Semana
21
Román

Moñecos

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Relato
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MOÑECOS

 

Su gran último trabajo. El hombre que había recorrido, aprendido y ejercido todas las profesiones, arcaicas y modernas, naturales o ingenierías, se jubila.

En silencioso éxodo. Desaparecer entre la bruma del horizonte, no sin antes regalar su perpetrado legado.

En su taller de ermitaño metamórfico envidiado por Noel papá. Alejado de juicios y sociedades. Afanado en su tarea, concentración refinada, sentidos alerta, mente preclara, herramientas todas dispuestas. En magistral y única combinación estas últimas, herencia de habilidades, experiencia y sabiduría.

En la mesa se disponen artilugios de orfebre, escultor, cirujano, ebanista, tallador, lapidario, anatomista, calador…

Inventor es la suma de los factores. Un nombre que le sienta como traje pequeño.

Así, de serrucho y cincel, hilos y agujas, felpa, escalpelo y bisturí, gubias y formones, lima y lija finas, mazo y pincel. Stubal imprescindible. Órganos bien elegidos. Hornos encendidos. Incluso una moderna extrusionadora se ha colado.

Ni un martillazo o corte se escucha desde fuera del estudio. La naturaleza es ignorante a su obra y esfuerzo. Pasión-obsesión.

Mientras él, mudo, sufre de perfección. Aguanta carros de carretas llenas. Cada más limitado por cansancios y ausencias. Alimentado poco. Y debe llegar a las nueve piezas. No permitirá menos ni peor. Aunque termine con su postrero aliento y gota final de sangre fría.

Pasa el tiempo que no existe mientras luna y sol se intercambian y el humo se mantiene en la chimenea vomitando formas abstractas; abyectas.

Sólo tiene el genio una oportunidad. Lo sabrá con el rayo.

Extrae las representaciones artesanales del fogón. Ajusta en retoque y detalle, siempre insatisfecho. Pule y afina. Incorpora las partes más blandas y delicadas. Comprueba las articulaciones y el correcto diseño; la estructura.

Para resistir y no quebrar. Perdurar eternos.

Separa ahora la esencia definitiva en gotas con unas pinzas etéreas manipuladas con delicadeza utilizando su boca. No le queda mucho más. Está nervioso e impaciente, pecado letal, él, que siempre vivió y presumió y promulgó la espera calma.

Cuenta atrás.

Conecta los cables a cada parte de la composición, casi partitura. Aspira infuloso a orgasmo.

Desata la corriente eléctrica en el cosmos adecuado para ello.

La luz ciega a las nueve figuras humanoides, más reducidas que diminutas. Tiemblan primero, se estremecen después, vibran cuando laten y abren los ojos.

Se mueven en caterva mínima hacia el maestro, susurrando, murmurando:

—Padre

                                                                              Dios

                                  Creador

                                                                                             Hermano.

 

Lo rodean con veneración mientas él llora orgullo. No puede estar más dichoso.

“Son maravillosos en su desigual imperfección. Exudan vida y mente.”

Así piensa.

Las criaturas de variadas proporciones pronto se aburren de reverencia y viejo inerte. Dejan al hombre cauterizadas y contenidas sus amputaciones, sus antiguos hogares, agujeros cerrados y quemados. Troco y cabeza y no más. Agonizando con intención sabienda. Terminada su misión.

Observa como sus muslos con los huesos deformados a conciencia son los gigantes del grupúsculo.

Van dos.

Las antepiernas de duros gemelos los escoltan.

Ya cuatro.

Los brazos a medias , aún con armaduras de hombro cada uno el suyo, abren el paso serios. Con rostros taciturnos.

Seis forman.

Los antebrazos, más ligeros y ágiles, más dotados de apéndices varios que los anteriores, son arañas vigías, atentos y curiosas.

Ocho alcanzan.

Siempre en parejas de dos, perfectamente equipados, funcionales con sentidos y arquitectura vital. De ojos y bocas y percepciones. Sienten y son.

Mezcolanzas de roca y madera, compuestos diversos apenas conocidos, junto con las extremidades del sabio. Renunciadas para convertirse en algo más. mucho. Preservar.

Como líder, el órgano magro, con sus mejoras; inteligente, lascivo, mortal. El noveno, el primero.

Salen a explorar el mundo sin despedirse. Las nueve criaturas inseparables sin serlo que antes formaban una a la que abandonan. Ese portador e inventor que exhala sinsaber. La inmortalidad le llama.

Ellos, nada bellos, emulan la realidad, conviértenla. Retuercen el planeta.

Pronto viajarán por su cuenta, vagarán dementes por la tierra, para reunirse en el fin del horizonte, para terminar y empezar la existencia de nuevo.

Lo terrible ha nacido.

¡Corred!

Publicado la semana 21. 25/05/2018
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Nocivas , Sugestionado en futuros
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