52
Pela

EL ÚLTIMO RELATO

1

-¿Qué ha sucedido?- preguntó, en una exclamación, el hombre gordo que presidía la mesa central del Sistema Global.

-Se ha apagado todo- respondió alguien desde un costado oscuro.

-¿Qué quiere decir que se ha “apagado” y a qué se refiere con “todo”?- increpaba, ahora, el hombre obeso.

La oscuridad más absoluta, sin precedente alguno desde que existían registros (más de tres mil años) ocupaba todos los espacios posibles sumiendo en incertidumbres lo que, hasta hacía escasos segundos, era la certeza inerte de la organizada vida del SG.

-Una tormenta solar…- balbuceó otro alguien.

-¡Imposible!- estalló el gordo –no hay nada que pueda detener al Sistema.

2

-Hay que recoger manualmente todas las hortalizas, verduras, cereales, frutos- dijo el hombre uniformado a unas decenas de sombras que le rodeaban, -pero lo haremos con las primeras luces del día. Ahora descansad, no sabemos cuánto tiempo llevará la reparación y estamos incomunicados- finalizó.

Las sombras se apartaron y cogieron distintas direcciones.

3

Con  la llegada del día comenzó a observarse un movimiento febril entre la población del Reducto Oeste del SG. En este nuevo mundo no existían los hombres y mujeres como tales, todos estaban envueltos en las mismas vestimentas de color azul eléctrico, llevaban el cabello corto y oculto. El sexo era sexo, nada más. La procreación ya era otra cosa y estaba sujeta a firmes estándares de concepción y, así, se había conseguido eliminar las etnias minoritarias. Así. Dejando de nacer.

El reducto en sí mismo, al igual que los restantes diseminados en el planeta, era una especie de diamante gigante con su punta más larga clavada en tierra. Allí se encontraban situados los estratos más bajos de la sociedad, hacinados, durmiendo en boxes individuales con un programa de descanso inducido para, luego, poder trabajar las horas que fuesen requeridas. No existía la paga. No era necesaria. Todas las necesidades básicas del último anillo inferior estaban contempladas por el SG: trabajo, alimentación, vivienda, vestimenta, educación elemental, preparación técnica, ocio. Al nivel “tierra” no llegaba la luz de los rayos de sol, lo impedía la enorme “panza” del diamante. Tampoco llovía y la caminería exterior era muy reducida, cercada por las extensiones de sal.

En cuanto se iba subiendo, se encontraban algunas diferencias con el estrato más bajo. No se trataba de diferencias notorias. El sueño no era inducido químicamente, por ejemplo, sino a través de la música o, más bien, los sonidos repetitivos y blandos, que esto eran considerados “música” en el SG. No quedaban vestigios de artes musicales o escénicas, ni de libros. Todo se consumía a través de imágenes fabricadas y plagadas de mensajes positivistas.

A partir del piso trescientos cincuenta, muchas cosas cambiaban, desde las vestimentas de colores (aunque seguían siendo todas iguales en su confección) hasta el trato hacia los niños. Aquí los hijos eran programados y pasaban sus primeros tres años de vida con los padres, cosa que no sucedía en los niveles inferiores, en dónde los bebés se llevaban para un estudio de calidad y se criaban o eliminaban, dependiendo del estado de salud y de la necesidad poblacional.

En la parte más ancha del diamante era donde estaban ubicadas las familias elegidas. Estas conservaban las costumbres de antaño. Eran pocas, muy pocas, a pesar de la enorme capacidad del anillo medio. Había, sí, piscinas, campos deportivos, extensiones de verde césped artificial y, allí sí, daba el sol y llovía alguna que otra vez. Aquí se dejaba escuchar, en ocasiones, algunos acordes de Chopin o Bach. Los más viejos sabían leer un abecedario abreviado, pero tampoco, al igual que en anillos inferiores, existían los libros como tales, salvo algunos panfletos del gobierno, ilustrados.

La Cúpula era ocupada por la clase directriz, perpetrada en el poder de las decisiones desde milenios atrás. En puridad, y cabe decirlo, no tenían mucho más que lo que tenían en el anillo de nivel “tierra”, pero tampoco lo necesitaban porque su tarea era decidir. No eran técnicos, ni letrados, ni científicos, ni artistas. Solo detentaban el máximo poder y nada más les era útil que una comida, una cama o una visión del cielo. Que ya no era azul. Los únicos tesoros que les diferenciaban del resto de los seres eran: una enorme biblioteca con autores desde más de cuatro mil años de antigüedad. Esquilo, Sófocles, Virgilio. Y algunos más recientes, como Shakespeare, Bretch. Y varios de poco antes del nuevo mundo: Simone de Beauvoir, Virginia Woolf o Murakami. También existía un pequeño anfiteatro con una escasa compañía de escena que representaban obras que ellos mismos pergeñaban. Y había, también, un clown.

