51
Román

Monstruos del día sin Despertador (Formas del Insomnio y Fragmentos de Pesadilla, Acto 1º Toma 2ª)

MONSTRUOS DEL DÍA SIN DESPERTADOR 

(Formas del Insomnio y Fragmentos de Pesadilla, Acto 1º Toma 2ª)

 

Llevaba tiempo anhelando el momento, preparándome mentalmente durante semanas; adelantando trabajo, aplazando citas y anticipando imprevistos o urgencias ajenas. Liberando el tiempo de su jaula impuesta. Aquella próxima mañana será mía y toda mía. Que no solo mía. 

Osana me acompaña, curiosa por ver si tendré la paciencia y capacidad de control para frenar mi habitual hiperactividad y disfrutar ese momento concreto que voy cociendo a fuego lento. Y me ayuda con ello. Eludiendo mis habituales propuestas de cosas por hacer, las inquietudes, físicas y mentales que, por norma, me obligan u obligo. Porque no tengo remedio, y encima me quejo: de ello y de mí.

La ocasión anterior, ya perdida en brumas mnemotécnicas, fui incapaz de retenerme. De disfrutar. Me lancé a desayunos, a ideas peregrinas que redactar y convertir en relatos o fragmentos de capítulos, a caprichos sin justificación que rompieron la esencia de la pereza, convirtiendo en trabajo cada una de ellas. Y agoté la mañana sin celebrarla antes de saber darme cuenta.

Incorregible.

Pero no sucederá de nuevo.

No lo permitiré. Ella no me dejará sabotearme. Debo controlar deseos y trampas para sumergirme en lo simple y placentero.

Remolonear.

Y, mientras pienso en ello, pasan las fechas y me encuentro en la previa noche de la maravilla. Miro al techo practicando la mente en blanco mientras nos entrelazamos ya llegando la hora bruja y con la luna cómplice en el cielo.

―  ¿A la cama? ―dice sugerente y gatuna entre bostezos.

―  ¡A la cama!

Omitiré la narración de lo ocurrido a continuación. Pero caímos redondos cuando debimos. En una noche sin sueños, al menos sin la memoria de los mismos. Y con el objetivo por empezar a cumplir:

El despertador quedó apagado.

El despertar vendría dado por la apetencia. 

¡Inaudito!

 Acude el primer llamamiento a la espabilación sobre las 6am, la hora habitual del estruendoso reloj, donde mi tictac mental me convoca para la rutina y yo lo desecho, mirándolo con burla y enroscándome al cuerpo de Osana para caer de nuevo a la bruma de la inconsciencia unido a su determinación para con la procrastinación.

Creo que lo saboreé durante este breve onírico, pues me despierto por vez segunda babeando la almohada, junto a Osana, piel con piel.

Pero sigue siendo demasiado pronto. Los rayos del amanecer apenas rompen por las rendijas y resquicios de la ventana hermética al exterior y sus efectos. Y el cuerpo ya me impele a levantar y actuar. En una u otra forma. Mientras ella ronronea fases rem.

¡Yo no consigo estar en barbecho!

Me ato con cadenas invisibles. Recoloco mi postura, apago el pensamiento y recurro a los ejercicios de entrenamiento practicados durante estos meses.

Me relajo. Bien.

Pienso en algo ligero para sumirme en la inconsciencia. Pero ese atisbo de imaginaria reactiva la maquinaria de creatividad, convirtiéndola en el germen de una historia.

No puede ser.

Intentando no hacer ruido, moviéndome lo menos posible para no romper el pacto con ella y, más importante, conmigo, redacto unas líneas en el móvil. Para calmar la ansiedad y la preocupación de perder esa semilla. Porque es una gran idea.

Retomo y me sumerjo entre sabanas. Examino el colchón y sus suavidades con cada parte de mi cuerpo. Me recreo en el calor que se opone al frío que seguramente hace en el exterior. Mientras los paseantes ya se mueven, autómatas, hacia sus trabajos y rutinas interminables, repetición continua.

