Semana
43
Román

Fantasmas vs Locura

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FANTASMAS vs LOCURA

 

No vagaba errante, no. Para nada. Me documenté y elegí ese emplazamiento, esa casa, por su leyenda; la maldición. El número de cadáveres acumulados, los crímenes que se le atribuían a esas paredes. Para confirmar mi acierto, me recibe el susurro del viento enroscándose en la niebla para convertir la visión en todavía más siniestra.

Rompo las medidas de seguridad, las prohibiciones y cancelas. Me cuelo tan directo como perturbado. Reconstruyendo en mi mente cada historia leía sobre las muertes, concediendo cara a cada víctima, sobre todo los niños. Dándoles vida para devolverles a la fosa, reviviendo el terror de su asesinato. La imaginación nunca descansa, no la mía.

Entro en la mansión victoriana de varias plantas forzando la cerradura. Como siempre, los focos del susto están concentrados en el más arriba y en el más abajo; todas las películas y novelas lo afirman, los programas de cazafantasmas que tanto han acudido y propagado la fama del lugar: ático y sótano. Tengo claro a qué he venido, no necesito el recorrido turístico. Cuanto antes termine, mejor. Así que me dirijo a las escaleras para ascender.

Estoy cansado.

No sé qué esperaba exactamente de la bienvenida, pero en cuanto se clausura sola la puerta tras de mí, cambia la iluminación. Parece que el exterior, la tenue luna, no tiene influencia aquí; las ventanas expulsan y no aceptan. Funcionan con un juego de reflejos y sombras, apenas siluetas perfiladas por un lápiz extremadamente fino. Se adapta la visión a esa refracción tramposa, que da y arrebata. Que promueve la inquietud. Me importa una mierda. Subo y tomo cada curva de la elaborada escalinata sin centrar mi atención en los vestigios de movimiento que asoman en los ángulos de la mirada. En esos cambios de temperatura focalizados y leves, que parecen atravesarme como puñales de hielo o brasa. 

Vais a necesitar algo mejor.

Y os lo exijo y demando. Porque vengo aquí para que acaben con mi existencia. Quiero que todos esos fantasmas, espíritus, brujas o demonios me invadan y arrasen con la poca cordura que me resta. Que aneguen la razón, que extraigan cada pensamiento de mí y sólo queden ellos, que me rebañen hasta dejar una carcasa vacía, hueca, extinguido el pensamiento, apagada la mente. Que me arrojen por ventanas, o me ahoguen en la bañera, o me entierren tras los tabiques. Que me ataquen y penetren con sus armas o apéndices, garras y perversas intenciones. Hasta que no quede nada de mí.

De esa manera, no podré soñar.

Así trepo escalón tras escalón, con este funesto propósito y la contradictoria verdad: no creo en todas estas patrañas. Dudo mucho en lo paranormal, preternatural o alienígena. No doy mi fe a algo que no pueda ver ni sentir. Pero sí le regalo la esperanza, por acceder a la posibilidad de mi caída. De mi extinción. No quiero volver a dormir, tras cada cerrar de ojos me aguardan los verdaderos monstruos.

Noto como el aliento de la casa invade intrusa estos mis desvaríos y los recorre con deleite, saboreando. Como estudia mi índole cerebral, todas mis dudas y razonamientos, buscando los botones desencadenantes del miedo, mis mayores temores. No sabe cuán lejos y cerca se encuentran.

Me rodean vaporosas formaciones humanoides a modo de escolta, de rostros todavía por formar, con bocas rumiando cerradas que se notan ansiosas, hambrientas tras esa traslucida piel.

Una vez más, me disocio, soy muchos yo´s sin pretenderlo. La más antigua forma de evasión no sólo me permite compartimentar, sino acceder a otras personalidades más receptivas al entorno y atmósfera que me rodea. Llego así a la última planta, multiplicado y dividido. Percibiendo los ojos vueltos del revés con que me miran los personajes de los cuadros y retratos. Notando con esos sentidos difuminados como soy tocado, explorado, como se acumulan entidades a mi alrededor, ansiosas por este nuevo plato de gourmet que soy, de reparto a domicilio. Noto y entiendo las diferentes edades leyendo la guarida como los nudos y círculos de un árbol; los sacrificios a lo largo de siglos que han sido retenidos aquí, acumulando su odio y venganza, primero a sus ejecutores, luego a la misma morada; ahora, a todo y cualquier visitante. Necesitan desahogo y sangre, y la casa quiere su pago por alquiler breve.