 El movimiento febril a la llegada del día obedecía a que era imperativo que se recogiesen la totalidad de los alimentos. Todos se encargaban de acarrear contenedores de aluminio sobre sus espaldas repletos de productos agrícolas.

A la vera del camino que se había trazado, los robots recolectores permanecían quietos y opacos.

No existían, desde épocas inmemoriales, ningún tipo de animal en el SG. Se habían eliminado por falta de alimento, porque ocupaban demasiado espacio y porque era una forma de vida menor que ya no tenía cabida en la actual sociedad. En realidad se les había cambiado por los habitantes de las zonas bajas.

El hombre de uniforme militar observaba desde lo alto con unos prismáticos antiguos.

-Tengo que hablar con el Presidente- dijo a una joven que se encontraba a su costado.

-Tendrá que subir usted- le respondió- él no está en condiciones de bajar.

-Lo sé- reconoció el hombre de uniforme mientras miraba hacia lo alto del edificio.

4

El hombre obeso estaba totalmente congestionado y gesticulaba con furia mientras gritaba órdenes a sus asistentes inmediatos.

-Quiero hablar con todos y cada uno de los responsables de los diferentes sectores- aullaba,- las provisiones y el agua deben de almacenarse aquí arriba.

Los rostros de los asistentes denotaban un grado de suma perplejidad.

-Y quiero que alguien vaya al Reducto Sur y se informe de lo que ocurre allí- demandó el Presidente- y que vuelva a decírmelo- recalcó.

-Señor- comenzó a decir alguien del círculo- estamos en el piso mil doscientos cincuenta y ocho y los ascensores no funcionan- informó- son casi treinta mil escalones para llegar al llano y cualquiera que fuese demoraría más de ocho horas solo en bajar- calculó.

-¿Y a qué esperas?- le preguntó con saña el gordo.

El hombre se alejó en silencio seguido de las miradas de sus compañeros.

5

Ya llevaban cerca de seis meses sin energía para mover los Reductos del SG. No quedaba prácticamente nada de alimento ni de agua. Las existencias tocaban a su fin y la población mermaba a causa de la inanición o a causa de fusilamientos electivos. El olor a carne podrida, en el exterior del edificio era insoportable.

Los once Presidentes de los diferentes reductos estaban reunidos en sesión permanente, fuertemente custodiados por una nutrida guardia de élite.

-Necesitamos hablar con Hermano Mayor- dijo el mandamás del Reducto Medio, quizás el más importante y poblado.

-Nadie puede llegar hasta allí- aseguró el regidor del Reducto Meso-Oriental- los desiertos de sal son intransitables por tierra- aseguró.

Los desiertos de sal se habían ido formando a través de los deshechos de las desalinizadoras y se habían extendido cuando absorbieron la, ya de por sí precaria, vegetación circundante.

-De todas formas, Él ya lo sabe- opinó el mismo regidor.

Los otros diez participantes asintieron con la cabeza.

6

El Monte Solmineo ocupaba una vasta región de los sectores más al sur del SG. Estaba cubierto de árboles y arbustos de todo tipo y procedencia. A sus pies se ubicaba el lago Blanco, una porción generosa de agua dulce que lamía las costas del monte con un oleaje pacífico y laxo.

En la cúspide del monte se ubicaba la residencia del Hermano Mayor, un hombre que tenía más de trescientos años y que compartía el predio con su profusa descendencia. Miles de personas de distintas edades se movían llevando a cabo diferentes tareas artesanales: roturar la tierra, fabricar vasijas de barro, cortar tablas de madera, moler grano y varios quehaceres más.

El HM estaba al mando de todo desde que su madre, de cuatrocientos quince años, falleciera tiempo atrás. Él era el elegido, se sabía desde su nacimiento. Su padre, un sobrino de su abuela, era el más hábil e inteligente de todos los hombres y mujeres de aquel lugar y Él había heredado sus conocimientos.

-Allá afuera están enloqueciendo- dijo uno de sus descendientes más mayores sin levantar la vista del suelo- ¿qué piensas hacer?-

-¿Cómo te llamas y a qué te dedicas?- inquirió el HM.

-Soy Anil y curo cuerpos- contestó, en la misma postura.

