Semana
14
Pela

LA ÚLTIMA FRASE DE BUKOWSKI

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Jamás me cayeron bien los canarios. Verles en sus jaulas cantando a su opresor se me antojaba, por lo menos, irritante sino abyectamente sumiso.

Decían, algunas voces, que no era un placer, que era una forma antigua de escapar a la opresión. Pero a mí me parecía y me sigue pareciendo una sumisión condenable.

"¡Que los canarios callen de una buena vez...!" comenzaba a gritar el estribillo de una pieza de rock inconclusa, de la infancia de un buen amigo, distanciado por cuestiones de mujeres años más tarde.

Y he visto canarios de diferentes colores; desde el naranja exacerbado, pasando por el rosa de palidez lozana y hasta el azulón engañoso que a nadie convence..., pero todos cantan igual.

Aparentemente, bajo la pátina colorida, está el amarillo sonoro que no cesa de gorjear, aún en previsión de futuras tormentas.

Nunca me gustaron los canarios; aman más el cautiverio que la propia libertad y le cantan a las miserias enjauladas como quien canta loas al carcelero y se felicita por su condena.

Nunca me gustaron, pero nunca les hice o quise hacer daño. Me sirvieron como ejemplo a no seguir en un sinfín de oportunidades y, deseando odiarles, tan solo les vertí, en su honor, una lágrima seca y silenciosa.

Tampoco me gusta la libertad licenciosa de los gorriones, pero no tengo nada que criticarles, más allá de las luchas por el codillo del pan envejecido y pintado de moho que alguna anciana les arrojaba por las mañanas desde la puerta de su casa. Me parecía insultante tal conducta. Pero eran gorriones y no canarios. No se lamentaban de la alegría carcelaria.

Elegía tumbarme, durante las siestas de verano, bajo el parral para escuchar el zumbido de las abejas que alejaban el canto de los pájaros. El motor de las alas de las obreras me adormecía y los gorjeos festejantes me despertaban al finalizar la tarde, cuando las abejas ya dormían.

Aquella siesta de marzo no fue como otra cualquiera. Lo recuerdo perfectamente. Las abejas se habían apagado y el silencio se adueñaba del aire pintado de verde y morado. Mis ojos, entrecerrados, no llegaron a ver y mis oídos, desacostumbrados al silencio, no consiguieron registrar aquellas palabras que, quizás, ya olvidé. Sé que me contaron un secreto arcaico, algo que nadie debería de saber nunca en su vida. Me contaron sobre similitudes entre opresión y libertad y sobre el convencimiento de estar, a tiempo, en el lugar indicado. Me contaron sobre la falta de diferencias en los colores y en los nombres ornitológicos. Me contaron mis penas y mis odios.

Agradezco no recordar nada de aquello, salvo que el ave se posó en el extremo superior del respaldo de la reposera, con el pico entreabierto y ese pico se abrió más y más; la cabeza del gorrión se acercó a mí y el resplandor sonoro del amarillo avanzó suavemente y me envolvió.

Publicado la semana 14. 05/04/2018
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Close your eyes and listen, Piazzolla y Mulligan , Bukowski , En cualquier tarde de verano , Pájaros
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