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Pela

EL PARQUE DE LAS NUBES

Pocos lugares guardan el encanto natural que posee “El parque de las nubes”. Está ubicado casi en la cima del cerro del Cabezo, en la cordillera central de la península.

Es natural porque muy pocas personas han llegado hasta allí.

Es muy difícil de encontrar porque hay que tener las guías bien aprendidas pero, además, hay que obedecer al instinto ya que el sendero cambia de un año para otro y no existe organismo alguno, ni local ni estatal, que actualice el sistema de caminería rural en la zona.

Dicen que la naturaleza se encarga de los cambios para mantenerse escondida, pero creo que hay otros motivos.

Nuestro grupo acude, desde hace más de doce años, a fines del otoño. Nada es comparable con pasar quince o veinte días al comienzo de la época de lluvias y frío y disfrutar de las nubes tocándote el rostro.

En invierno hay que partir porque se avecina el ritual de la ofrenda.

Todos los años vemos reducirse nuestro grupo a raíz de lo pactado desde, repito, hace más de doce años.

Alguien tiene que quedarse allí para siempre.

Ese compromiso, según nosotros, es la única forma de poder acceder a tanta belleza, de forma permanente, sin que se corrompa por razones mundanas..

No fue fácil llegar a un acuerdo entre todos, pero se logró ahí mismo, al borde de una hoguera, la primera vez que encontramos ese lugar. La prenda, el precio a pagar, era alto… o no. De todas maneras conseguimos un acuerdo que se respetó durante todo este tiempo y nada indica que se pueda romper justo ahora.

Del núcleo original de acampantes, quedamos solo Moira y yo. Nuestros amigos ya no están más con nosotros. Uno a uno se fueron quedando y no les volvimos a ver al año siguiente.

Ni después.

Jamás les buscamos; “buscar” no entraba en el trato.

Este año, como cada uno de los anteriores, alguien tiene que quedarse.

Ya hemos ensayado, a lo largo de todo este tiempo, un sinnúmero de explicaciones que, más o menos, han convencido a las familias de nuestros amigos y las que uno de nosotros dará a la familia del otro y que será igual de convincente.

Adujimos viajes fortuitos al otro lado del mundo por motivos laborales importantes, enamoramientos irreductibles, cambios de personalidad y otras monsergas que no vienen a cuento por irreales. No es que no se les extrañe o recuerde, pero la mente humana es muy retorcida, por eso elegimos razones simples.

A veces alguien enviaba una postal a otro alguien.

Pero ya no.

Este año uno de nosotros dos debe quedarse en el “Parque de las nubes”.

El hecho de que nos miremos con desconfianza mientras apagamos el  pequeño fuego que nos entibia, mientras no cesa de lloviznar, cubriéndolo con tierra húmeda o que giremos el rostro hacia la espesura tratando de adivinar por  dónde se perderá el elegido, nos vuelve, por momentos, antagonistas.

El viejo truco de la ramita más corta es el que decide. Elegimos una vara de mimbre de los muchos sauces que pueblan el paisaje aledaño y la quebramos hasta lograr dos segmentos idénticos en aspecto, pero uno más corto que el otro. Me toca ser el portador; Moira lo fue el año pasado. Maravillas del destino saber que uno lo posee, a ese mismo destino, entre sus dedos apretados aunque sea por unos instantes. Los aprisiono con el puño intentando que no se note diferencia alguna. Estoy temblando y Moira también. Creo ver algunas lágrimas apagando el brillo de sus ojos, pero no lo sé a ciencia cierta porque en los míos hay, desde hace rato, una nube. Ella opta por un palito y jala. Ha perdido. No dice nada, solo recoge su exiguo equipaje y se prepara para partir.

“Dile a mi madre lo acordado, ¿vale?”, le menciono por si acaso.

Ella, ya de espaldas y bajando por el sendero, asiente en silencio.

Tanta espera ha tenido su premio.

No sé bien qué es lo que debo hacer ahora. Se me ocurre que silbar es una acción bien correcta.

Me da pena Moira, tendrá que esperar un año más.

Un año es mucho tiempo y los caminos, andando solo, no se recorren bien.

Pero alguien tenía que perder.

Publicado la semana 46. 13/11/2018
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