Aun así, no soy capaz de entrar en pánico. Llego al desván y me fijo con detalle en el mobiliario y su contenido, la gran mayoría serán la pieza clave que alberga el contenido compendio etéreo y protoplasmático de cada una de esas presencias acechantes, que no terminan de dar un paso adelante. Que podrían haberme arrojado desde la altura de la planta última, empotrarme contra los muros, atar soga en mi cuello y dejarme volar. Pero no. Quizá deba poner de mi parte.

Espejos, muñecas, cajas de música, sombreros, trajes, juguetes, un vestido de novia, una ouija... Cada elemento cuenta su historia. Cada una esconde un secreto deleznable, un criminal o una persona atormentada, que se han quedado desfasadas, fuera de sus eras.

Me siento en el centro y la tiniebla se convierte en mis fronteras. Me sugestiono para verlo y escucharlo todo, para dotarme de una sensibilidad extra que les proporcione un más fácil acceso. Pero no puedo hacerlo todo por ellos.

Siento como susurran y gritan sin turnos intentando manipulación y alteración, como entran al asalto pero son rechazados por las murallas de antigua construcción que se forjaron a mi alrededor desde pequeño; una barrera natural e invisible. Luchan contra ella y se frustran, y me castigan. Duelen esos primeros ataques físicos, golpes con objetos voladores, algún filo que se clava, latigazos desprendidos por cuerdas y cables sueltos. El despliegue es variado y meritorio, contundente, digno de la avaricia y ambición de los mejores guionistas y escritores de género. Pero no logran violentarme hasta donde deben. La mente. Y bufan y rugen y truenan.

Su frustración por el fracaso es también la mía.  

Mi cuerpo no es mi templo, solo un recipiente.

Me levanto y me siguen y me persiguen en pacto y competición por corromperme. Desciendo buscando mejores efectos especiales. Terrores más grandes, poderosos y primigenios. Y esos siempre están en contacto con la tierra. Sepultados que no inertes.

Mi comitiva se despliega por aire y piso, reptando y flotando sin dejar de reforzar sus esfuerzos. Insectos anormales intentan sorprenderme, apariciones que deforman su anatomía facial y corporal hasta convertirse en criaturas inimaginables, grotescas, infames e insidiosas. Niños puros y sonrientes ofreciendo su mano para que los acompañe al circo, con los payasos apostados bajo la carpa. Incluso la clásica sábana encadenada o el slasher típicotópico.

Caen lámparas.

Se abren grietas y abismos.

Crecen tentáculos con tentaciones.

Caras y caras se abalanzan…

Durante unos de esas acometidas por sobresalto casi consiguen atribularme, que estalle, que me asuste. Pero sólo casi. Queda en loable tentativa. Y eso enfada más a todo y cada ser que allí habita, sean dioses expulsados de los cielos, primigenios visitantes fuera de comprensión, víctimas de tortura junto con sus ejecutores, o simples compendios de pura maldad que se fusionan y hacen más grande y toman cuerpo de mansión, cobrando chispa y aliento vital.

Pero no pueden conmigo. Pese a las facilidades que presento. Ni un pequeño empellón en esa bajada, sus manos tangibles parecen perder solidez cuando están a punto de arrojarme al vacío, sus colmillos y zarpas se difuminan próximas a mi contacto. Las posesiones intrusivas se estrellan rebotando lejos y dañadas.  

Todavía vivo. Continúan y sigo fracasando.

Llego a la planta baja y busco el acceso a los cimientos de la residencia, que pierde fuerza por momentos, que tiembla trémula de rabia e indignación. Se mueve ahora a base de mis traumas y pérdidas, amores lejanos que me cuentan y cantan cómo volver a estar juntos, apelando al cariño, a la soledad. Con simple solución: el peor de los finales. Son espejismos en el desierto. Y la felicidad no existe.  

Encuentro la trampilla que esconde el corazón y núcleo de la mansión condenada. Y bajo sin cuidados, quizá un accidente podría lograr lo que las bestias y los venidos del más allá no consiguen. Estoy agotando la paciencia.

Inútiles. ¿cómo creer en ellos? Debo tomar el control. Guiarlos contra mí.

Ya camino y me muevo con naturalidad entre bruma densa. Siento el latir palpitante de la morada, la raíz de toda su cruel maldad, donde se arremolinan eras de abominaciones.

Son esas mismas paredes y suelos quienes recitan la historia, cómos y cuándos. Entiendo y no me importa. Tomo sitio con postura de loto. No pienso salir de aquí sin mi ambulancia y mi etiqueta en el pie.

Quiero abrirme en canal, mostrárselo todo. Me relajo mientras ellosesos aguardan conteniendo alientos pútridos, oxidados y olvidados. Con la emoción de la caza recuperada, con un desafío que soy yo por derribar.

Esto va a convertirse en una risa.

