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Pela

FIN DEL TRAYECTO

Subió al tren una hora después de lo esperado.

Nadie dio la más mínima explicación por el retraso; simplemente, cuando fue anunciado, ya era una noticia vieja.

El número de plaza, en el boleto, decía "150". Jamás, que recordara, le había tocado un número tan medianamente redondo de asiento. "Mala señal", pensó, pero desanduvo los pasos hasta ubicarse frente al cartel de la cifra designada, rogando que la plaza contigua, junto a la ventanilla arrasada por el sol, estuviese vacía.

Bingo!

Antes de flexionar las rodillas y curvar su cintura para plegarse sobre la butaca, hizo un paneo general de la escena. Destacó, a saber, una familia compuesta por múltiples participantes que mezclaban sus roles en una confusión definitivamente genética. Las dos chicas eran hermanas, eso estaba comprobado, las diferenciaban algunos quilos estratégicamente ubicados en la humanidad media de una de ellas, de la que leía en la Tablet. La otra vestía ropa ceñida. El niño era un hijo, seguro, y de la más delgada, aunque la otra (la tía-hermana) se arrogaba el derecho inherente de la reprimenda constante. Incluyó al rubio extranjero que no cesaba de hablar en ingles por el microteléfono que cabalgaba sobre su oreja derecha, en el asiento apartado, como el padre de la criatura. Las rubieces coincidían.

El sujeto delgado y moreno que deambulaba por el pasillo, de asiento en asiento, haciendo comentarios académicos sobre demoras, distancias, tiempos y llegadas, alardeaba del desconocimiento más básico sobre la ruta por la que discurrían.

Era una incógnita por resolver: podía ser el tercer hermano (seguramente más pequeño) o el esposo de la hermana más regordeta.

El quinto, y último componente del núcleo familiar, parcialmente extranjerizado, era invisible a los ojos del observante, el respaldo del asiento le ocultaba.

Cuando las dos chicas y el joven itinerante le llamaron "papá", solo quedó la alternativa de otorgarle, al oculto, un rostro antojadizo, a la espera de una mejor visibilidad.

Listo, el caminante era hijo-hermano-tío de la comparsa viajera.

Prosiguiendo con el paneo sobre el ala izquierda, el viajero descubrió a dos señoras morenas con sus cabezas envueltas en pañoletas multicolores y portadoras de unas caderas lindantes con lo exagerado. El tono de voz de una de ellas le llevó a comprender que se trataba de antiguos pobladores de Centroamérica; hasta se animó a apostar, internamente, claro, que se trataba de cubanas. Las acompañaban dos niños, un varón y una niña, presumiblemente hijos de una de ellas e implicados en una pelea de roles indigerible para quienes eran ajenos a ella. Eso derivaba en constantes desplazamientos por el pasillo topando lo que se les ponía delante, incluso los cuerpos lateralizados de los viajeros.

El resto de los ocupantes, alejados del viajero, no revestían mayor importancia, estaban lejos. Aunque el sexagenario desdentado de la cuarta fila le produjo, sin saber por qué, cierto resquemor.

La rubia que estaba de espaldas contra la cabina del maquinista no era relevante, salvo sus piernas torneadas y bronceadas.

Detrás había más ocupantes, no muchos, pero no incidían en el cuadro analizado en treinta segundos.

Pero, exactamente detrás de su asiento, una señora que venía en el tren y un joven que había ascendido a su lado al mismo tiempo, dialogaban anárquicamente dejando establecida una frontera generacional que nada tenía que ver con mapas y banderas. El diálogo rozaba lo absurdo y los familiares del chico no cesaban de aporrear la ventanilla intentando llamar la atención del rebelde que partía, eso, sin éxito, claro.

Cuando la máquina por fin se puso en marcha, el hombre, sin quitarse las gafas de sol, cerró los ojos para regalarse un sueño descansado durante la mayor parte de las cuatro horas que le restaban de viaje.

