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Uno (yo, en este caso), llega a un punto en el que empieza a darse cuenta de que los años están pasando...

No es "el tiempo", son "los años".

El tiempo es más anónimo, de goteo armónico, es más incontable.

Los años, no. Los años vienen en envases de trescientos sesenta y pico de unidades y uno va ingiriendo su dosis diaria.

Dicen que el tiempo mejora las cosas: un vino, un jamón, un encurtido...

Los años, no. Los años ponen fecha de caducidad en los productos, hacen advertencias, habilitan y derogan.

"Con el tiempo lo vas a entender...", dice alguien y no te pone límites, solo te anima, te dice que va a pasar en algún momento y suena a presagio dulce, a presagio de lluvia mansa sobre tierra recién cultivada y te brotan los "gracias". O casi...

Los años son más agresivos y hay que cuidarse de ellos hasta con cremas anti arrugas.

"¡Ya tienes dieciocho años...!"

Esa frase implica, de alguna manera, que el mismo día de tu decimoctavo aniversario te cae encima (te tiran) una maleta llena de artículos que nunca pediste, pero que están y, además, se te abre en el camino y ahí se queda todo, desparramado, para que lo vayas ordenando, por ejemplo antes de casarte y formalizar una nueva familia.

Me di cuenta de la diferencia entre "años" y "tiempo" hace unos pocos días cuando escuché a alguien que le dijo a otro alguien: "...no aparentas los años que tienes...". Me di cuenta de lo humanas que son ciertas mediadas, de lo sociales que son, de lo productivas...

El tiempo es más vasto, está ahí, a un costado, siempre. Pero, hay veces en las que pasa desapercibido.

Los años son etiquetas en los recuerdos, la guía de un archivo que no siempre es útil ni siempre está bien archivado.

El tiempo te regala canas en el pelo y arrugas en la piel; no te las impone, te las cede.

Los años te relegan en la fila del paro o en una cola para un empleo.

El tiempo te hace eterno.

Los años te vuelven obsoleto y perecedero.

El tiempo te da la razón..., bueno, a veces...

Los años te cambian las preguntas.

No quiero entretenerme contabilizando días, pero si no lo hago se me vencen las facturas, aparece gente que se enfada si no llamo en la fecha exacta de su cumpleaños, etc.

De todas formas, no importa.

Van a seguir cayendo las hojas taladas en los calendarios, van a seguir girando las agujas presas del reloj en ese viaje inconducente, tantálico, veloz y yo seguiré apurado, conducido, cuestionado y demasiado ocupado en la estética del devenir sin que importe demasiado la esencia, demasiado ocupado en retener alguna fecha en concreto.

Todo esto sucede y sucederá y, a pesar de ello, el tiempo nos seguirá meciendo sin importar que la carne ya no sea firme, que los ojos que sonríen alteren varios rincones del cutis, que las manos parezcan más grandes, que el corazón comience a protestar, que la memoria deje bien guardadas las cosas que ya no son tan importantes.

El tiempo que me toca vivir no son, precisamente, los años.

Si es que todos somos iguales, como dicen por ahí, es en eso: todos tenemos un tiempo para vivir, pero no tenemos las mismas medidas.

El tiempo cura las heridas, las del cuerpo, las del alma.

Los años y sus engranajes básicos miden los tratamientos de la cura y los "cada ocho horas".

No sé, todo esto son solo palabras, no me lo tomo muy en cuenta, debe ser que me vuelvo viejo. Los años no pasan en vano...

Y yo, aquí, perdiendo el tiempo.

 

Publicado la semana 24. 11/06/2018
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Años-Pablo Milanés
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