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Pela

LOBIZÓN

Nació en una noche de luna llena, tal vez un viernes.

Fue el séptimo hijo varón en una familia de campesinos conchabados en una estancia, en el interior profundo del país. Uno de esos lugares a los que casi nunca llega nadie.

“Hay que ver qué disgracia, m`hija”, decía el padre a quien le quisiera escuchar. Y todos le escuchaban. Era el mantra preciso para conjurar o para no hacerse cargo de lo que podría llegar a ser la criatura.

Le pusieron por nombre "Santos" para intentar minimizar el legendario maleficio.

El cura del pueblo se hizo cargo de la hoja de ruta de la vida del niño.

La infancia de Santitos no fue fácil y tampoco lo serían ni su adolescencia ni su juventud.

Abandonó la teta temprano.

Jugó con las hierbas y con las piedras del patio largo y polvoriento.

En la humilde casa de adobe, donde moraba la familia, había una habitación vacía, una habitación (la única) con puerta en vez de cortina y barrotes en el único ventanuco alto, pegado casi contra el techo. En esa habitación pernoctaba Santos en las noches de luna llena. Allí era encerrado con las últimas luces del crepúsculo y liberado junto a las primeras del alba.

Decían que por esas noches se escuchaban lastimeros aullidos de un cachorro, decían, por esas noches encendidas de blanco.

Las miradas nocturnas de los habitantes de la casa, así como sus oídos, se clausuraban y no querían registrar estímulo alguno. Y fue así que, casi solo, se inventó el mito del perro que se acercaba a la casa para aullar todas y cada una de aquellas noches de luna llena, mes a mes y año a año.

Nunca nadie vio a tal perro.

Mejor.

Lo cierto es que, hablando de perros, la perrada de la estancia, muy numerosa como en cualquier estancia, se apartaba temerosa al paso de Santos, se ocultaban todos en su propia muchedumbre y solo alguno, más osado que el resto, gruñía furtivamente.

Santos jamás les había prestado atención.

Cuando fue un poco más grande, su padre comenzó a llevarle al puesto de estancia más alejado de las zonas pobladas; era una casilla sólida e inexpugnable, pero inexpugnable solo de adentro hacia afuera.

Allí pasaba Santos sus noches de luna llena, casi siempre despierto, casi siempre asomando sus ojos por la ventana carcelera intentando seguir el derrotero del satélite.

Los años se hicieron mozos y se volvieron, luego, adultos y los viejos se murieron sin que la paz les alcanzara. De los seis hermanos restantes nada más se supo, ni en la estancia ni en el pueblo. No quedó nadie, ni siquiera un rastro de terror pagano y simple. Santos también se marchó, pero a Europa, buscando liberarse de su crónica cruz o, al menos, queriendo depositarla en algún lugar del mundo donde la leyenda no tuviese peso.

No es de extrañarse que a su arribo al viejo continente y por costumbre, buscara un lugar similar al que se había criado y fue así que se radicó en la sierra de Gredos. Allí desarrolló todo tipo de tareas agrícolas y cimentó el olvido de aquellos tiempos peores, aquellos tiempos en que le juzgaban sin conocerle, en el que basaban juicios y razonamientos en el ignorante colectivo.

Varios años lograron acoplarle al núcleo poblacional en el que había decidido comenzar una nueva vida.

Todo cambió para Santos, salvo el embrujo que ejercía la presencia nocturna de aquel disco blanco colgado de la bóveda azul, casi negra. Cada noche de luna llena se adentraba en el bosque buscando una roca cómoda sobre la que sentarse y embelesarse en la contemplación pacífica de aquel objeto adorado.

Una mañana, los habitantes del pueblo vieron bajar de la camioneta de la guardia civil a don Juan Segundo, el cabrero. Iba esposado y dos policías le flanqueaban.

Se difundió como reguero de pólvora las razones de la detención.

Aparentemente, la noche anterior había salido de su casa, don Juan Segundo, escopeta en ristre, a espantar a los jabalíes que asolaban su majada.

Los jabalíes, los nervios, la noche, la escopeta, todas ellas fueron, un poco, las razones del desenlace.

La consecuencia: la muerte nocturna de Santos con un tiro en el pecho.

Mientras dos enfermeros llevaban el cadáver desde la camioneta policial hasta la ambulancia, don Juan Segundo no cesaba de decir, angustiado: "¡Era un lobo!” y repetía “¡Estoy seguro que era un lobo!".

 

Publicado la semana 21. 21/05/2018
Etiquetas
The wolves and the Ravens-Rogue Valley , El lugar en donde vivo , Al sol
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