Antes de que transcurrieran diez quilómetros de vías, el teléfono móvil de una de las etiquetadas como cubanas, había repiqueteado estridentemente, con un tono de teléfono antiguo, dando a entender que eso sería una de las constantes del viaje.

Las distintas entonaciones que usaba para hablar con los llamantes daba a entender, imaginariamente, que se trataba, ora de amigos o de clientes o de familiares; los tonos de voz eran diferentes.

El niño rubio ya no soportaba las patatas fritas, ni el zumo, ni los lápices de colores, ni las láminas a destruir; tan solo necesitaba dormir, pero estaba demasiado estimulado por el bullicio circundante y se dedicaba a dar puntapiés a la parentela, berrear como un cordero y mencionar que quería hacer caca o pipí, alternativamente.

Sus mayores pretendían ignorarle, salvo su presunta tía, quien no perdía oportunidad en remarcarle que su conducta era de lo más impropia para el medio compartido y urbano en la que se manifestaba. No tenían éxito sus reproches y arreciaban los gritos infantiles reprobando la ignorancia o altivez de sus mayores. El presumible (y presumido, padre, holandés, según supo después) charlaba, inconsecuentemente, con una pasajera rumana con ganas de hablar sobre cosas sin importancia que se había aquerenciado en el asiento contiguo al rubio aduciendo que "allí, estaba más fresco".

La pasajera rumana soltaba imprecaciones sobre la empresa, el maquinista, el gobierno y la comunidad europea, recalcando que ella era comunitaria, pero no tenía permiso para trabajar en España y, además, con el retraso de la línea, perdería el trasbordo con el tren para Cuenca, quedando desamparada en la noche madrileña.

Bajo las gafas de sol, al abrigo de la noche y rechazando la tortura lumínica del vagón, el hombre mantenía un monólogo interno incesante en el que todas las respuestas coincidían en una sola pregunta: ¿cuánto falta para llegar?

Bastó con que, un tiempo después, el anciano desdentado y alejado se encaminara hacia los asientos de la familia en desconstrucción y comenzara a dialogar, infructuosamente, con el niño exacerbado, para que la secuencia fotogramática del viaje se volvieran una película de terror psicológico.

Llamadas a las cubanas, diálogos incoherentes a sus espaldas, niños y ancianos distanciados en una charla estéril, inmigrantes rumanos desconformes, rubias anónimas de torneadas piernas con auriculares en sus oídos y los fantasmas del pasado acechando a un presente indigerible y viciando de improbabilidades al futuro inmediato, confabularon para que a la mañana siguiente los periódicos titularan sobre la masacre del vagón del tren. ¡Más de quince víctimas! Las fotos de la sangre inocente empapando los cristales de las ventanillas soliviantaron a lectores y televidentes, quienes clamaban por la regularización de la ley de Lynch.

El hombre de las gafas de sol aparecía en las secuencias televisivas esposado y rodeado de varios policías con el rostro desfigurado por cuadraditos anonimatizantes.

Las fuerzas del orden mantuvieron la calma frente a la docena y media docena de protestadores a las puertas del juzgado.

El proceso y posterior sentencia del sujeto que viajó en el asiento 150 del tren Cáceres-Madrid (Puerta de Atocha) dieron mucho que hablar. Se dijo demasiado sobre la ética, los valores, la incomunicación humana, el estrés, los guarismos de desempleo, los desencuentros generacionales los desahucios habitacionales, la violencia machista, la herencia franquista, la inmigración ilegal y un montón más de ítems comunes y sociales.

lo único cierto es que el sujeto, ni bien entró en el pabellón de la cárcel modélica de Madrid, asesinó a un guardia con sus propias manos.

Le condenaron a aislamiento permanente.

Nadie entendió correctamente su sonrisa ante el castigo.

Publicado la semana 18. 01/05/2018
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No voy en tren-Charly García , Viajes en tren , En cualquier asiento (menos el 150) de un tren
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