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Pela

EN EL CAMPO

Onésimo Villalba sube casi  todos los días a trabajar su parcela de tierra. Salvo algunos días de diciembre y algunos otros de enero, asciende la ladera de la sierra jalando de su burro viejo cargado de enseres de labranza.

Llega a su pequeño espacio bien temprano en la mañana, madrugando al sol y allí se queda hasta bien pasado el mediodía.

"En el campo siempre hay algo para hacer", reza en voz baja.

Su espalda ya no sabe de verticalidades, tantos años acercando los ojos a la tierra han dejado la piel del rostro de ese color y le han producido cambios en los huesos, cambios que no tienen cambio.

Después del mediodía emprende el descenso llevando, cuando hay, algo de lo que se cosecha, según la época. En otoño e invierno solo lleva berzas y cansancio.

Llega y come con su mujer, duerme una corta siesta, hace alguna chapuza en la vieja y enana casa de piedra y vuelve a subir.

La noche, por lo general, es la compañera del segundo regreso.

Onésimo siempre repite lo mismo: "La tierra está perdida, ya no rinde...", pero va, va todos los días, es lo único que sabe hacer porque nunca le enseñaron a descansar.

En el pueblo hay rondas de bares en las cuales, entre cerveza y cerveza, entre pincho y pincho, resuenan las mismas palabras: "La tierra está perdida..." y parece que hasta brindan por ello.

Afuera de los bares esperan los "todoterreno", producto de ventas de tierras urbanizables en tiempos más felices.

Onésimo nunca quiso vender lo poco que tenía, heredado de su padre y del padre de su padre. Tampoco nadie nunca se lo quiso comprar. Las empresas pocas veces compran lejanías.

Él ve que a "su" tierra cada año le cuesta más parir los frutos y que el agua, cada año también, está un poco más lejos, está un poco más seca y teme que dentro de algún tiempo ya no esté.

No hace falsas especulaciones con sus miedos, ellos le enseñaron que la vida sigue adelante y que muchas veces son solamente un juego de azar, ellos, los miedos, son un estado de alerta sobre futuros y sobre la velocidad con la que llegan al presente.

Onésimo ha respetado las reglas de ese juego y sigue jugando en el mismo equipo desde hace una vida, en el equipo perdedor, el que pierde con un gol sobre la hora o pasado el tiempo reglamentario, no importa lo bien que haya jugado.

Onésimo nació, creció, vivió y, seguramente, morirá allí, en donde algún cristo afamado le puso para que hiciera lo que hace y lo que hizo: nacer, crecer, vivir y morir. Ese cristo se presenta los domingos, en la iglesia, incorporado a un señor que, desde el atrio, le interpreta y parece saber lo que dice. Aconseja sobre los beneficios de la pobreza y él sonríe, se siente bien, confiado y entona cánticos y suelta las pocas pelas que tiene, dentro del cepillo que le acerca la señora gorda, la esposa del constructor que vendió su tierra, lindera a la de él, y construyó con su empresa una urbanización cerrada, justo en el camino a su parcela y le alargó al doble la distancia entre casa y labor.

Onésimo vuelve el domingo, después de la misa, a su casa, a descansar, porque dice el cura que los domingos no se trabaja. De todas formas, por la tardecita cuando cree que nadie lo ve, se manda sierra arriba a echar una ojeada, a cuidar que todo esté bien. Este es el único pecado que comete unas cincuenta veces al año y no se queda tranquilo, ¡a ver si esta rebeldía le cuesta el reino de los cielos!

 

Publicado la semana 22. 28/05/2018
Etiquetas
Las cuatro estaciones , La sierra de Gredos , A campo abierto
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