Semana
26
Pela

LOS PAJAROS

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Estaba sentado a la mesa en la compañía habitual, la de cada noche y parecida a la de cada mediodía, salvo variantes puntuales. Estaba sentado y se preguntaba por qué estaba allí sentado, con el plato humeante que empañaba los cristales de las gafas, a escasos centímetros de su persona.

Al frente, del otro lado de la mesa, estaba Elsa, su esposa de toda la vida.

De media vida o un poco más.

De casi toda.

Elsa.

Grande y omnipresente, allí sentada, ahí delante.

No la miraba, la conocía de sobra y no le hacía falta contacto visual para saber, al detalle, lo que hacía en esos momentos.

En todos.

En casi todos, aunque ya se consideraba a salvo de cualquier sorpresa por venir.

Se habían casado cuando ella cumplió los veintisiete, luego de tres largos años de noviazgo. No podía decir que realizó un sueño; solo se casó y esperó a que el casamiento tomara el lugar indicado en sus vidas.

Los hijos llegaron bastante después; Manuel, el mayor, nació al mes y poco de que ella cumpliese los treinta y dos y Helena, cuatro años después. Ambos estaban allí, ahora; el hijo a su derecha y la hija a su izquierda.

No quería comer, no tenía apetito; no estaba cansado, pero tampoco deseaba hablar de nada ni con nadie. Pero se mantenía allí, torpemente ausente.

La voz de Elsa se abrió paso por entre sus pensamientos vaciados de contenido, básicamente enumerantes.

“¿No comes?”, escuchó a lo lejos.

Sacudió la cabeza con incomodidad, sintiéndose descubierto. Pero no respondió con palabras.

“Está exquisito”, agregó la mujer metiéndose un bocado de dimensiones en la boca, algo que no impidió que continuara con una requisitoria algo gutural.

“Pruébalo…”

No quiso volver a negar y cogió el tenedor en su mano derecha y comenzó a dibujar círculos en el plato con un trozo de calabacín pinchado.

Debió de estar dibujando bastante rato porque se volvió a escuchar la voz, ahora cargada de firmeza, de Elsa.

“¡No juegues con la comida!”

“Perdón”, pensó y abandonó el tenedor apoyando los pinchos en el borde del plato.

“¡Y tú, come!”

La nueva orden iba dirigida a Manuel.

“Si él no come, yo tampoco”, respondió el zagal de once años.

Supuso que se refería a él, pero no hizo por intervenir en el intercambio de opiniones.

Manuel cursaba el último año escolar y dentro de poco tiempo, luego del verano, comenzaría el instituto.

No le hacía mucha gracia el cambio de rango del estudiante. Llegar y transitar el instituto requeriría su participación en las ayudas que se le brindarían al hijo en materia de estudios. No le apetecía hacerlo. Le resultaría sumamente molesto compartir ese tipo de actividades con su vástago. De hecho, no compartió ni compartía ninguna otra hasta la fecha.

La discusión parecía no interesar a Helena que ya había acabado con su plato y renunciaba al postre. Con un “que aproveche” abandonó la silla y escapó del salón.

Elsa no dejó de acuciar a Manuel y ni siquiera se percató de la veloz ausencia de la niña.

Seguramente ya estaba en su habitación jugando videojuegos.

En cambio el hijo se negaba con el mismo argumento del principio.

“¿Podrías dar el ejemplo…?”, pidió Elsa, seguramente mirándole con fijeza.

Volvió a coger el tenedor pero no comenzó maniobra alguna que denotara un interés, aunque mínimo, en cumplir con el pedido.

“¡Ya, deja…!”

Se refería a él, supuso y dejó nuevamente el utensilio en el sitio antes elegido.

“Y tú, una semana sin ordenador ni consolas”, apostrofó, siguiendo al niño con la mirada en su rodeo a la mesa para huir de allí.

“Voy a recoger”, advirtió volviendo a la unilateral tertulia.

Él se levantó sin arrastrar las patas de la silla y comenzó a andar hacia el baño.

Sabía que esto no quedaría así, pero no tenía ganas ni de discutir ni de escuchar.

