Semana
28
Román

Piloto por un Día

Género
Relato
Ranking
1 120 8

PILOTO POR UN DÍA (EL INICIO POR LA MITAD DE LAS AVENTURAS DEL INCONSCIENTE)

 

¿Es malo desear, en cada despegue de mis múltiples viajes, que acontezca calamidad aérea menor para poder mostrar y demostrar mi habilidad como piloto?

Quizá un rotor, un ala, la indisposición del comandante (alguien me tiene que explicar porque el mando en aire es “comandante” y en la mar es “Capitán”, como si no estuviesen al mismo nivel…) y tripulación, una situación terrorista de agresiones y agravantes, un minúsculo amerizaje… Tanto pedir no es.

En esas flota siempre mi pensamiento mientras me pliego y siento, que no acomodo, comprimido en el reducido espacio personal (he tenido sexo más distante).

En aquellas espero la súbita y efervescente elevación en pista para otro trayecto aburrido y reiterativo sin más alteración que algún roce indeseado o el exceso de perfume desde el diván contiguo.

Los tímpanos, ya habituados, no hacen burbujas. Ignoro las instrucciones y leo impávido mientras ascendemos en ángulo hasta estabilizarnos.

Fácil fácil.

Aburrido.

Incluso las turbulencias son masajes producidos por olas invisibles.

Pero… Sí. El día era, es, hoy. ¿Por qué sino de estas líneas?

Jiji.

Salta desde el techo la mascarilla, una de avanzadilla y todas detrás en cascada de susto, invadiendo más el imposible espacio físico.

Cambia la trayectoria del avión desde horizontal a inclinado para terminar en picado vertical. Y empieza la fiesta del grito.

Caemos sin mando ni control, con tanta velocidad que la carne quiere abandonar el cuerpo reverberando y despegándose hacia detrás. Entre aullidos, miedos, rezos, despedidas y onanismos. Eso antes que los cinturones fallen y empiece el efecto pinball por el interior del compartimento. Me agarro fuerte a la raíz del sillón mientras mi compañera involuntaria decide vivir en el techo, mientras las más ligeras y ligeros rebotan a su antojo contra inertes o personas. Mientras los golpes tienen el efecto de un aspersor carmesí. Y el frenesí no se detiene.

Las pocas muestras de ayuda profesional o voluntaria no tienen más efecto que contener la sangría. Todos inútiles. Excepto yo.

Me abro camino a como dé lugar, luchando contra la gravedad entre histéricos y resignados, casi nadando en vez de caminar con apoyos intuitivos y recios. Ignoro a las auxiliares que ya tienen bastante con su labor de escucha y confesión en demandas de socorro.

Atravieso el normalmente clausurado acceso a la cabina de proa (también quise y quiero ser pirata).

Veo un capitán caído y volcado sufriendo la presión del descenso sobre el cristal, pugnando por aguantar más su piel que el vidrio. El otro, empujando palanca de modo obstinado con la mueca facial fuera de sí y confianza cero.

Me necesitan.

―Tranquilos.

Aparto al inconsciente de mi nueva zona de influencia y lo alejo del peligro de la luna frontal. Sonrío al otro mientras ocupo lugar a su lado, aún luchando contra la posición y los saltos y roces contra las nubes, atando fuerte el cinturón. E intento familiarizarme con los controles que no conozco.

Porque no sé pilotar.

¡Por supuesto que No soy piloto! Jajajajajajaja. Apenas una clase con un Cessna y algunas horas de simulador casero con catastróficas desdichas.

Pero es una ilusión cumplida. Qué mejor.  

Vibro tanto por efecto del declive en decadencia abatida externa como por la emoción de la consecución que ya imagina el reconocimiento, tal que diapasón entre las piernas que me erecta. Mientras toco botones en acierto y error (soy un tipo con peculiares suertes y desesperantes habilidades intuitivas), y tiro de la misma palanca para hacer fuerza conjunta. Manejo los flats sólopor ver que puedo, hasta que las alas se desprenden del cuerpo central (sin que haya culpa por mi parte, es centrifuga la causa). Seguimos acelerando y la superficie de la mar sube rauda a nuestro encuentro, ahora que somos pájaro sin extremidades, casi un torpedo.

No lo vamos a conseguir.

No estoy pilotando nada. No tengo esa sensación y consecuencias.

Trabajo improbables esfuerzos e intentos en poses para la galería de futuro publico y prensa, mientras el verdadero héroe continúa en el empeño. Quiere elevarse, queremos. La gravedad y la física, no tanto.

Quedan y nos restan cientos de metros que son suspiros de segundos.

Ayudo lo que puedo intentando no molestar y solicitando instrucciones, ya sin mi habitual gesto de prepotencia y seguridad. Imagino las reacciones de mi gente (vaya pedazo de muerte) y comprendo que así debía y debe ser.

¡Estarán orgullosos cuando encuentren mi cadáver aferrado al timón!

Vamos a violentar las aguas por las malas peores. Modificamos el ángulo todo lo posible con esfuerzo ímprobo combinado para reducir velocidad mejorando el primer apoyo sin ser entrada para hundimiento. La clave esta en no penetrar sin macula y seguir descenso en otro estado de la materia, y tampoco dar mucha masa para que el golpe pueda destruir y explosionar el aparato. Complejo, requiere estudios.

No nos rendimos.

Tocamos marea en brutal impacto, casi planos. Y aprovechamos para seguir acomodando la postura y frenar el impulso, recuperando la línea del horizonte mientras nos detenemos con ayuda de las barricadas naturales del oleaje.

Suerte (mía) y habilidad presta (de ambos).

Aplaude nadie.

Con todo, ya depositado en su nueva cuna, el avión cruje y comienza a fracturarse por las costuras, reventadas con el esfuerzo y presión. Se parte en varias fases siendo lastre o salvavidas, dejando piezas de colectivos pequeñas, ya con bastantes bajas en el revoltijo humano de la caída.

Unos se hunden, otros perseveran. Ley de muerte y vida.

Ya en inmovilidad, con lo que resta, se despliegan balsas y escaleras neumáticas, todo cuento tenga flotabilidad. Se intenta el rescate de aquellos que no pueden por su cuenta entre los pocos que tenemos reservas de energía, salud, ánimo y voluntad (el valor no pinta nada aquí).

Vamos contra reloj, porque el metal añora al fondo y viceversa.

Nos colocamos en esas nimias colchonetas inflables para decir dios al Airbus, sólo faltan las velas y un cántico triste de marineros ante el navío que naufraga.

Estamos en medio del salvaje, inhóspito e ignoto océano bajo una luna roja. Repartiendo víveres, consolando unos a otros por las perdidas y las inminencias. Mirando al cielo y especulando y esperando rescates de gran escala.

No yo (aunque también colaboro).

Creo divisar un atolón despistado de puntos cardinales y mapas. A lo lejos, entre la bruma, quizá espejismo acuoso. Me aferro a algo que me sostenga y uso lo que puedo como remo sin perjudicar la supervivencia ajena, sin decir hasta luego.

Me conminan al regreso. Ni hablar. Esa isla promete, su niebla y las formas imposibles que ya le intuyo. Sus sonidos vivos. La imaginación se desata, y seguro quedará empequeñecida en comparación con lo que allí aguarda.

En este accidente ha empezado mi nueva vida, y no quiero saber nada de la antigua.

No volveré a aburrirme. Se acabó la existencia rutinaria.

La aventura llama. Yo voy.

Siempre voy.

 

Publicado la semana 28. 09/07/2018
Etiquetas
Trepidante , Descerebradas
Compartir Facebook Twitter