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06
Pela

...QUE EL QUE NO QUIERE OIR

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Y fue así cómo un día empezaron a dejar de llegar a mis oídos las palabras.

Al comienzo fue de a poco. Gente desconocida o poco conocida me hablaba y yo solo escuchaba algún que otro vocablo que llamaba mi atención, más por considerarlo inadecuado al momento o a la persona que por una razón coloquial.

Más tarde ya solo veía cómo se movían sus labios. Porque les miraba cuando pretendían llamar mi atención y lo hacía con una sonrisa amable en la cara.

Creo que fue en una cena con mis consuegros que mi hijo se sintió molesto ante mi falta de respuesta a algunas preguntas que habían hecho los padres de su esposa. Seguramente por culpa de las campanadas, cada quince minutos, del reloj de pie de la sala. Ineludibles.

"Papá", me dijo cuando me alcanzaba hasta mi casa en su coche, "Tienes que ir a un especialista, no es normal...".

Eso se lo escuché decir, me parece.

Nos despedimos con las manos en alto y una semana después mi nuera estaba sentada a mi lado en la recepción de la consulta del facultativo.

Los resultados me los dieron tres días más tarde.

Todo normal.

Pero yo sabía que no era así.

La siguiente instancia ocurrió en el trabajo y, sinceramente, nunca supe de qué se trató, solo supe que alguien había tomado a mal mi silencio y que mi escritorio pasó a ocupar el sitio más apartado e inhóspito de la oficina, el de la temible ventana al callejón dónde se vertían los deshechos alimenticios del restaurante de la planta baja.

Sí, el olor era penetrante y la ventana debía, por necesidad, permanecer cerrada. Pero a través del cristal me llegaba el bullicio de los gorriones disputándose la comida de su cada día.

El castigo duró poco. Una semana después era cesado.

Me dieron razones para el despido, pero no logré cristalizar las palabras dichas por el sub director.

Subsiguientes e incontables horas nocturnas y diurnas, se construyeron con palabras de aliento de los más allegados. No entendía la esencia de ese aliento, pero comprendía el rol social.

"¿Cómo vas a pagar la hipoteca?", preguntó mi hijo en una oportunidad.

Le escuché, pero me hice el boludo.

Una mañana me encontré con la presencia de un policía y un alguacil de juzgado que venían a entregarme una carta.

La leí.

Mi piso ya no era mío.

Mis dos hermanos, ambos menores y mi hijo estuvieron conmigo durante casi una semana. Luego me mudé, de forma precaria, a la casa de Jonás, el más pequeño de los tres. Mi hijo y el hermano restante seguían con sus visitas. Siempre hablaban. Hablaban y supuse que era entre ellos, de sus asuntos, de sus temas en común. De todas formas me interesaba mucho más el sonido que hacía la madera cuando el vecino de Jonás la podaba gajo a gajo. Era estremecedor el escuchar cómo la rama del árbol caía con blando estrépito.

De un día para otro me vi internado en un hospital y sin derecho al pataleo.

Firmé unos papeles para no parecer descortés.

No quise leerlos.

Una mañana la enfermera dominicana que me cuidaba en la solitaria sala me dijo al oído y en secreto, "Intente escucharme, por favor. Le van a operar de un tumor en el cráneo".

La miré, le sonreí y asentí con la cabeza. La suya fue de lado a lado unas cuatro veces en señal de desesperación o de desconsuelo.

Me extirparon un carcinoma craneal que afectaba las vainas nerviosas.

Seguro que era algo raro, a juzgar por los rostros de los acompañantes.

Mis visitantes parecían desolados, toda la familia sentada alrededor de mi cama y yo con un vendaje que apenas me permitía observarles. Por suerte alguien había dejado la ventana abierta y podía escuchar los sonidos de la brisa silbando entre las cortinas. Mejor eso que tanto silencio humano inconsecuente.

Lo último que recuerdo fue un formulario que me pusieron delante.

No conseguí descifrarlo.

No escuchaba, ni leía, ni quería interpretar, pero mi mano derecha funcionaba a la perfección con un bolígrafo entre sus dedos.

Pasó algo más de tiempo, nada relevante.

De alguna forma supe que mi corazón, mis córneas, mi hígado y mi páncreas estaban de viaje hacia alguna parte.

O quizás solo lo supuse.

Lo que quedó de mí fue enterrado en la parcela familiar, en el pueblo de los bisabuelos.

Es increíble el sonido que producen las raíces cuando crecen y logran reacomodarse.

Publicado la semana 6. 08/02/2018
Etiquetas
Hello God, Dr. John , Las palabras , Despierto , cabeza
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