Semana
19
Pela

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I

La plaza estaba tan vacía como el cielo; un encarnizado sol de principio de verano ajusticiaba, desde arriba, a las insensatas criaturas que osaban exponérsele. El único árbol alto y antiguo pugnaba, sin suerte, por repartir su sombra a los más necesitados. El vaho del asfalto velaba la nitidez de las imágenes más básicas.

Hacia la sombra de ese árbol se encaminaba André con su mochila de lona color verde oliva, soportando un peso que se multiplicaba, exponencialmente, ante el aumento de la temperatura.

No era un mediodía ideal para transitar avenidas pero, para André, era el único mediodía posible, Marisa, su esposa, estaba dando a luz en el servicio médico y André quería llegar para estar a su lado y presenciar el nacimiento de la niña.

 

II

Había llegado proveniente de Mali unos nueve años antes, cuando "llegar" era la suerte de los elegidos. Allá atrás quedaron hermanos, padres, amigos, pueblo y, más atrás aún, una concepción de la vida muy diferente a la que practicaba en la actualidad. Recordaba con nitidez el día de su partida y la vergüenza que experimentó frente a sus amigos ante tanta alegría inconsciente. Recibió abrazos, besos, palmadas en la espalda y un rosario largo de buenos deseos.

Años duros los del principio, a su llegada; durísimos, al tiempo de estar aquí; insoportablemente duros, los últimos cuatro.

Sin documentos, sin empleo, con una casa postiza que podía prescindir de su presencia en cualquier momento, pero con Marisa, a quien conoció cinco años antes en una estación de metro.

Un encuentro fortuito, sin duda, un diálogo telefónico, de ella, con alguien invisible que indirectamente le contó, a él, que ella era de allí, de donde era él.

Mientras ella hablaba sus miradas se cruzaron y sonrieron, luego sonrieron sus labios y al final de la llamada de ella, se quedaron quietos, sin palabras de por medio, pero sabiendo que aquella estación de metro había sido signada, para ellos, como lugar de encuentro y no de espera.

Se vieron, durante un tiempo, entre horas.

Más tarde juntaron sus inestables pobrezas y decidieron compartirlas bajo un mismo techo.

André trabajaba, “en negro”, en una empresa que se dedicaba a limpiar los cristales de otras empresas e iba de aquí para allá con su cubo y su escobilla borracha de detergente.

Marisa también limpiaba, tres días por semana en una casa de familia.

Entre ambos formaban una pequeña economía sumergida estable y nunca pujante.

El tiempo hizo lo que hace el tiempo y Marisa se embarazó de André. Se lo contó con la felicidad irradiando desde su hermosa dentadura. André escuchó la noticia y saltó, gritó y rió hasta las lágrimas.

Juntos planearon fantasías colindantes con su realidad extrema y urdieron planes de futuro que bendijeron con besos y caricias.

Los sábados por la tarde les hallaba en la iglesia aguardando la bendición. Sus ojos vagaban entre las figuras de santos y patronos y buscaban, sin saberlo, un indicio de su propia fe impreso en los muros. El cura hablaba para todos y ellos eran “un todo” en sí mismos, los tres.

Pero el protectorado del cielo en el que creían les dejó sin asilo, quedaron a la intemperie de toda esperanza cuando Marisa fue cesada en su empleo a causa del embarazo.

"No puedes trabajar en ese estado" le dijeron y buscaron a otra persona.

André duplicó su producción, pero para Marisa el trance estaba volviéndose complicado.

Un par de visitas inesperadas al ginecólogo dejaron a André sin su trabajo.

"Te necesito todos los días" le explicaron, "Si no puedes estar..."

Y ya no estuvo más.

Se mudaron, con sus ínfimos ahorros, a un pueblo más alejado en donde “la vida”, les habían dicho, era más barata.

Ni así.

Los últimos dos meses fueron una real prueba de supervivencia. Iglesias, oenegés y asociaciones benéficas significaron la referencia constante para la pareja.

Marisa caminaba con dificultades; sucesivos dolores dejaban en claro que su gestación tenía el merecimiento de una atención médica más dedicada.

Las filas de fines de primavera, en el dispensario, eran idénticas a las de cualquier otra época del año, el mismo flaco horario (de ocho a una),la misma cantidad de gente, las largas esperas y las personas despachadas, receta en mano, al cabo de diez minutos.

Se acercaba el día concluyente.

Y ese día llegó.

Dos semanas después Marisa rompió aguas y se lo dijo a André.

André bajó las escaleras del viejo edificio de tres plantas subido a una excitación extrema. Llegó al teléfono público y llamó a emergencias para pedir una ambulancia. Cuatro euros después consiguió aclarar su identidad, situación y premura.

Sus pies le devolvieron a la habitación de la parturienta.

Para no perder tiempo le bajó en brazos y en brazos la mantuvo hasta la llegada del vehículo de emergencia.

"Solo ella", le dijeron.

Quiso discutir, explicar, pero se encontró con una portezuela trasera cerrada y un motor afónico anunciando la partida.

Eran las seis de la mañana. La claridad se adentraba en el día.

André volvió a la habitación y juntó ropa y enseres dentro de su mochila color verde oliva y partió hacia la maternidad del hospital.

"A la capital", le habían dicho.

Treinta quilómetros más allá de donde estaban sus piernas ahora.

Ya no le quedaba dinero.

Las primeras horas frescas del día se volvieron más cálidas con el correr de los quilómetros hasta desembocar en una cascada de fuego que evaporaba el sudor de su cabeza calva.

Hombre y camino compartían la distancia.

 

III

Dejó la mochila sobre el banco de la plaza, se secó la transpiración que iluminaba su piel y escupió sequedad sobre una tierra más seca que su saliva.

Cargó de nuevo el equipaje sobre su espalda y sonrió ante la brevedad de tiempo que le separaba del ansiado encuentro.

Hacía cálculos sobre lo que duraría el trabajo de parto y sonreía más.

A la una de la tarde estaba desfallecido y preguntando por Marisa en el fresco hall de entrada del hospital; preguntaba por un número o algo que respondiera a cualquier dato sobre la ubicación de ella, o de ellas, dentro de aquel encajonado y compartimentado edificio.

Le ordenaron que tomara asiento y esperara. Se sentó pero las piernas no obedecían y simulaban pasos quietos que no le permitían abandonar el asiento.

Se abrió una puerta, salió una doctora con gafas alargadas y fue hacia la ventanilla.

La señora que reinaba detrás del cristal le señaló.

La doctora avanzó hacia él y preguntó: "¿André Mbupomi…? ¿Se dice así?".

Él se puso de pie, sonrió todo lo que pudo y dijo: "Si..."

"Lo siento..." comenzó a explicar la facultativa, mientras acomodaba las gafas sobre su nariz pequeña.

 

Publicado la semana 19. 07/05/2018
Etiquetas
Requiem, W.A. Mozart , Los caminos de Ávila , A la sombra
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