Semana
20
Pela

LA MANO DERECHA

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Relato
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Antonio es un hombre sumamente especial para mí. Le conozco desde hace muchos años y le aprecio en grado sumo por su calidad como ser humano y le admiro por su excelencia como escritor.

Del pretendido conocimiento que presumo tener sobre su persona, destaco la sensibilidad que emana para con quienes le rodeamos, pero mayor es en lo que refiere a su esposa, Laura.

Antonio es un sujeto centrado y mi extrañeza por su comportamiento de los últimos tiempos era algo nuevo, por lo que elegí esperar antes de concluir sobre causa alguna.

Laura le había abandonado, me enteré. La relación había dejado de funcionar desde hacía años, según se comentaba en los corrillos y Antonio, a pesar de ello, no conseguía hacerse a tal idea.

Luego de un tiempo prudencial logré estar convencido de que mi amigo estaba experimentando un serio problema de obsesión.

Si bien su tarea de escritor no se había resentido, sino, por el contrario, crecía por momentos, toda su obra versaba, de una u otra manera, sobre “ella”. Sus trabajos literarios ponían de manifiesto ya fuera rencor, esperanza o simplemente una añoranza. Cuando era invitado a exponer, invariablemente, el tema obligado era “ella” (o algo que la involucraba).

En su día a día eran notorios los cambios de humor, lo taciturno de su jornada y la apatía en general que ganaba su presencia.

Siempre fuimos buenos amigos y era por eso que sabía de su renuencia a comentarios sobre su vida afectiva.

Una tarde, en medio de un café y abordados, ambos, por un silencio de presagios, me armé de valor y se lo dije, le dije que creía que estaba teniendo un problema con la ausencia de su ex mujer.

Esperando una mirada que desautorizara mi comentario y preparándome para lo peor, observé sus ojos apagados directamente sobre mis pupilas y escuché las palabras: “tienes razón…”

Acto seguido extrajo unas monedas de un bolsillo, pagó los cafés y se fue sin saludar.

Convencido de su enojo no volví a tomar contacto con él durante un tiempo de espera, siempre aguardando su llamada.

Semanas después supe que estaba internado en un hospital siquiátrico porque se había amputado la mano derecha con un hacha.

No voy a decir que me sentí responsable de su acto. Y si lo hice, no lo recuerdo.

No dejaron que se le viera durante su internación y debí esperar hasta unos cuantos meses después, cuando le fue conferida el alta médica.

Resolví visitarle, previa llamada de cortesía y fui recibido unos días después.

Estaba mucho más delgado y el muñón que descansaba sobre la mesa que nos separaba me producía severos escalofríos; no podía olvidar que a ese extremo romo había estado pegada la mano que traducía la genialidad de los pensamientos de aquel amigo.

Nos sentamos en los sillones y lo primero que dijo fue: “aprendí a escribir con la izquierda…” Dejé el tema de lado, por obvias razones y transité lugares comunes, amigos de amigos, etcétera. Quería convertirme en un banal pasatiempo que le sacara de ese lúgubre lugar en el que había optado vivir.

Durante dos horas mantuve la charla y no arranqué ni un movimiento de cejas de mi apagado interlocutor.

Miré el reloj y surgió una excusa para marchar.

Antes de irme, en la puerta, le dije que contara conmigo para lo que fuera y se lo recalqué.

Nos despedimos sin asomo de efusividad y no fue sino hasta varias semanas después que tuve noticias de Antonio.

Iba ya a acostarme a dormir cuando sonó el teléfono. Atendí y era él.

“¿Puedes ayudarme?” me preguntó.

Dije que sí, que claro, que a la mañana siguiente…

“Voy para ahí” fue la respuesta antes del click de colgar.

Escasa media hora después sonó el timbre.

Ya estaba preparado para recibirle.

Fui hasta la puerta y abrí.

Allí estaba parado él, con su brazo derecho colgando a un costado y un hacha en su mano izquierda. Me la tendió y dijo: “ayúdame…”

Publicado la semana 20. 15/05/2018
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Adiós Nonino-Astor Piazzolla , Cortázar , Apoyando el libro en la mesa
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