Semana
27
Román

Aguijones con Intención

Género
Relato
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Asumí que, con mi llegada al húmedo calor del sur, las picaduras de mosquito serían norma habitual. No erraba. Acudieron a mí en enjambre; bichos, aguijones y erupciones, día y noche, sin repelente o aspaviento que los disuadiera. Aplastarlos ya hinchados de mí era la única solución.

Rojeces, ronchas, quemazón y tratamientos médicos o caseros fueron ya pauta hasta que quisieron seducirse por otro visitante más reciente, fresco y quizá dulce.

Pero hay un picor que no se va. Que es espina en la piel y púa en la carne, que no puedo encontrar ni arrancar. Me rasco con apéndices corporales y herramientas artificiales. Hurgo. Curo y masajeo. Y nada. Duele y arde el pecho invadido, el bulto latente.

Me sorprendo despertando por las noches con las uñas desgarrando la zona periférica para calmar un malestar punzante consciente e inconsciente. El músculo se infecta en perniciosas estrías expansivas alrededor de la zona cero. Las venas laten por fuera intentando escapar. El agujero crece, se dilata y se contrae. Y notaba cómo algo se movía dentro…

Pero sólo bailaba para mí. Ante cualquier consulta profesional o exposición pública para demostrar mi pernicioso mal, el área devastada aparecía impoluta de salud. Y, en soledad, medraba por fuera, excavando intruso en cavidades interiores.

No podía más.

Me enclaustré para tomar medidas finales, definitivas. Con artes e instrumentos quirúrgicos. Fue, fueron, más rápidos y listos. Me vieron venir. Me leían entre líneas.

Al acercar el filo sin duda de pulso, brotó enorme, correoso voraginoso, fluyendo resbaladizo de mis vísceras. Un mosquito articulado, de ángulos y curvas tan perfectas que resultan contradictorias e imposibles, fragmentando y cuasi extraterrestre. Abultado y deforme su abdomen de carmesí. Lamiendo mi gusto de sus partes.

Desplazó sus segmentos tanteando con sus pataspalos afiladas y desplegó alas de cartílago para ver su obra en perspectiva de altura. Ya había abierto camino.

Sus retoños emergieron ominosos igual que un ejército amenazado salta del hormiguero a la guerra. Eléctricos, espasmódicos y hambrientos, aunque ya se habían saciado de mis entrañas. Larvas vomitadas en canal desde mi osamenta descarnada que se abre en flor.

Incontables.

Legamosos.

Imparables.

Su zumbido llenó la habitación y mi cabeza colapsando el mismo aire por sus vibraciones y cantidades. Pronto terminaron de germinar por cada orificio corporal; desfigurando el ano en violación inversa, rompiendo tímpanos, lacerando el pene por erosión introspectiva. Y ahogándome desde pulmones a nariz y boca en instancia final. Mi garganta era un nido hervidero atascado; lo ocupaban todo.

Pero no muero. Me conservan con sus regurgitaciones como panal, colmena ignota.

Lo único que puedo y me permiten es pensar y dolerme en espera impaciente. Mientras los veo madurar, propagarse en virus colonizador. Con parte de mi culpa y genética. Picando y sembrando simiente. Puedo oler a mis congéneres subyugarse y pudrirse en misma labor que uno. 

Así pasan días que son eones mientras ellos llenan y oscurecen los cielos. Cada vez yo más hueco. Cada vez más apagado. Deseando conclusión…

¡INOCENTE!

No es el final. Ni mío ni humano. ¡Estoy mutando a un nuevo ser! Estructura, esqueleto, sentidos, anatomía, organismo, mente comunitaria… Mi columna vertebral retuerce y se transmuta para devenir en mariposa rompiendo por el lado equivocado. Mis antenas turgentes husmean, mi trompa se relame, mis membranas oscilan, mis pólipos detectan.

Floto suspendido. Elevándome. Adaptándome al frío. Como tantas y tantos otros. Esperando orden.

Vamos al norte…

Publicado la semana 27. 05/07/2018
Etiquetas
Zumbido , Plagas , Con calor y bichos
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