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Román

Pan de Madrugada (Bilogía del Pan, volumen I)

PAN DE MADRUGADA

 

 

Todos los días de la semana, sin excepción, me levanto a las tres y dieciocho minutos de la mañana. No me hago el remolón ni me entretengo entre las sabanas; salgo de la cama y me pongo a funcionar.

Tras lavarme escrupulosamente manos y brazos, y disponer en la mesa habilitada para ello todos los ingredientes necesarios, empieza la tarea. Trabajo la mezcla de levadura en un cuenco artesanal, elaborado también de forma manual en su momento por un hombre muy diferente, que me sigue devolviendo la mirada cansada en el espejo. Le añado agua, contada. Pauso. Introduzco esa mezcla en el centro de la harina, previamente seleccionada y que varía en su origen, y dejo que los dedos se relajen, amasándola, evadiéndome. Es un trabajo de cariño y mesura, con dedicación y detalle, con mucho cuidado tierno. Las finas y blancas falanges van y vienen, las yemas acarician. Todo se une, se separa y se vuelve a unir, una y cien veces. Me cuesta encontrar el punto de sal, desconfío, no por mi gusto, por el suyo. Una pizca de miedo al fracaso. Pero me refuerzo. Me agrada la forma que toma, la que elijo; una pequeña decisión, una diferente cada mañana, que puede ser planificada o improvisada.

Hago una primera fermentación más breve de lo recomendado, pero tengo mi propio método, y no sobra tiempo, bien calculado. Sucede en la escudilla ya lavada, con una gota de aceite, tapado, oculto. Durante la espera coloco con esmero los siguientes elementos de la ecuación y me limpio de forma compulsiva.

En el segundo amasado ya introduzco casi todos los componentes, sobre una madera antigua, la tabla tallada y recorrida por surcos de uso, esculpiéndolos en esa forma ya avanzada mientras miro el reloj de pared, que suena inmisericorde, que se mueve de forma lenta pero constante, que nunca perdona y marca mi ritmo. Pinto mi lienzo en el pan, colores son olores. Busco la perfección. Disfruto con ello pese a la presión que a mí mismo me impongo, que me obsesiona. Que cada día resulte mejor que el anterior. Tiene y debe serlo.

La segunda fermentación me concede margen para mi propio y escaso desayuno, muy frugal. Hay veces que los sacrificios son necesarios. Cuando tienes mucho que dar y quieres muy poco o nada a cambio.

Un último toque antes de introducirlo en el horno. Una firma, algo que me identifique y me defina dentro del frustrante y voluntario anonimato. El calor crece en la cocina mientras me visto, de forma y con ropas monótonas. Nunca llamo la atención, nunca nadie se fija en mí.

Soy invisible.

Vuelvo a la cocción, veo como sube, como crece, como se alza imponente. Voy variando la temperatura, que depende de la forma, la cantidad, el tamaño, el grosor, los materiales e intenciones, mi infinita paciencia. Juego con todo ello. Abro la puerta y hiendo el pan a medio hacer con un cuchillo fino, para comprobar el estado; para añadir una letra que todo lo significa y que pasará desapercibida.

Toca hornear, darle ese color, ese deje tostado y dorado. Esos cráteres en los bordes, esos barrancos, ese efecto para que cruja en la boca; y no sólo recién hecho. Lo bueno tiene que durar y perdurar.

Lo sopeso poco después, lo considero terminado. Me gusta quemarme, un poco, lo justo, cuando lo saco a piel. El proceso de reposo sucederá de camino.

Lo guardo cuál tesoro en una bandeja cubierta y preparada, para que tenga su espacio y no pierda la temperatura sino de forma gradual. Como un repartidor llevando cocina de lujo, el valor y el sabor de los pormenores minuciosos. Han sido casi cuatro horas de proceso para estropearlo con descuidos. Cuatro horas medidas y robadas al tiempo. Cuatro horas, largas y cortas, para una única pieza de pan, una hogaza especial.

Salgo a la calle. Camino deprisa sin tocarme con nada o con nadie a través de una ciudad que despierta, que amanece en claros oscuros, que me mira extrañada en los ojos de las personas con quienes me cruzo. Gente con vidas reales pero sin destino, a diferencia de mí. Tanto y tan poco. Podría recorrer este camino con los ojos cerrados, seguir una ruta de huellas propias cientos de veces anteriores ya recorridas.

Llego al portal, utilizo la llave que no debería tener y entro. Conozco las pautas de todos los vecinos; no me ven, nunca nadie me ve, sólo me miran, y no siempre.

Subo las escaleras y me detengo en el segundo piso para cambiar el pan, hoy redondo, con valles, con picos, con nieve espolvoreada, y pasarlo a una adecuada bolsa de papel. Termino mi ascenso hasta llegar al noveno, la última planta.

Con silencio y pausa, a las siete y cuarenta y cinco de la mañana transformándose en día, utilizo un pequeño saco para dejarlo colgado del pomo. Jamás tocará el suelo su pan. Llamo a la puerta con los nudillos, en dos toques breves, mientras la escucho caminar. Lo espera, lo sabe, guarda el decoro. ¿Tendrá hambre?

Cuando entiendo que está a punto de abrir, desaparezco.

En el sendero de vuelta, diferente al que utilicé para llegar, me permito imaginarla desayunando, probando esa delicia aún caliente. Disfrutando en el paladar, estimulando el olfato con su aroma, repasando su tibio tacto. Preparando el día y puede que guardando algún pedazo para la noche. Sabiendo que alguien se preocupa por ella, que incluso puede que la quiera, que la cuide. ¿Cómo será ese sabor? ¿Su sabor?

Lloro a mi manera antes de llegar a casa. Antes lo evitaba avergonzado, más en público. Ahora dejo salir esas lágrimas, siempre nueve. Nadie me ve. Nunca, nadie, me ve.

Me acuesto, a deshora, cansado, sabiendo que no podré dormir. Hace años que no duermo, sólo imagino que lo hago.

Veo su cara más que la recuerdo, atravesando los ojos cerrados. Veo el dolor de la vida. Veo ese aporte de esperanza que intento darle día tras día, sin descansar uno sólo en el último trienio. La contemplo en ese momento feliz, desde lejos, desde arriba. Masticando, incluso sonriendo. Compartiendo ambos esa alegría en la distancia. Se puede soñar sin dormir; poco, pero se puede.

Sólo me gustaría que una vez ella estuviese esperando, que me anticipara. Quisiera saber quién soy, que lo sabe. Quisiese volver a verme. Con miradas cruzadas. Con ilusión. Para luchar juntos contra el mundo. Es todo a cuanto puedo aspirar.

Pero, de momento, seguiré haciendo pan. Por ella, por siempre y sólo para ella, sin llegar a probarlo nunca…

Publicado la semana 49. 04/12/2018
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