¡No!

Desconexión.

Cierro los ojos y busco un agujero blanco y otro negro que se contrarresten y me traguen. Para llevarme a la tierra del olvido de la conciencia. Ella me abraza y me arrastra consigo. Sabe cómo. Sabe dónde.

Me dejo. No me resisto, apenas.

Lo noto.

Viene.

Me voy.

Pues no.

Es como si pequeños insectos nadaran bajo mis párpados, obligándome a abrir los ojos. Mientras un cosquilleo en las extremidades me hace sentir incómodo, alterado. Y sé que no lo anularé rascándome, necesito levantarme, moverme, sacudirme esas sensaciones.

Irrefrenable. ¡Maldito yo!

Ya ruedo lento para escabullirme de Osana sin resucitarla. Usando mínimos pesos y apoyos. A punto de posar los pies en el suelo sin vuelta atrás, aunque me juro que será un camino de ida y vuelta. Que acataré lo que tanto ambicionaba y ahora desprecio.

Allá voy.

Tres.

Dos.

Uno…    

No puedo decir si los monstruos salieron del armario, aparecieron de su cubil bajo la cama, o allanaron la casa como simples ladrones. No hubo trámite entre mi errónea decisión y el comienzo del asedio.

La habitación, o quizá sólo la cama, sufrieron terremoto. A partir de ahí, no hubo pausa o concesión.

Las sombras se alzan, cobran volumen y garras. Sonríen sin bocas pero con dientes. Los objetos cotidianos se deforman para devenir en aberraciones sin vida propia. Engendros reptantes se aproximan por techo y suelo. No hay lugar al que mire que no albergue peligro.

Osana, por efecto de la vibración cada vez más salvaje que tiene el somier, se despereza enfadada. Centrando su furia en mí, por considerarme culpable de saltarme la promesa compartida. Aquello por lo que tanto he no trabajado.

Hasta que observa a nuestro alrededor.

¡También los ve!

No son pesadillas. No estoy loco. Existen. Sucede de verdad.

Y es en esa asunción cuando comienza el ataque. 

Nos asaltan y defiendo como puedo, con mi anatomía como escudo para Osana. Arriba, abajo, izquierda y derecha, usando las sábanas como armadura. No resisto en demasía. Pese a la posición elevada, el estado horizontal no permite grandes alardes físicos en defensa y esquiva o contraataque. Pronto me reducen, aunque sigo siendo la muralla de Osana.

Soy vapuleado de las más diversas maneras; machacado y quebrado, invadido y poseído para conseguir un dolor bidireccional, desde fuera y dentro del organismo. Violado mentalmente, corrompido en las más oscuras e infectas ocurrencias informes.

Sometido.

Aguanto como puedo los penúltimos jirones de mí: cuerpo, voluntad y conciencia. Sé lo que viene, y acontece de la peor manera: sin poder despedirme.

No importa ni importan mientras sigan distraídos conmigo y me acompañen en el sendero final; siempre que ella esté a salvo.

Me azotan con látigos de sal, guiándome, para que decida morir.

No me rindo, pero sí escapo dejando mi cuerpo protector atrás, para seguir en su función de caballero.

La parca no se viste de bonito para mí.

Corro lleno de huesos rotos, afronto y cruzo el consabido y típicotópico túnel de luz, que me ahoga y asfixia. Que me purga y purifica. Que me descontamina.

Me toco intangible mientras avanzo, pienso rápido y acudo a los recuerdos, para ver si yo sigo siendo yo. Aunque tampoco podría recordar algo olvidado, forzoso o voluntario. Así es la memoria: las mentes que modifican los recuerdos desde la infancia construyen sus propias murallas y mundos de realidad individual. Las verdades son monodosis de un único uso.

No sé porqué me viene esto.

