Semana
13
Pela

LA ROCA

Género
Relato
Ranking
0 41 2

El tipo subió a la cima de la colina como cada vez que debía de tomar una decisión importante en su vida.

Eligió la piedra que le pareció más adecuada, una roca casi y la rodó hasta un punto de elevación que contaba con una pendiente que consideró apropiada para su propósito.

Observó detalladamente la bajada, los obstáculos, otras rocas, algunos árboles y mucha hierba crecida sin método ni concierto.

Asintió con la cabeza, cerró los ojos y comenzó a practicar la fuerza necesaria para comenzar con el desplazamiento de la roca.

Había hecho esta tarea más de media docena de veces y le había funcionado. Siempre cuidó que en el camino de la masa no se cruzara nada suceptible de ser herido. Y nunca tuvo mayores problemas, salvo una vez que vio como estallaba aquel líquido amarillo al pasar la roca sobre algo que después resultó ser un nido rastrero de algún ave que desconocía.

Esta vez hizo como en las otras, se dedicó a observar el derrotero del objeto que comenzaba a rodar con total libertad. Esto mismo había hecho cuando decidió montar su primer negocio, el primero de unos cuantos que le habían convertido en alguien, más o menos, importante.

Similar fue la de aquella vez que sopesó la posibilidad de divorciarse tras casi doce años de casado.

Igual, en el momento de romper una amisttad de larga data por cuestiones de faldas.

Y, ahora, lo mismo que esas y otras veces, que ya eran solo recuerdos difíciles de identificar, volvía a su oráculo personal, a su mapa de futuro obligado, a su destino elegido.

Las evoluciones de la roca eran cada vez más veloces, nada parecía poder detenerla; ni siquiera un arbusto robusto con el que ya había contado para un breve descanso mental consiguió frenar el ímpetu de la piedra.

Desde arriba observaba e intentaba dirigir los pasos rodados de la roca, pero no conseguía resultado alguno; parecía que ese destino, al que le gustaba adivinar u obligar, se había rebelado y corría por canales lo bastante lógicos como para que no existiera un conflicto entre el camino y el fin.

Luego de varios metros, la roca se detuvo sin que el tipo lograra apreciar el motivo de tal detención.

Esperó pacientemente durante algunos minutos a que la piedra prosiguiera con su descenso, pero eso no ocurrió, la piedra seguía ahí, quieta, inmóvil. Sopesó un sin fin de probabilidades pero se quedó en blanco, sin respuestas.

Comenzó a bajar poco a poco, con cuidado, mirando en dónde pisaba, siguiendo el rastro reciente. Mientras bajaba vio las marcas en la tierra, pasó al lado del arbusto maltrecho, vio algunas flores aplastadas y un camino de hormigas arrasado y el caos que experimentaban los insectos ante lo fortuito y desconocido.

Ya casi llegaba. Se moría por saber qué nimio e invisible detalle frenaba el andar de su destino.

Una vez junto a la roca, apoyó su mano derecha sobre la superficie que apuntaba hacia abajo, para frenar un eventual arranque y se agachó delante de ella y así pudo ver cuál era el freno. Sonrió. Era increíble que aquello la hubiera detenido, aquello tan pequeño, tan débil.

Con la mano libre jaló del obstáculo, pero el obstáculo no cedió. Jaló más fuerte, pero, no, no cedía, estaba demasiado apretado. Lo sacaría, aunque demorara en conocer el final del trayecto, no dejaría que la roca le pasara por encima; no, eso no, no sería creíble ni como designio ni como nada. Él mismo lo quitaría.

Se paró enfrente de la roca (en la posición en la que estaban, la piedra le llegaba casi a la cintura) y, con las dos manos, tomó el extremo de la frágil y presionada barrera, pero antes de jalar, la roca volvió a rodar y le empujó con suavidad, pero con firmeza; le empujó cueta abajo haciéndole perder el equilibrio. Como medida extrema intentó, una vez más, controlar el derrotero, cambiarlo. No pudo. La piedra le empujó un poco más y él resbaló sin nada a lo que asirse. Resbaló y rodó delante de la roca. El viaje parecía no tener fin, era alocado, multicolor y demasido fugaz para su infinitud.

La cabeza chocó contra otra roca (la había visto desde arriba pero, en la perspectiva, parecía quedar fuera del camino) y el viaje terminó allí... Para él. La roca siguió un poco más y se detuvo en una zanja que estaba oculta bajo unas pasturas altas.

Le encontraron poco tiempo después, de cara al cielo, con el cráneo hundido en el parietal derecho y con un pequeño objeto partido y apretado por una de sus manos. Un objeto pequeño, insignificante, casi como un capricho.

Publicado la semana 13. 29/03/2018
Etiquetas
Mussorgsky, Cuadros de exposición , La naturaleza , Tendido en el césped
Compartir Facebook Twitter