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Román

Los Confines

LOS CONFINES

 

No debí entrar en mi mente.

No en ese estado.

No ayer ni mañana.

El ahora no existe. No quiere. Ha desaparecido. Tiene miedo.

Transito en exilio por mi pensamiento, que lo es todo sin ser universo y la nada.

Comprendo mientras me adentro en su intrínseco. Las líneas de no ley, arquitectura no euclidiana.

Soy porque quiero ser, e imagino mis alrededores, contexto, atmósfera.

Existe porque creo que existe y quiero existir con ello(s).

Miro a la gente. Hablo en paripé, interpreto. Son muñec@s.

Existen porque yo creo que existen y quiero o necesito, más el necesitar que el querer, su compañía y oído. Antes adoración.

Miro al cielo y las nubes detienen pájaros en fotocopia.

El mundo queda anclado con una palabra sin pronunciar en la su (mi) lengua.

Espera mis órdenes, deseos y carencias.

¿Y si no juego?

Os veo mirarme tras este indómito pensamiento. Peligro en la amenaza.

Se acerca y cierra la marabunta vosotros con malas intenciones, mientras pienso que soy una aberración sugestiva de mi propia persona.

Pero no funciona, porque me duelen vuestros sus golpes. Rabia y miedo en ellos. Y entiendo entre la sangre que se pierde como un río: “No piensas. Sabes. Crees.”

Dejo de creer en mí.

La existencia. La realidad.

Y todas y todos se van y os vais, fueron, marcharán.

Me doy un orgasmo de limbo.

Astronauta que cae y se tira y entrega al vacío interminable e insondable para buscar aterrizaje y amerizaje en la gravedad. Pero no llega; sólo floto.

Dándome cuenta que ya-no-creo.

Que ya sí me desvanezco.

“Somos el cosmos que inventamos. No hay nada más que eso.”

Me extingo.

Adiós.

A vosotr@s.

A mí.

 

Epílogo:

 

Uno sigue soñando cuando ya está muerto…

Publicado la semana 17. 26/04/2018
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