a la vez y crear disrupción por sorpresa; digresión y transgresión. Todas ellas sirven a sus propósitos.

Tres…

            Dos…

                      Uno…

Casi chocan de frente. Uno consciente y el otro inesperado en susto. El pan cambia de manos con acuerdo inconcreto sin firma, y ambos continúan su rumbo enfrentado.

Don Mendo no puede concebir semejante rebelión, y se culpa por su imperdonable despiste. No es lo que le enseñaron a hacer en aquellos tiempos de cuarteles y barracones inclementes.

Piensa que el canalla, por perjudicado y simple que parezca, es bueno. Y joven, un plus. Aunque no lo suficiente para poder asumir su derrota personal.

Lo persigue de vista y calcula el abanico de actuación. Sopesa de pensamiento rápido y cuerpo lento, parando un taxi y subiendo con clara indicación al chofer. Sobrepasando a un prevenido Jok que vigila sus fronteras por todos los puntos cardinales con mil ojos para evitar contactos, asaltos y aproximaciones.

Pero no lo verá venir.

Se detiene, paga y desciende al final de la larga calle sin apenas desvíos. Y se sienta tranquilo en una terraza, pidiendo un café, tejiendo su telaraña. Sabiendo que, si la vivienda del drogadicto no se sitúa entre su posición actual y esta terraza, el pronto azorado debe pasar frente a él, bien escondido tras un periódico, al amparo de sombras y sombrillas.

Respira hondo y reflexiona sobre todo este teatro esperpéntico; le resulta emocionante, se siente vivo. Jugando como en las mejores eras, aunque el objetivo sea menor. Pero no hay justicia cuando entran en la zona de jaque y mate. Se trata de ganar.

Sin piedades.

Jok relaja su tensa postura al caminar y se congratula casi a salvo, aferrado a su logro sin recordar porqué la necesitaba tanto. La sed se impone en este instante, tienes ganas de llegar a la cercana casa y tumbarse, evadirse, dejarse llevar por la marihuana para perderse en oníricos.

Incluso compartimentada su mente, una parte piensa en volver atrás y regalarle la barra al viejo tras tan agria y absurda disputa.

Y es en mitad de esa reflexión cuando recibe zancadilla inesperada y cae de bruces al suelo, su buen amigo, por enésima vez, tirando la barra al aire, que vuela una vez más y casi le crecen alas, libre y sin dueño.

Se levanta raudo Don Mendo con todo lo que tiene, apelando a la disciplina para forzar sus articulaciones y bisagras, y estira infinito sus brazos.

Rebota Jok y salta con amortiguadores usando el impacto como punto de apoyo.

Se decidirá por centímetros.

Don Mendo tiene ventaja posicional, pero el impulso y la envergadura de Jok marcan la escasa diferencia mientras el pan cae a lenta cámara, acercándose tanto como alejándose.

Pugnan en el cielo y alcanza antes Jok, en arte de voleibol con la yema de los dedos, dando un doble toque para alejarla de las garras y zarpas del viejo arpía.

Así, sangrando y con promesa de moretones por las sucesivas trampas y derrumbes, apresa la barra en la batalla final.

Se hace la paz, el silencio, la inmovilidad.

Don Mendo se debate entre no poder creerlo y asumirlo a la misma vez.

¡Condenado mancebo!

Desea pegarle y acuchillarle con el cubierto de la mantequilla. Irrefrenable nervio.

Pero no debe, sería someter al caos con más caos.

Los dos hombres, rivales, se miran con respeto e incredulidad por todo lo acontecido.

Sin saber cómo reaccionar.

Jok, ajeno al control de sus actos, parte la barra por la mitad y entrega la parte no mordisqueada al veterano.

Algo se rompe en Don Mendo. El respeto se sustituye con rabia creciente que ahoga la calma. Ha sido mancillado con y por pena. Insultado tras aceptar noble la derrota. Escupido su honor.

Saca su antigua pistola oficial del bolsillo de la chaqueta con coderas, y dispara al estómago de Jok sin apuntar.

Una.

Dos.

Y tres veces.

Jok cae doliendo (doliente) y sabiendo que no se levantará esta vez. La sangre mana y crea un lago de reposo donde se sumerge. Llorando. Por un trago y una calada. Por su mundo interrumpido. Por ese encuentro y desencuentro y arrebato del destino.

Mientras la gente grita y las sirenas se acercan, Don Mendo tira los dos fragmentos de pan a una papelera, y se dispone a sentarse y terminar su café mientras disfruta de anochecer agonizante de Jok, esperando ya a la policía que le dará una nueva rutina y costumbres. Sólidas e inalterables esta vez.

A no ser que acceda al llamado del cañón, que quiere anidar en su sien, compartir un secreto en forma de bala…

 

Epílogo:

El pan, sin perder sus propiedades y sabor, que solo y triste; tirado y roto. Despechado. Hasta que, horas después y con el fluido de Jok aún fresco, un encantado vagabundo lo rescata mientras su compañero de desventuras le pide compartir. A lo que no accede. Quien lo encuentra, se lo queda. No llegarán a acuerdo…

     

   

  

Publicado la semana 52. 24/12/2018
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This is the end... My only friend, The End...
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