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02
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Como cada noche entre martes y sábado iban a encontrarse allí, en aquel breve espacio físico que les acogía desde hacía ya algunos meses.

Leían poesía.

Leían sus propias poesías, cada uno la suya y se entregaban con fervor para transmitir lo que creían haber escrito de forma solapada, como para no volverse demasiado visibles.

La vida corría a raudales durante esos cinco días a la semana.

Las mañanas eran para dormir, los mediodías para no comer y las tardes para escribir. Las noches eran para la gloria inasible.

Los dos días restantes eran la realidad del olvido presente entre paréntesis circunstanciales.

Por las noches de entre semana los cuatro se miraban de soslayo y eso ocurría desde el principio; amenazantes y amenazados a un tiempo, pero concientes de ser algo genuino que estaba destinado a sobrellevar cualquier tipo de amenaza, interna o externa.

Se reunían separados y cada quién esperaba su turno, rotativo en las noches, salvo en una, la del sábado, preámbulo del tan mentado olvido de domingo y lunes, días sentenciados por sobradas experiencias.

Los sábados mandaba un sorteo.

Un jueves de esos jueves, faltó Raquel y los tres restantes se cuidaron muy bien de sorprenderse.

La noche terminó una cuarta parte antes.

Y Raquel nunca volvió a aparecer por ahí.

Una semana después fue Julián el ausente y los dos restantes elaboraron en forma conjunta un suspiro con olor a responso.

No quedaba mucho márgen tras la pérdida de los desaparecidos (todos sabían que Julián jamás volvería), por lo que ambos se preocuparon de intentar llenar aquel espacio abierto como una herida desbordada de sal.

Fue un mes después que Fabián no concurrió y Soledad se quedo en nombre y presencia frente a una masa esquelética de público que no la oyó recitar, le vió llorar a mares, ese sábado antes de domingo. De todas maneras se dejaron escuchar un puñado de aplausos tímidos, respetuosos, compañeros.

Soledad tuvo dos días para buscar, para entender, para intentar interpretar las ausencias acontecidas. Se vió presa de una frecuencia que amenazaba su único amor, su amor de cinco días a la semana.

Llegó el martes y el público estaba ahí, esperanzado, ansioso y alcoholizado, pero la silla y la mesa con el delgado micrófono permanecían vacías.

Cuando dieron las cuatro de la mañana uno amagó a levantarse para salir. Un brazo estirado le retuvo.

A las seis los bostezos eran franca mayoría y la velada se dio por concluída.

No hubo disculpas por parte de la dirección.

Así transcurrieron el miércoles, el jueves, el viernes y el sábado. De veintidos a seis la concurrencia se desvelaba y buscaba con ojos sedientos de palabras la presencia de algún poeta.

Nada ocurrió. Asistieron a una semana de sillas vacías, a una maldición bíblica.

Al martes siguiente el público mermó de forma notoria. Los responsables del local acercaron a otros jóvenes pletóricos de palabras y rimas, con sentidos oportunos y deseos aleatorios. No eran iguales. Los que se habían ido, los que ya no estaban tenían una historia inconclusa y misteriosa conformada con los espectadores. Los nuevos solo recogían sus paracaídas y balbuceaban.

La magra asistencia llevó al cierre del local en menos de un mes.

Nada más ocurrió, salvo las diferentes relaciones que se habían creado durantes las veladas, tiempo ha, otrora vivas y ya muertas.

Pero de pronto, una tarde, alguien recibió una notificación en el móvil. Alguien que estaba en contacto con otro alguien de los algunos esparcidos por la ciudad.

"Julián trabaja de reponedor en una tienda del barrio aquel..., tal y tal", especificaba. A las veintidos horas una leve marea humana ocupaba la acera que recibía la salida de los empleados de la tienda.

Esperaron hasta que la puerta metálica se silenció.

Uno corrió tras un empleado rezagado y le preguntó por Julián.

"Libra hoy y mañana", respondió el dependiente sin detener el paso apresurado.

Había fallado el factor sorpresa.

Un día después alguien dio la voz de alarma: "Raquel vive en la calle de fulano, esquina con la de mengana, en el número equis, piso tanto y apartamento cuanto".

Hacia allí se dirigieron las huestes relegando a Julián al olvido.

Luego de cuarenta y ocho horas de vigilia alguien tuvo a bien preguntar a un vecino por Raquel.

"¿Quién?", le respondieron.

Con gestos cansados se disolvieron en un líquido atardecer de miércoles.

Tuvo que pasar casi un mes sin nuevos ni viejos intentos para que la alerta reverdeciera.

"Fabián y Soledad se casaron en la iglesia del santo de por acá", decía el mensaje, "hace quince días", completaba.

Cuando la avanzadilla preguntó por la pareja, el cura párroco les informó que estaban de luna de miel pero que creía que no regresarían al barrio y, probablemente, tampoco a la ciudad.

La desazón ganó al conjunto y poco a poco se fueron desmenuzando y retomaron la linealidad que cada vida suele construir.

Aún al día de hoy (un jueves), no queda quien no pase, aunque muy esporádicamente, a las diecinueve o a las ventidos por la puerta de salida de los empleados de la tienda en la que trabaja Julián.

Todos dicen que él nunca sale o que ya no trabaja allí. Pero nadie quiere preguntar.

La casa de Raquel se mantuvo sitiada por semanas, pero la policía les alejó de ella deteniendo a algunos bajo sospecha de algo incomprobables y sin querer escuchar ninguna explicación.

Dicen que en varias oportunidades alguien se propuso reiniciar los encuentros y rememorar las palabras de los poetas desaparecidos, pero nadie recuerda siquiera el comienzo de alguna de las poesías.

 

 

 

 

 

 

 

Publicado la semana 2. 09/01/2018
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Suite Nº 1 de Bach por Yo Yo Ma , La noche , Borracho , Ruinas
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