Semana
13
Román

Insostenibilidad

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INSOSTENIBILIDAD

 

Es tan fácil como que la gravedad no existe y a la vez lo significa todo. Un concepto alcanza el adjetivo de “verdad” cuando es aceptado, creído e incluso venerado por la mayoría en imposición. Por imposible que sea dicha “certeza”.

Tan sencillo como que el cielo nunca fue azul.

Y el peor momento para descubrirlo es a bordo de un avión.

Una pirata mental inestable tenía una misión simple, un abordaje kamikaze. Unidos a una voluntad de acero guiada por el verbo dominante.

El vuelo despegó en hora (gracias a la creencia sobre que así lo hizo y debía hacer; estadísticas, porcentajes y fe en mano de un anotador humano y fallido). Planeaba por la ruta y nubes adecuadas, dejando estela en la altura correcta. Con los pilotos despejados y atentos, la tripulación educada a la par que eficiente, el pasaje tranquilo y silencioso. Digno del amanecer que se acercaba.

Y soltó y saltó la voz. Contundente. Segura.

—Este avión no puede volar.

La reverberancia de la afirmación se extendió por todo el aparato, de su frente a fin, proas y popas, resonando incluso en las personas y pensares dormidos. El tono es fundamental, intrusivo.

—Vamos a caer y estrellarnos —lo dijo sin poso de miedo o urgencia. Aseverando como quien pediría un primer café de la tarde.

—Vamos a morir.

La gente, asustadiza per sé, estalló en alarma, repartida equitativamente entre pánico y demanda para callar a la insidiosa charlatana. Sin dirigirse nadie a ella de forma directa. Tan siquiera sus compañeros de fila, que la repelen sin atrever a cruce de miradas. Que cierran sus oídos más expuestos que ningunos.

Llegaron los sobrecargos en tropel con la misma dignidad que mando y enfado, pero el aura de la joven los detuvo como invisible barrera, entrando ya en su zona de influencia. Condenados a entender.

—Este es un pedazo de metal de unos 43000 kilogramos que no planea. Ni la naturaleza ni el hombre le han enseñado. Cuyos motores no pueden generar la suficiente potencia para mantenerlo en el aire.

No hizo falta un desarrollo mecánico-físico de sus palabras o explicaciones de fórmulas y diseños. Era lógico, coherente, cómo no pensarlo antes. Escuchar y creer. Porque sobrecoge.

Los usuarios que pertenecen a su periferia quedaron pálidos, inmóviles, imaginando la nueva situación: estaban surcando el aire dentro de una caja de hierro, cables y maquinaria sin ningún sostén o garante. Un lustroso ataúd comunitario. E iban a caer. Inexorablemente.     

Quienes aún no se rendían al hechizo, conminaban a mayores autoridades para entrar en acción y acabar con el conflicto, cercano ya al amotinamiento. Porque nadie entre ellas y ellos, valientes o cobardes, eran capaces del enfrentamiento. Requerían un héroe. Mientras la loca iluminada seguía y seguía:

—Caeremos a plomo. Cuando lo entiendan, nos estrellaremos. Ni antes ni después.

Y continuaba ganando adeptos con frases asépticas, derrotando el escepticismo:

—Es tan sencillo como que ningún objeto pesado puede sostenerse en el aire por sí mismo.

Puñaladas simples directas al pensamiento raíz. Con el murmullo y las plegarias ya llegando a la cabina de pilotos, no hace mucho satisfechos por la tranquilidad de la ruta. Ahora, el silencio sólo hendido por la influyente:

—Aceptad la verdad para que podamos iniciar el descenso.

Con la mayoría cuasi totalidad asintiendo; capturados, seducidos hipnotizados y subyugados a la voz, rompiendo el velo. Mientras que el vuelo seguía firme, sin turbulencia o asomo de problema más allá de tan problemático pasajero.

Un nómada aéreo habitual se atrevió a preguntar:

—Y si saltamos, ¿se salvará el avión? ¿Habrá más opciones para los que se queden?