Pero reconozco el dantesco panorama que me espera, la postrera escena terminal del teatro de la vida para con este nombre y despojo de cuerpo.

Isaac está abandonado el edificio. Adiós.

Ante mí, la antesala al siguiente plano.

Recuas de infinitos númenes con aún más formas y tamaños claman mi nombre en mercadeo; subasta demente, peleados para que me una a sus paraísos. Ofreciéndome maravillas y terrores cuantas quiera. Eternidades inmortales subido a tronos o encabezando conquistas. Viajando por lo desconocido, inventando nuevas dimensiones o descansando en sueño perenne. Con ella o con todas ellas y ellos. Regidor u observador. Con la capacidad de elección y cambio vigente. Así me tientan y seducen con promesas y garantías. Describiendo sus obscenos mundos, sus castos o depravados habitantes, las criaturas que sólo allí podré ver y domeñar o cabalgar. Y el portal al más allá. Seré el primero.

Dibujando en mi pensamiento las más horribles escenas. Los encuentros indeseados y nefandos.

 Conoceré la cara oscura del cosmos, miraré detrás de la cámara…  

Lo veo todo, lo intuyo todo, lo avanzo todo.

Lamentable.

Niños caprichosos que quieren al nuevo juguete yo. Un juguete estropeado, torpe, inútil. Que no funciona. Que nunca sirvió para nada ni pudo hacer algo tan simple como proteger a su amada. Como quedarse dormido hasta tarde, sin el impulso opuesto. Permanecer en la cama.

No merezco atenciones. No las quiero de estas deidades, que podrían ser todas las que gobiernan.

Las y los rechazo.

Tras todo ellos y ellas y esos, la más abyecta aberración, descomunal y eclipse, ríe y revienta tímpanos y sentidos y mentes…

Y me lanzo a un vacío que no supone mi fracaso, creo, pero tampoco es un pozo de esperanza. Fisura y hendidura. Puerta sin llave.

Me lanzo sin miedos, ya los he masticado y tragado todos.

Me lanzo determinado para buscarla.

Y floto invertido.

Veo icebergs de nubes y constelaciones traspuestas como cicatrices en la tierra de los abajos mientras el curso es incógnita, y la dirección sorpresa. Sin brújula ni compás, metido en reloj de arena universal. Saludando a ballenas desfiguradas y grotescas sin cara que cruzan la mar del aire a nuestros pies, pues ya no me encuentro solo, estamos juntos. Osana…

Sobrevolando montañas que son columnas vertebrales y espinas dorsales de criaturas extintas y colosales, desproporcionadas, arrumacadas en su cementerio secreto.

Así de alto no vuelo y sí volamos y aspiramos, porque ya estamos de la mano, sonriendo y planeando, sin dejar de flotar hacia quién sabe dónde…

¿Hubiese sido preferible la certeza del despertador, ahora que renunciamos a la realidad? ¿Lo hubiera cambiado todo que mi estupidez me permitiere permanecer en la cama, a salvo entre mantas y abrazos?

Tal vez… Pero no lo creo…

 

EPÍLOGO

Despierto bienherido. En charcos de sangre, espero que sólo propia, siendo mi cuerpo un lienzo de cicatrices, sintiendo tirante cada tramo de mi piel. Miro alrededor aterrado, buscando a los enemigos, rasgando esa fábula donde volábamos. Adivinando la silueta de Osana entre telas bajo el ángulo de leveluz que me dice ya hemos pasado el mediodía. Averiguando si está bien, si respira, si vive. Bajando mi frenético ritmo cardiaco al comprobar que tiene pulso, que mueve la ropa de cama con su voluptuosidad.

La cubro con mi cariño. Se despereza sin molestia. Me mira a los ojos, lo único que permanece incólume de mi cuerpo. No hay extrañeza, no recuerda nada. No entenderá…

―Buenos días Isaac. ¿Has conseguido dormir bien?

  

 

Publicado la semana 51. 17/12/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
51
Ranking
0 207 3