-Entonces esto no te interesa- dijo el HM y dio por finalizada la breve charla.

Detrás suyo estaban sentados, desnudos, dos mujeres y un hombre. Él se volvió hacia ellos y dijo:

-Debemos de estar preparados, el momento se acerca-

Los tres asintieron con los ojos cerrados.

-¿Podéis verlo?- preguntó- Afuera está todo destruido y hay que empezar a reconstruir- argumentó- quizás debamos esperar un par de décadas para comprobar que no queda ningún ser viviente y, si lo hubiere, no deberá seguir viviendo- finalizó.

-Tengo miedo- murmuró una de las mujeres.

El HM enarcó las cejas en signo de pregunta, pero no dijo nada.

-Nosotros somos solo una familia y procreamos desde hace milenios entre nosotros, exclusivamente. Yo tengo muchos hijos suyos y cada uno que nace lo hace con menos inteligencia- continuó diciendo la mujer.- ¿Qué futuro les espera?-, se preguntó como colofón.

Él  la observó con fijeza y dijo:

-Ya sabemos cómo se termina esto, ya pasó hace algún tiempo y mucho tiempo más atrás y aún antes de todos esos tiempos- aseguró.- Vamos aprendiendo. Esto es parte del aprendizaje. Está contemplado.

Tomó aire y miró hacia el lago, que parecía algo agitado.

-Siempre nos vieron como extraños- expresó- Antaño nos glorificaban, nos endilgaban poderes que no poseíamos. En ocasiones nos odiaban, pero siempre nos temían. Creían que las desgracias les llegaban a través de nuestros deseos, sin darse cuenta que eran ellos mismos quienes las provocaban.

Tomó aire ante el silencio circundante.

-Nosotros siempre estuvimos- aseveró- No hay un comienzo. Siempre fue así. ¿Por qué es tan difícil de entenderlo?

-¿Habrá un final?- preguntó la misma mujer que hablara antes.

-Esa medida humana no existe- respondió HM- Existen los ciclos, que no finalizan en sí, sino que se reprograman automáticamente, solos. Y no dependen de nosotros. Nada depende de nosotros. Somos el producto de la amabilidad del universo.

Su mirada parecía perdida mientras hablaba.

-Somos un espejo deslucido- siguió explicando- los de afuera reflejan sus interpretaciones y no sus verdades. Hace un tiempo, cuando aún existían continentes definidos, vivíamos, como ahora, en una zona alta rodeada de agua dulce, por un lado y salada, por el otro. A ese lugar, que era un país, le llamaban Irán. Hubo otros países que atacaron a nuestros vecinos porque no estaban seguros de nuestro poderío. Destruyeron casi todo a nuestro alrededor, exacerbaron odios antiguos entre los habitantes, compraron la moral de los dirigentes militares y políticos, les armaron y los enfrentaron entre sí. Lo que no destruyeron las armas lo hicieron la peste y la hambruna. Pasó poco tiempo para que esas armas y esa corrupción se llevaran por delante lo que ellos llamaban “mundo civilizado”. La gente se moría caminando en las ciudades mientras respiraba. Morían sentados frente a una pantalla mientras comían. Se asesinaban entre sí por sus vestimentas, sus colores de piel, sus símbolos religiosos. No se puede sobrevivir en una sociedad así- terminó diciendo.

Por el enorme ventanal vieron a mucha gente arrear o cargar en brazos a innumerables animales y llevarlos a las zonas más altas. Corrían lo más rápido que podían.

-¿Los cultivos están a salvo y las semillas a buen recaudo?- consultó el HM a la otra mujer.

Esta asintió con la cabeza.

-Ya empieza…, como antes…- comentó y en sus labios se dibujó una fina sonrisa.

Primero fueron gruesas gotas que se estrellaban contra las piedras, un rato después se trataba de una espesa cortina de agua que escurría velozmente hacia el llano.

-La sal volverá a los mares- advirtió el HM- y tendremos mucha tarea por hacer. Ahora toca esperar.

Todos miraban hacia afuera. El agua estaba cubriendo los límites del lago y galopaba hacia las alturas cercanas, arrancando algunos árboles en su avance.

“Una nueva oportunidad”, se dijo para sí mismo el Hermano Mayor.
 

 

 

 

Publicado la semana 52. 24/12/2018
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MARCHA FÚNEBRE A LA MANERA DE CALLOT- G. MAHLER , SOCIEDAD DE CONSUMO , UNA TARDE DE INVIERNO CON LLUVIA
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