La tensión constriñó varios estómagos.

—No. Su peso ya es excesivo. La altura también. Nuestra masa solamente aumentará el grado de aceleración.

No podían aguantarlo más. El comandante y su camarilla salieron al pasillo para acabar tamaño absurdo, dejando en el control al piloto automático. No quiere contenerse de nuevo el veterano viajero transoceánico, asumido el papel de profeta:

—Entonces, si eso es cierto, ¿por qué nunca me he estrellado? ¿Por qué es el método más seguro para viajar?

De la inocencia a la curiosidad. Sin maldad o desafío alguno. Aunque permite recuperar la esperanza de quienes se daban por perdidos. Pero la dueña del asiento 15D no concede opción:

—Nos mienten. Muchos caen, la mayoría. Las desapariciones, las muertes, las guerras, esos sucesos televisivos, tantas familias y víctimas de las que no vemos sus cadáveres, son accidentes de aviación. Y continúan con los experimentos. Con nosotros.

Regresa la opresión, la atmósfera de funeral, la claustrofobia. El capitán y su inseparable hueste acuden listos para el combate, cargados de argumento, de verdades irrefutables y pruebas sólidas. Cara a cara se rinden, solamente uno puede farfullar:

—¿Cómo es posible que sigamos firmes, todavía en el aire?

—No lo es. Vamos a caer.

Sentencia. El pánico dejó paso a la aceptación y, de ella, la resignación siempre está a un paso. El aparato se vio maldito por el influjo de la nueva creencia, la verdad aceptada y compartida por todos.

Cada cual haciendo paces y despedidas, preparando el camino sin retorno, en plegarias, recuerdos, súplicas, sollozos, histerias, risas u onanismos.

—Recordad, no es mortal la caída, sino el aterrizaje.

Condenada, los motores de la aeronave exhalaron un penúltimo gas, se sostuvo su estructura cómicamente en el aire con precario equilibrio y, torciendo, comenzó el descenso salvaje dando vueltas. Demostrando la primera falla en la lógica de la extraña, ya tarde. La batidora en que se había convertido el alargado compartimento era un desastre de cuerpos chocando y rebotando mientras las piruetas y velocidad se incrementaban. Con el suelo cada vez más cerca y subiendo este sincronizado para encontrarse cuanto antes. El pájaro metálico y descarriado, ya perdidas sus alas, timones o plumas de confianza, apunta a la tierra.

E impactó con estrépito y amasijo, plegándose y contrayéndose, deformando su matriz, quebrando la seguridad preconcebida. Vomitando entresijos de acero y cable, equipajes en desbandada, fragmentos de la mutilación mientras llueve víscera y sangre. Quedan pocas partes grandes y compactas cuando el humo marcha y el fuego persiste.

Allí quedó su pico, clavado y plantado como un árbol terrible y retorcido, dando sombra nefanda. Como un aviso.

La muerte ocupó el lugar.

La caja negra fue aplastada e inutilizada por una bota.

.

.

.

Meses después, tras una cadena de trágicos accidentes y la consecuente cancelación de todo vuelo o proyecto del mismo, tras el cierre de cada aeropuerto hasta que pudiesen garantizar la seguridad y retomar los cielos, averiguar los motivos. Meses después, con los científicos metidos en faena, reestudiando la fuerza de la gravedad, desmontando su fórmula, intentando comprender qué falla.

Meses después se multiplican la cadencia de construcción para autopistas y vías férreas con presteza. Las carreteras viven en caravana perpetua. El negocio fluvial y náutico ha resurgido hasta recuperar honores de antaño.

 Es en uno de esos trenes y en uno de esos barcos donde se escucha, casi a la vez y paralelo, una voz firme, sin asomo de duda. Convencida de convencer:

—Este tren no puede viajar por los raíles...

—Este barco no puede flotar…

 

 

 

Publicado la semana 13. 29/03/2018
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Alteraciones varias , Todo siempre puede pasar...
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