Quince minutos después estaban en la cama.

“¿Y a ti qué te pasa?”, preguntó Elsa mientras se acostaba, dándole la espalda por un momento. Una espalda ancha, redonda y cargada de pasado.

“Nada”, respondió y el sonido de su voz le alteró. Era la primera vez que se la escuchaba desde que había llegado y eso parecía ser varios siglos antes de ese momento.

¿Desde dónde venía ese pasado impreso en las espaldas de ella?

En lo que a él refería, desde que se conocieron, desde sus juventudes ya eliminadas.

Rememoró con velocidad ciertos recuerdos de aquella época. No podía decir que experimentaba algo al recordar, pero recordaba.

Tres años de noviazgo y los cinco primeros de matrimonio que marcaban una diferencia absurda con los restantes posteriores.

Quizás el nacimiento de Manuel les restó aspectos que no estaban del todo firmes en sus vidas acompañadas.

Antes de nacer el primogénito no necesitó ni quiso a otra mujer en su cama ni en ninguna otra, le bastaba y mucho con su esposa.

Luego, simplemente no quiso.

Ni ahora.

La razón de una buena compañía, se dijo, no radica en nada puntual, es una suma antojadiza y poco más. No hace falta más que eso.

“¡Tonterías!”, exclamó para su fuero interno, tratando que no se le notara el principio de enfado.

No había riesgo, Elsa se mantenía sentada al borde de la cama en silencio y de espaldas.

“¿Es por las clases de piloto?”, aventuró ella.

Intentó decirse que no, pero no estaba seguro de ser totalmente sincero.

No del todo, a lo mejor.

Un poquito, seguramente.

Ya sucedió antes, cuando compró la cámara con tele objetivo que no sabía manejar.

“¡Un dineral!”, había exclamado Elsa, “¡Y ahora a pagar las clases de fotografía!”

Lo dejó estar y concurrió dos veces por semana a un estudio, a escondidas.

Muchas veces llegaba tarde a la clase y se iba apresurado al final, incluso antes.

Dos lunas bastante nítidas y varias docenas de pájaros fueron los resultados de la aventura artística.

Jamás le mostró las fotos a ella.

A nadie.

Ocho meses más tarde vendió la cámara, un poco más barata y quemó las fotos.

“¡Paracaidismo!”, fue lo siguiente.

El enfado le duró más de lo esperado, casi dos meses.

Ocho clases.

La última, solo.

Solo.

Siempre estaba solo.

Sabía que su hijo no le tomaba en serio.

Era mutuo.

Con Helena era diferente, pero no mucho. Había una suerte de complicidad sin sentido.

La espalda de Elsa seguía hablando sin escuchar su respuesta.

“No podemos permitírnoslo…”, aseguraba.

Él jamás le contaba sobre sus progresos en el empleo, los anhelados aumentos de sueldo iban a parar a los “caprichos de niño mimado”, según ella.

¡Mimado!, decía.

Lo único que le había quedado, de forma residual, eran las imágenes quemadas de las fotos de los pájaros y sus lanzamientos de la avioneta, primero con instructor y luego, la última vez, en solitario. Lo disfrutaba.

Admiraba la magia de volar y se prometía que en la próxima vida sería pájaro; lo arreglaría con quién fuera, desde la religión o desde el agnosticismo; desde la holística, probablemente o a través de la meditación consciente. No importaba, estaba seguro de que lo conseguiría.

La única vez que comentó con Elsa su idea de ser pájaro en una próxima vida recogió como respuesta:

“El cerebro ya lo tienes…”

¿Para qué quería más cerebro que el de un ave?

El que poseía ahora era de mayor tamaño, pero no le servía para volar por su propio impulso.

O sea, no servía.

En una oportunidad había visto a dos grajos volar juntos, a pocos centímetros el uno del otro, trazar círculos en el aire, caer en picada y retomar el vuelo sin distanciarse una micra más de lo establecido.

El recuerdo le emocionaba hasta las lágrimas.

Una o dos.

Su cerebro de ahora, el humano, le dictaba horarios y conductas que no pretendía, que no quería, que odiaba.