Alcanzo estado de meditación y ahora soy vulnerable. Se abalanzan en turbamulta, con ansia por destrozar, dejarme en despojos y jirones; por llevarse una parte de mí, un trofeo de tan especial ser. Por albergarme y conservarme como premio y esclavo. Cada cual con sus propias intenciones nefandas. Noto como presencias ignotas me recorren, vena a sinapsis, como invaden cada recoveco a todos los planos y niveles. Como me colapso y mi cuerpo deja de funcionar: pulmones, corazón, funciones motoras.

Soy un muñeco. Pero uno terrible.

Están horadando, socavando con detalle y mimo de filo cada parte y fragmento que me compone. Arañan y pervierten la mi psique. Pero no tengo miedo, y tampoco me duele. Deberían ambas cosas. Pero las he experimentado en su versión más extrema, y esto, esta exhibición, no es nada.

Es entonces y sólo entonces, de manera subconsciente, que consigo dormirme. Tan cerca del final, sintiendo como el hálito que me compone quiere fugarse y lo atan con recias y espinosas cuerdas.

El sufrimiento pretende ser máximo. Yo caigo como un bebe en los brazos de Morfeo. No puedo evitarlo. Solo que no es Morfeo. Es mi mundo. Mis dominios.

Cuando entro al onírico, me llevo y arrastro a todos estos invasores conmigo. Estamos dentro. No estamos solos. Algo atávico e inmortal con mil nombres maneja parte de mis hilos. Siempre está conmigo.

Intento evitarlo, pero soy diáfano. Me dejo llevar y pierdo el control. Les concedo libertad para defenderse, para defenderme, para hacer daño.

Mis monstruos…

Saltan sobre cada uno de los seres diversos, más pretéritos o modernos, eternos o demoniacos. Susto contra susto. Terror enfrentado a terror. Mis niños y niñas ganan.

El hombre retorcido produce el efecto que sólo él sabe, llevándose a todos dentro de su cuerpo insoportable de movimientos espasmódicos y fugaces. El extraño, su némesis, lo imita siendo su capa el destino infinito y terrible, nunca mostrando sus fauces. La mujer expandida lo anega todo con sus proporciones, los absorbe. Pandora aspira los zarcillos que suponen y los hace suyos, parte simbiótica dominante. Y esos son solamente la vanguardia. Los verdaderos engendros y leviatanes salen de sus guaridas para tomar por la fuerza los restos, a los que todavía pueden defenderse, intentando huir de mí, de mi mente, de mi interior.

La batalla es breve. El resultado, cruento. Comidos vividos y muertos vivos. Su esencia, su todo.

Despierto agotado, en tensión, con los músculos agarrotados. Me incorporo en la oscuridad y ya no siento esa atmósfera contaminada, latente y latiente. Esa amenaza constante. Intento recordar, pero no puedo. La memoria guarda sus secretos bajo llave, para cuando toquen.

He fallado. De nuevo.

Entré preparado. A la casa encantada y maldita. Quería que los espíritus acabasen conmigo, destrozasen mi cordura y aplastasen y ahogasen la locura. Me sugestioné y me quedé esperando, creyente, para recibirlos a todos ellos, entregado. Me violentaron con alegría y confianza, llenos de pasión. Entraron como una marabunta. Les esperaba una sorpresa… Mis monstruos son más fuertes, mis pesadillas recurrentes y evolutivas, inimaginables. Capturaron uno por uno, los despellejaron, los encerraron en sí mismos y bucle, los masticaron y escupieron. Los supervivientes, siguen y seguirán escondidos… no atreverán en regreso, son inofensivos.

Salgo de la mansión implosionada que ahora podría ser una guardería; el lugar más seguro del planeta. Pienso en mi siguiente movimiento, pero creo que debo darme por satisfecho. Ha sido un buen intento. Debo volver al hogar y meditar sobre lo sucedido, reconstruir los hechos para seguir en este viaje de autoconocimiento.

Algún día, acabaré con mi ausencia de cordura, pondré fin a tanta sinrazón.

Por ahora, no he sido capaz. Ni convocando a los peores terrores conocidos y desconocidos. La búsqueda no termina.

Dicen que hay una cueva maya que desciende al inframundo, de donde nadie ha retornado… Será por probar.

 Lo peor, disfruto mi locura cuando puedo darle y darme pábulo. Celebro y me emociono con esas pesadillas, todas por mí inventadas. Perfilo cada criatura hasta que se sostiene por su cuenta. Siento en ellas lo que no puede darme la vida consciente. Y necesitan alimento para medrar…

Sé que estoy roto, pero ¿quieres venir a jugar y soñar conmigo? ¿Quieres y puedes darme muerte?

Publicado la semana 43. 25/10/2018
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Siempre hay algo más terrible... Dentro. , En la mejor y peor noche.
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