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12
Pela

PUERTAS

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Relato
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La puerta podía estar abierta o cerrada... o entreabierta...o entrecerrada, bueno, no es importante, eso, al fin de cuentas, solamente indicaba que se podía entrar o no, con o sin permiso, pero no guarda una directa relación con la puerta en sí, que es lo que me ocupa. Ese rectángulo brillante, esa puerta, era una lámina de vida acotada a un cuarto de círculo incesante con el vaivén de los visitantes o de los moradores; estaba íntimamente ligada a sus vidas, aunque nadie se percatara de ello. Ella, la puerta, se había estremecido más de una vez al sentie, al sentirse, unos golpecillos secos que anunciaban la llegada de algún "alguien". No se estremecía por los golpes mismos sino por la posibilidad de que fuera "ese" alguien. Ella, la puerta, era la primera en saberlo.

También, cómo no, había padecido portazos, había sido utilizada como colofón de discusiones, de rabietas, de partidas y, sus bisagras habían rechinado mansa y repetidamente. No importaba, ese sufrimiento plasmado en sonido era solucionado por el portero del edificio que le disparaba chrritos de grafito, pero eso no era un consuelo, era un intento por acallar su chirriante voz.

A diario, y varias veces al día, era fijada al marco (algo así como su "contención") mediante el dispositivo metálico que le habían inoculado casi al ser concebida, a fuerza de taladro; sentía como las barras que habitaban su cuerpo se deslizaban hacia afuera de ella, hacia su lateral y le atrapaban, al menos cada noche, pero también muchos días, los largos y solitarios días de las vacaciones, por ejemplo. Pero siempre aparecía una mano amiga que la liberaba, aunque fuera por un escaso lapso de tiempo. A esa mano amiga le cedía elegantemente el paso batiéndose de felicidad.

Ella era una puerta diestra, la educaron para ser así, alguien lo decidió y nadie quiso cambiarlo, quizás por miedo a que el cambio perjudicara su caráctero porque no era considerado necesario dicho cambio.

La solidez que aparentaba no lo era del todo, muchas cuñas ocultas enraizaban su vigor conformando su estructura y las líneas de sus apliques le conferían una robustez que no poseía. Pero imponía respeto. En tiempos de esplendor fue admirada y acariciada por yemas de dedos y si no tembló de placer fue porque su savia estaba suspendida.

Como puerta que era, también hacía mella en ella el paso del tiempo, tantos años erguida desgastaban su pie, ese absurdo pie que funcionaba bien, siempre y cuando no tocara el suelo. Si lo hacía, allá venía el carpintero a ponerla en su lugar. El tipajo de marras la alzaba y la tendía sobre dos caballetes y ella sabía que, a continuación, se perpetraría el ultraje y así sería sometida al desgastante casttigo de la garlopa. Luego, otra vez sobre sus goznes (que no eran suyos, sino entidades independientes, policías fijos a su costado) era sacudida a velocidad de vértigo mientras escuchaba verdaderas disertaciones sobre el efecto nocivo de la humedad sobre la madera.

¡Qué sabía aquel amputador profesional!

Ella solo estaba algo cansada y quería reposar...

Todas estas cosas eran las que recordaba mientras se dejaba descansar sobre unos cajones (de plástico) vacíos y dados vuelta del revés, en el lecho de aquel carro que le transportaba.

Los gemidos de las ruedas del vehículo denunciaba falta de grasa y aquellas asociaciones le provocaban ocultas sonrisas.

No podía suspirar, pero la resignación le había alcanzado.

Una tira de paño rojo le aseguraba los costados del transporte, pero se trataba, tan solo, de una colorida mortaja.

"Diez euros", había propuesto alguien.

"Hecho", fue la respuesta.

Publicado la semana 12. 25/03/2018
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Cualquier tema de The Doors , Mi casa , Con la puerta abierta... o cerrada , Ventanas
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