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Pela

PALPABLE

Entró al bar y se sentó en la primera butaca libre que encontró. El salón estaba casi vacío. El hombre de la barra se le acercó con una media sonrisa colgando de los labios y arqueó las cejas en señal de pregunta.

-Pon una cerveza- dijo

Hacía casi cinco años que paraba en ese bar, todas las tardes de lunes a viernes después del empleo y no sabía el nombre del sujeto.

Suponía que el sujeto tampoco sabría el suyo.

No recordaba habérselo dicho nunca.

-Tiene mala cara- comentó el sujeto de la barra

El hombre le miró y sacudió la cabeza inconscientemente.

-Anda, pon una cerveza- repitió

El sujeto de la barra se agachó y, luego de unos instantes y unos sonidos metálicos, se enderezó y depositó un botellín abierto frente a él. Giró, cogió un vaso de la estantería y lo dejó a un costado, cerca de la mano del hombre.

-Tiene la piel del rostro amarilla- comentó

-Hace treinta años que no piso una playa- explicó el hombre- desde que era un crío e iba con mis padres en verano

Bebió un sorbo de cerveza del pico de la botella, ignorando el vaso que descansaba cerca de su otra mano quieta.

-¿A qué playa iba?- preguntó el sujeto de la barra

-Ensenada de San Miguel- respondió el hombre con desinterés

-No conozco…- dijo el sujeto de la barra

-Almería. Ahora se llama de otra forma- completó el hombre sin importarle que el otro conociera o no la playa mencionada.

En el extremo de la barra, cerca de una ventana lateral, otro cliente jugueteaba con un mechero entre los dedos. Parecía absorto en el juego. Sus miradas se cruzaron por un instante. El cliente volvió al juego y el hombre a su cerveza.

-Puede ser el hígado- aventuró el sujeto de la barra

El hombre se palpó el costado con la mano libre, la que estaba reposando a un costado del vaso vacío e inútil. No encontró nada anormal al tacto. Hizo un chasquido con los labios, como de fastidio y pegó otro sorbo al botellín.

-Hay cosas que es mejor prevenir…- dijo el sujeto de la barra con el ceño fruncido

Ya eran apenas pasadas las seis de la noche y el bar comenzó a llenarse de voces jóvenes, voces femeninas y masculinas. Dos camareros adormilados emergieron desde alguna parte y comenzaron a deambular por entre las mesas. La barra se ocupó en su totalidad y el sujeto comenzó a expender pedidos como si tuviese cuatro brazos.

El hombre sacó unas monedas del bolsillo y, sin preguntar el precio de la bebida, las dejó sobre el mármol blanco.

El sujeto de la barra le sonrió y dijo

-Las seis de la tarde y está todo oscuro ahí arriba. ¡Qué locura!-

El hombre descendió de la butaca y no respondió al comentario. Masculló una despedida ininteligible y salió del bar.

Era cierto, no había ni rastro de claridad solar.

Caminó despacio, no tenía ningún apuro en llegar a su casa, a su piso, pequeño, un estudio de menos de veinte metros cuadrados que alquiló al otro día de separarse de su, ahora, ex mujer.

Mientras caminaba se palpaba el costado sin saber demasiado bien la ubicación exacta del hígado.

Se preguntaba, mientras andaba, si con el aire le mejoraría el aspecto. Era cierto que casi ni tenía contacto con el exterior en el transcurso del día. De todos los días.

Llegó a su casa, se descalzó, colgó la americana en una percha detrás de la puerta principal y abrió la nevera para extraer una caja de leche empezada.

Desenroscó el tapón y bebió un sorbo. Inmediatamente lo escupió en la pila. Estaba ácida. Abrió el grifo con fuerza mientras vertía el líquido descompuesto y veía como se licuaba con el agua y desaparecía por el insondable agujero. Se limpió la boca con el dorso de la mano y encendió la televisión. No le incomodaba la soledad, pero le gustaba la compañía, aunque fuera la de esa voz gangosa que contaba las noticias del día.

Entró al baño diminuto, se quitó la camisa, el pantalón,  el calzoncillo y los calcetines, dejándolos hechos una bola al costado del lavabo. Se metió en la ducha y comenzó a enjabonarse mientras el agua salpicaba los azulejos de la pared hasta cubrirlos de una película inestable que se deslizaba velozmente hacia el piso.

Salió envuelto en la toalla, y rebuscó en el armario ropa interior. Eligió un calzoncillo y se lo puso. Arrojó la toalla sobre el sofá cama y se sentó a un costado.

Por la ventana entraban rayos de luz de las marquesinas.

Quedó dormido sin saberlo y despertó en la obscuridad absoluta de una noche negra.

Los sueños le habían atizado sin piedad.

Se mezclaban entre sí sin ton ni son dejando ver una playa vacía, cubierta de piedras; una mujer que no era su mujer, pero que se despedía a los gritos, insultándole; un hombre con una bata de médico que le explicaba que “había que cortar”.

Se bajó del sofá y caminó, atontado todavía, hasta la nevera. La abrió y la encontró vacía. La cerró desolado.

Fue hacia el baño, se enjuagó la cara primero y luego los dientes.

Otra vez en el salón abrió el armario, seleccionó una camisa, un pantalón y unos calcetines.

Se vistió lentamente, ahogado por las sensaciones indefinidas del sueño.

Antes de salir del piso, cogió la americana de detrás de la puerta, miró hacia el baño y vio la pelota de ropa que había dejado la noche anterior.

Se encogió de hombros y salió rumbo a la calle.

Miró la hora en el reloj de la muñeca.

Las ocho y media.

Las ocho y media de la mañana y aún era de noche.

-¡Qué locura!- exclamó entre dientes.

 

 

 

Publicado la semana 49. 06/12/2018
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