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Pela

FUEGO

Todos los días, de camino a la parada del autobús, me interceptaba y, con una sonrisa, me pedía:" …por favor, fuego".

Siempre tenía medio cigarrillo entre los dedos, el medio que sigue al filtro y siempre repetía lo mismo: "se me partió..." y blandía el cilindro roto.

Los profundos ojos celestes y el acento de aquella media docena de palabras, denunciaba su no-naturaleza respecto de estas tierras. Sus ojos eran particularmente celestes, de un celeste vivo que brillaba desde más adentro y desde muy lejos.

Luego de recibir el fuego seguía, sin más allá de un "gracias", su camino, en la misma dirección todos los días. Su procedencia, en cambio, era un misterio porque sólo se cruzaba conmigo, así, como aparición instantánea; allí surgía, por un costado, sin que yo supiera cómo había llegado.

A veces, mientras guardaba el encendedor en el bolsillo, me quedaba observándola alejarse y veía una persona ágil, con cierta elegancia en sus andares y vestida con prendas demasiado grandes y bastante gastadas e infería que esa ropa, o era regalada o la carne que cubría se había resumido sobre el hueso, presa de esos avatares a los que nos condiciona la vida de cada uno.

Tal como si de un juego se tratara, decidí que no quería saber sobre su procedencia, sino que, sencillamente, iba a mantener la sorpresa, como premio de aquel juego.

Ella se perdía camino abajo y yo ascendía la cuesta en busca de la parada.

Desde lejos veía a Mussid, tempranero siempre, esperando el autobús quince o veinte minutos antes del horario de pasada.

Mussid también me veía a lo lejos y levantaba su largo brazo al cielo, a modo de saludo anticipado y distante.

Los cinco o diez minutos que aún demoraría el transporte nos permitía recrearnos con anécdotas de mi país y del de él, Marruecos. Nos contábamos sobre muchas cosas, pero siempre le hacíamos un lugarcito al recuerdo del mar y dejábamos que la nostalgia aleteara encima de las palabras.

¿Cómo era posible que ambos siguiéramos viviendo en Madrid?

Llegaba el autobús y emprendíamos la marcha hacia nuestros respectivos empleos.

Cada día guardaba un necesario parecido con el siguiente y era consecuencia oportuna del anterior, así fue que compartimos acuerdos tácitos para dejar por fuera las tristezas, aunque sí conversábamos de las añoranzas a las que, con un clip, les poníamos sonrisas en los extremos superiores.

Nunca le pregunté a Mussid por la chica del medio cigarrillo; yo hacía pocos meses que vivía en la localidad y él llevaba varios años asentado aquí, pero conocía su falta de conjugación con los provenientes de Europa del este, por cuestiones religiosas, creo y nunca mencioné nada al respecto.

En realidad desconocía si la chica era del este, pero iba formalizando un mapa antojadizo, personal e inexacto, sobre ella, en mi mente.

Muchas veces, ya llegado a casa, tumbado en la cama encendía un cigarrillo y su voz se acercaba a mis oídos. No sé si era realmente el timbre de su voz el que imaginaba porque el silencio con el que me hablaba tenía mucho de mí y, quizás, muy poco de ella misma.

Pasaron días, semanas, meses y cambió la estación a un otoño que amenazaba comportarse con ferocidad.

Ella, siempre, cada día, solicitaba fuego para su casi colilla.

Mussid, siempre, cada día, allá arriba, levantaba su brazo anticipando el saludo.

No hablé, nunca, con nadie de ella porque no quería saber cómo ni quién era realmente, me bastaba ese roce fugaz de las diez y cuarto para regalarme una fantasía y disfrutarla el resto del día.

En una oportunidad, en mi día libre de domingo, practiqué el simulacro de ir a trabajar. Desde bastante antes de llegar al punto crucial supe que vería solo la calle vacía.

Seguí de largo.

Tampoco estaba Mussid en la parada.

El otoño se transformó en invierno sólido, uno de esos de viento y nieve durante semanas y el fuego que encendía el medio cigarrillo era una efímera hoguera tan  tibia como las sonrisas que la circundaban.

Yo seguía observando el camino de su cuerpo oculto bajo un abrigo demasiado holgado.

Y pasó.

Un día, no importa qué día, no apareció por el costado.

Era algo que ya sabía que ocurriría, que lo presentía o lo imaginaba o, simplemente sucedió que me había condenado a padecer algún tipo de pérdida a cada instante de mi vida.

Tal como no busqué explicaciones para sus apariciones, tampoco lo hice con sus ausencias.

Luego de varios días de no verla por fin decidí preguntar a Mussid por la chica.

"¿Quién...?", respondió preguntando.

Nunca la había visto o nunca se había fijado en ella.

Contraviniendo mis reglas del "no buscar" se la describí de pies a cabeza, pero él seguía negando conocimiento alguno sobre tal persona.

Ese día no hubo mares y los siguientes, tampoco; viajábamos en silencio y me parecía un poco cruel, para con él y para conmigo, privarnos de lo que nos alimentaba. Mi silencio era apenado, el de él, sorprendido y respetuoso.

No voy a negar que por más de un mes esperé que obrara el milagro, pero este nunca ocurrió.

Poco tiempo después, dejé de fumar.

A la llegada de la primavera me mudé a Valencia.

 

Publicado la semana 16. 17/04/2018
Etiquetas
Adagio in G menor de Albinoni , Los finales del invierno , Esperando el bus
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