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03
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En plena madrugada se detuvo un instante bajo la hepática luz de la única farola encendida de aquella calle vacía y sucia.

Miró con temor a su alrededor como buscando alguna pertenencia extraviada, una de esas pocas cosas irrenunciables, que habían nacido con él y con él morirían quizás.

Miró con temor sin saber qué clase de temor era, si por no encontrar o por encontrar.

Sus ojos viajaban asustados intentando descubrir el insólito y escondido paradero de su pertenencia, pero no hallaba ni traza del mismo.

Comenzó a experimentar un miedo que se parecía al miedo último y final que no genera ninguna consecuencia, un miedo-raíz, un miedo que había amenazado con su llegada y que ahora cumplía su amenaza.

Estaba solo bajo aquel farol, pero no tenía la certeza de estar; se intuía a sí mismo como un despojo deshumanizado, como un pasajero en tránsito y sin equipaje..

Quiso descubrir una lágrima escurriendo por su mejilla, pero abandonó el intento antes del medio llanto.

No sabía qué hacer, si quedarse allí parado, huir, diluirse en el aire rancio y oscuro que le circundaba.

De repente lo presintió; no pudo decir que lo escuchara.

Desde calle abajo, desde la zona sin farolas, supo que se acercaba; no era visible aún, pero avanzaba en su dirección con pies blando e inaudibles.

Se mantuvo quieto, expectante, ansioso; la saliva se le acumulaba en la boca y las manos se le derretían envueltas en un líquido viscoso que no cesaba de manar desde dentro de la piel.

Ya no había miedo, ahora era esperanza...

La vio salir de la oscuridad con desgano, con indolencia.

No se miraron.

Ella dio algunos rodeos, como buscando una buena ubicación, una ubicación exacta.

El tragó parte de la saliva y se restregó las manos contra las perneras del pantalón.

Y, por primera vez desde su llegada y ante la cercanía de ella, dio un paso al costado, un paso corto pero que fue decisivo.

Ella hizo lo propio.

Él sonrió propietario de un sentimiento de paz absoluto y rompió a caminar buscando la iluminada avenida, buscando disfrutar de sus luces de gas de neón.

Una sonrisa enorme y satisfecha hundió el miedo en el olvido.

Su sombra había vuelto y él seguía vivo.

Publicado la semana 3. 16/01/2018
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Requiem en D menor, Op.48. Pie Jesu , Miedo , En la cocina, con la luz de la nevera
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