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Román

La Sonrisa de la Ballena

LA SONRISA DE LA BALLENA

 

El despertador sonó anómalo. Vibrante e impetuoso. Molesto. A un toque fugaz, raudo cambió su desesperante chirrido de cigarra por verdadera música con volumen, tono y suave timbre. Una frecuencia que acaricia y arrulla. Pero estaba ya por terminar el abrazo de sábanas y melodías. Tiene implicación por el despertar y lo hace:

¡Arriba!

Se arranca y se ducha entre vaho, tan breve como específico para el no final feliz. Se viste sin acicalar. Se mira tanto en cuadro como en espejo; ambos le devuelven la misma mirada y similar reflejo. Todo está bien.

Así sale de casa para no volver.

Camina pensativo, meditabundo, etéreo y ecléctico. Vagando desde lo psicodélico a lo formal en cerebro compartimentado. Cada parte a lo suyo; el personaje casi hueco casi pleno, en avance automático a su destino.

Bucea en la memoria llegado al bosque de metal y ladrillo, a la mar de asfalto, intentando localizar ese recuerdo exacto del lugar que le habían descrito, esperando que coincidan su imaginación y la realidad, cosa de difícil concepción y consecución.

Sería por aproximamiento.

Allí parecía hallarse. Un monumento ciclópeo y piramidal para conmemorar tanto a la historia como al progreso. Más grande, más allá, más insignificantes el resto. Sus puertas en giro inverso ya están provocando el convencionalismo y desafiando al sentido común. Valiente para rasgar este velo y frontera nuestro protagonista se considera, aunque sea mucho menos listo que eso.

Dentro va.

Se disocia y se disloca una vez traspasado el portal, en la guarida de la bestia. En guardia a su vez, con las manos empuñadas justo a tiempo para repeler la primera embestida. Una presencia invisible que se mueve en indescifrable zigzag para golpear inmisericorde. Responde con su propia violencia renunciando a la esquiva. Detiene y destruye el objeto de demolición para pronto rehacerse y contemplar sus novedosos dominios sin perder estado de alerta.

No le gusta cuanto ve.

Es un laberinto en madeja de lana, la penúltima aguja en el pajar y panal del cosmos. Mira asombrado y enfadado, con sensación de estafa. Desde lo cercano, varias entidades primordiales que ejecutan tareas básicas ajenas al resto de su entorno, al horizonte inabarcable, donde los cometas surcan ese cielo artificial y los soles explotan para reiniciarse en tictac y bigbang como pequeños universos. Sin perder ocasión de publicidad.

Gran timo sin mácula.

Sigue adelante ajeno a los efectos especiales, poco impresionable pese a su empatía mayúscula. Tras el camino de baldosas amarillas en zozobra. No tarda en alcanzar el transporte entre pisos: un barco aposentado en suave orilla. Embarca sin dilación sujetando su sombrero pirata, nunca navega sin él. Desde ahí, al abordaje de la siguiente planta.

Entre olas y tempestad.

No hubo vértigos ni mareos entre la marejada revuelta. Desciende la rampa para afrontar cualquier rareza que le propongan. Sabe cuánto le espera, pero no cómo le dolerá. Allí está y allí la encuentra. Ella, bella, siempre ella, solo ella, nunca ella. Su rostro no presagia buena fortuna, la amabilidad está exangüe y extinta en su sonrisa sarcástica. Y ella, la única, la Ella, bien y malhallada, dispara con balas y sables: “absurdo, inmemorial, estúpido, asíntota, muñeco, disonante, títere, asonante, burdo…”

Sólo puede quedar ninguno.

La marabunta de insultos en avalancha le supera por mucha más altura que la esperada. Le ahoga y anega, le sepulta y entierra. Duele todo tanto duele. Horada la mente alcanzando la simiente, la raíz y el núcleo. Pone sus picas y banderas en la misma con un detonador de mecha corta. Y escapa para no ver la explosión ni sufrir la implosión.

¡Bum!

Deserta y se evade sin huir, pues su peor parte sigue ardiendo firme en su puesto, en su muro; carcasa en llama viva. Se convierte en suspiros y niebla para volar lejos, primero del dantesco y poco armónico edificio, y luego de la civilización cultural de la época. Elevado insustancial. Triste sin hogar. Vagamundo en nausea. Perdido sin reencontrar.

¿Y ahora?

Su cuerpo físico entra con muerte en el hospital, sin que haya lutos ni reverencias. Menos mucho plegarias u oraciones. Sería innecesario. Las únicas lágrimas son brindadas y blindadas por la lluvia en cadencia lenta, como un baile en lo profundo de la noche. Más lejos, superado el abismo de la luna y traspasado el cancel espacial, vaga y divaga eterno mientras murmura y rumia: “¿Qué habré hecho mal?” No tiene respuestas ni busca soluciones, tendrán que venir ellas, acudir sin llamada, mostrar iniciativa improvisada.

¿La melancolía es igual a la nostalgia?

Decide volver a lo simple. Renunciar y enunciar que no rendirse. Declamar para soltar lastre y vaciarse del vacío, un desahogo en hálito y remiendo de alma que flota para alejarse. Ya no están ni estarán. Juntos. Se siente limpio ahora, primigenio, generoso y colectivo desde el Yo. Se ha desvestido de normalidad y humanidad, de otredad, de la costumbre en pasados y futuros. Concentrado en el presente, esa teoría que también es paradoja, cada vez menos vívida y más menospreciada. Se recuesta en la nada, acomodado en limbo. En total calma.

Quizá una siesta…

Cierra los ojos y llega a su boca la sonrisa de la ballena, nunca más pura y sincera. Contento en levedad, satisfecho como antes nunca. Fuera del tiempo que no existe y terminada la pelea con el espacio infinito e insistente. Controla la respiración sin opositar al dominio o domeño de nada o nadie más. Baja las pulsaciones y palpitaciones, convoca a los sueños que traerán de la mano las sus valiosas pesadillas episódicas. Ya lo tiene todo. Puede que falte un trago.

Se duerme. No sin antes poner en deshora el despertador, para cuando toque, para el mundo que toque…

Publicado la semana 20. 17/05/2018
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Demencia onírica , Manicomio de mente abierta
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