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Pela

EL DAÑO QUE OCASIONA LA MÚSICA

Nos conocimos en el concierto de Paco de Lucía en el teatro de la Zarzuela, en 2006.

Al terminar nos fuimos a beber unas copas. Muchas copas, en muchos lugares.

Hablamos de su colección de cedés (más de mil quinientas unidades, me dijo) y de la mía (mucho más modesta) y también de mis vinilos y de mis discos de pasta.

No se lo esperaba.

Tres conciertos más tarde nos íbamos a vivir juntos a su departamento. Surgió así y a mí no me ataba nada al cambiante barrio de Carabanchel.

Durante meses fuimos adquiriendo distintas obras nuevas de diferentes artistas. El álbum triple de Rush, “Mighty” Sam Mc Clean y su blues de Chicago o Barkin Bill, con el de Nueva Orleans. No era una competencia, no, pero lo parecía.

Las paredes de la sala estaban con sus estantes repletos, entre sus discos y los míos; ello motivó que el cuarto de invitados se reconvirtiera, de la noche a la mañana, en un depósito anexo de placas sonoras.

Ambos nos sentíamos felices de compartir con el otro nuestros gustos musicales, gustos musicales mayoritariamente compartidos y venerados.

Seguían llegando discos de suscripciones: desde México me enviaban, desde Faramalla Club de Vinilos, uno al mes; desde Chicago recibía, cada treinta días, de parte de Numero Group, discos de sellos tales como Private Mind, Garden, Eccentric Soul o Wayfaring Strangers; también llegaban desde la India, a través de Vice y varios más.

A ella le gustaban más los cedés e innumerables revistas, munidas de su placa, arribaban al domicilio semana tras semana. Revistas europeas, norte y sudamericanas tales como Noticias, de Argentina, Caras y Caretas de Uruguay o CD Compact, de Barcelona.

Antes de las Navidades decidimos mudarnos.

Juntamos todo el dinero que teníamos y compramos una casa en las afueras de Madrid. Una casa grande, de tres dormitorios que serían ocupados, así también como el enorme trastero y garaje, por nuestras colecciones de discos.

El tiempo continuó transcurriendo, como hace siempre y se nos iba volviendo complicado compartir nuestras nuevísimas adquisiciones. Ella, desde su super equipo Sony CDP-XA7 y sus parlantes Bang & Olufsen. Yo, a través de mi Winco y sus parlantes Selenium 125. Solíamos encerrarnos cada uno en una habitación y poner el volumen lo suficientemente alto para que el otro pudiese escuchar nuestra nueva joya de colección adquirida en las últimas horas.

Ayudaba que la casa estaba en Robledo de Chavela y que no había vecino alguno al menos en un quilómetro a la redonda.

Nuestros amigos ya no nos frecuentaban, ora por la distancia, ora porque se aburrían escuchándonos, monotemáticamente, hablar sobre música.

Y pelear.

“Esto no da para mucho más”, dijo ella un día, desayunando, mientras apartaba con la mano pegajosa de mermelada, mi vinilo de Miles Davis, Workin.

Lo siguiente que supe de ella fue que estaba en París y me mostraba, en una foto en su Instagram, como había conseguido hacerse con un cedé original de The Good Book, de Louis Armstrong, en una disquería de le Quartier Latin.

La vez siguiente que me comuniqué con ella, estaba yo en el Parque Rivadavia de Buenos Aires con tres vinilos de Blue Note en mis manos: uno de Hancock, uno de Coltrane y otro de Blakey.

La foto se la envié por Whats App.

Coincidimos en casa un año después de habernos mudado a ella, poco antes de las navidades. Nos saludamos efusivamente y, mirándonos a los ojos, decidimos mutuamente, cada uno para sí mismo, no contarnos nada sobre las nuevas llegadas en ausencias.

Pasamos la Navidad borrachos y en silencio. No fue gran cosa.

En la víspera de año nuevo, una semana después de la fallida cena de reencuentro, hallé una carta manuscrita de ella sobre mi tocadiscos abierto.

“Lamento no haber puesto todo de mi parte en esta relación”, rezaba la escueta misiva. Y estaba colocada sobre el simple de Chicago “Hard to say i´m sorry”.

Debo decir que me invadió una profunda tristeza y decidí poner un final acorde a esta agonía que veníamos compartiendo desde hacía más de un año.

A las doce en punto, cuando sonaban las campanas de la iglesia anunciando la llegada del nuevo año, abandoné la casa. La cerré muy bien en su totalidad. Vertí unos litros de gasolina desde la cocina hasta el salón y unas gotas en el exterior de la puerta de entrada. Acerqué mi encendedor Zippo y le di a la ruedita. En una veloz carrera la llama se introdujo por debajo de la puerta, pero yo ya caminaba hacia el coche silbando Burning down the house.

Me subí el cuello del abrigo. Se avecinaba la primera nevada.

 

Publicado la semana 51. 18/12/2018
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BURNING DOWN THE HOUSE-TALKING HEADS , Jorge Carnevale , En silencio total
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