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Pela

VUELOS

De pronto ya no estaba ahí. era como si hubiese desaparecido, pero no estaba muy lejos. Al igual que las mariposas, batía sus alas y quebraba el vuelo para no convertirse en algo al alcance de la mano.
Fue en algún momento, sin duda inesperado, en el que se posó, quieta.
Yo imaginé que libaba un desconocido néctar o polinizaba una exótica flor.
Pero no, solo estaba allí,  inerte, casi desconocida.
El movimiento de sus alas era convulso, enfermizo, solo mostraba un hálito último que le acercaba al final.
Recuerdo la pena enorme que me invadió al presenciar su agonía.
No murió enseguida ni después, tan solo se fue desgastando, limando su vida contra un muro sin sentimientos.
Aún hoy, cuando nos cruzamos en alguna calle desconocida, puedo adivinar la incomodidad que le produce esconder sus alas y su rostro marchito queda oculto bajo un velo finamente elaborado, que ha quedado a medio hacer.
Yo nunca pude volar, siempre anduve al ras del suelo y, muchas veces, reptando.
A veces ansío la profetizada metamorfosis, pero pasan las primaveras y sigo igual.
Preferiría no volver a verla y guardar su recuerdo en la bolsa de los olvidos, pero no consigo sustraerme de su desgracia.
Decididamente, los tiempos nos han alejado del futuro.
Pero, si algún día, como por encanto, consiguiera la magia de volar, volaría, entonces, por los mismos círculos que ella y me posaría en un terreno similar, solo por ver si está cerca, aunque tengamos que escondernos las alas cuando me cruce con ella.
Podría desgastarme, felizmente, contra el mismo muro u otro cualquiera para alimentar la espera.
Esa agonía y esta que vivo, son iguales.
Lo mismo da.

Publicado la semana 25. 18/06/2018
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