“¿Es por las clases de piloto?”, insistió.

“No debí de decírtelo”, respondió él lo mejor que pudo.

“¿Ocultármelo?”, se azoró Elsa.

Si se prestaba al juego terminaría revelando sus secretos.

Sonrió cansado.

“No”, expiró.

Ella al fin se acostó y rozó su mejilla izquierda con los labios, como si se tratara de un beso.

Él le respondió como quien acaricia la cabeza a un perro anónimo que está sentado a un costado. Un perro desconocido que tiene una cabeza para acariciar. Nada más.

El sueño no tardó en liberarle del presente.

El empleo acudió en su ayuda a la mañana siguiente, como en un lunes anhelado.

Los niños desayunaban mientras él compaginaba su maleta de trabajo.

“Hay reunión de padres a las cinco y luego otra, del AMPA”, informó Elsa, que presentaba trazas de mal dormir. Lo dijo y su mirada le taladró la inconsciencia del que no quiere saber.

“Vale”, contestó, sabiendo que le eran ajenas ambas concurrencias. No se ocupaba de eso. Lo suyo era el césped de fin de semana y las chapuzas.

“Llegaremos para la cena”, agregó la madre.

Supuso que el “vale” anterior contemplaba la extensión oral de ella.

Besó las cabezas de los críos y la mejilla de la mujer.

Salió de la casa sin dejar rastros.

Las cinco de la tarde llegaron de forma ardua.

El jefe le recriminó algunos trabajos sin terminar advirtiéndole que mañana debería quedarse hasta finalizarlos.

“Últimamente parece que estás en las nubes”, dijo con ceño fruncido.

No saludó al salir.

Subió al coche y puso rumbo a Cuatro Vientos.

Quince minutos escasos.

Llegó con retraso, como siempre.

Su compañero, el piloto y el instructor de paracaidismo le esperaban nerviosos.

Se disculpó someramente y subió a la avioneta.

“Ya sabéis, no sois novatos…”, explicó Anselmo, ex paracaidista del Ejército del Aire del Reino de España.

Conocía a su compañero; habían practicado juntos. Un joven de no más de veinticinco años, apuesto, temerario, insoportable.

“Anda tú primero”, escuchó.

Negó con la cabeza y comenzó a quitarse el paracaídas.

“No lo ajusté bien”, argumentó.

“Tú mismo”, dijo el guaperas.

Y saltó cuando la luz roja se encendió.

Desde arriba le vio plegar los brazos y caer como una saeta, a toda velocidad.

Un vuelo perfecto, se dijo.

La voz del instructor le llegó desde la cabina.

“¡Siguiente!”

De nuevo la luz.

Roja.

Le tocaba a él.

Saltó como la última vez, con total libertad. Nadie, detrás, le observaba.

Planeó un poco, agitó los brazos y las manos se le movieron solas, a influjo del aire.

Probó aletear, como una gaviota que carretea.

Se estaba bien en el aire; el mundo era lo estaba allí debajo y era, a la vez, lo menos importante que le podía suceder.

Aún no estaba preparado para piruetas, pero lo intentó en vano. El cuerpo se le desmadejaba y sonrió. Con la mente, porque sus labios temblaban descontrolados por la caída. Desde el pecho le nació una carcajada que no se tradujo en la boca.

Le dijo a su hijo, “ven”, pero el niño no le hizo caso y se volvió para irse sin palabra alguna.

Se lo dijo a su hija y solo recogió una sonrisa condescendiente.

Elsa le miraba sin pestañear.

No quiso saber qué pensaba.

¿Cuánto había permanecido en el aire?

El suelo estaba ahí, a menos de doscientos metros.

La policía interrogaba al instructor mientras un hombre de gafas rellenaba el formulario con las declaraciones.

“Fue cuando dimos la vuelta hacia el aeropuerto que vi el paracaídas ahí, en el piso de la avioneta”, dijo consternado.

Aquello podía costarle la licencia.

“No sé, nunca me había pasado nada igual”, aseguró.

 

Publicado la semana 26. 01/07/2018
Etiquetas
CaÍda libre-La trampa , Los pájaros
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