Semana
11
Pela

TERCEROS DOMINGOS

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Como cada tercer domingo-de-cada-mes-de-cada-año, se levantaba a las seis de la mañana, desayunaba frugalmente su café profundamente negro con tostadas bien tostadas, áridas, desoladas. Se duchaba en ocho minutos, se secaba y vestía su traje negro con su más inmaculada camisa blanca y corbata en tonos azules impredecibles. Los zapatos, negros, luminosos.

Nunca más tarde de las siete y diez abandonaba el portal para desandar un puñado de pasos en dirección a la parada del bus. Era domingo y el turno de las siete y quince era un pionero solitario de esas mañanas. No convenía perder su concurso.

Una vez sobre el transporte, normalmente casi vacío, demoraba una hora y cinco minutos en llegar a la parada de su destino dominical de cada tercer-domingo.

Descendía, se estaba quieto unos instantes y aspiraba el dominante olor a flores cortadas.

Se acercaba a un puesto de venta (siempre el mismo) y la señora (siempre la misma) le tenía preparado un ramo colorido y perfumado que variaba cada vez.

Las "gracias" eran una sonrisa, nada más.

Entraba al cementerio con el ramo en la mano, pero cerca de su nariz y caminaba recto durante dos tramos de tumbas, hasta llegar al panteón de los Aguirre-Zubizarreta, quienes debieron o debían de ser aún, gente bastante importante en la sociedad que les concedió participación cuando vivos y ubicación cercana a la entrada luego de muertos.

Una vez allí, doblaba a la derecha, sobre la acera del noble panteón, para caminar, ahora sí, cinco tramos, más largos todos ellos que cualquiera de los dos primeros.

Se detenía cerca de los nichos, cerca de los rododendros rojos que un alma inteligente había plantado y que, ella misma u otra alma igual de inteligente, cuidaba con esmero.

Se podría pensar que ese era el momento para los recuerdos y para lo furtivo de una lágrima hasta obligada, pero no, solo era un instante de admiración a lo que las manos del hombre conseguían en sitios comunes o inesperados.

Los nichos eran como urbanizaciones de muertos, de muertos pobres, todos iguales y pidiendo a gritos cualquier diferencia posible que hiciera la vida más fácil a los visitantes. Pero los nichos no eran su destino.

Sorteaba con rapidez aquellas acajonadas construcciones porque no le agradaban. Odiaba los tumultos. Jamás se había permitido que algo de ese lugar le llamase la atención y su paso, de por sí seguro, se volvía más veloz y sonoro cuando lo cruzaba.

Atravesaba un enjardinado muy bonito con proliferación de violetas y azucenas blancas enmarcadas en el verde tupido del trebolar rastrero. Se le antojaba una combinación de colores hermosa y esto era algo muy personal, porque el verde no era de sus colores favoritos, a pesar del color de sus ojos o a causa de ese motivo.

Detrás del enjardinado estaba el vallado de madera siempre como recién barnizada. Nunca quiso evitar que sus dedos rozaran aquella superficie brillosa, casi lumínica que destacaba entre la opacidad religiosa de la piedra del camposanto.

Bordeando hasta el final la valla se llegaba a las tumbas en tierra; era como la parte más privada o privatizada, más bien, del lugar. Cambiaba todo: la decoración arbórea (se veían especies extrañas, inusuales, como el árbol de agua australiano, papiros y coníferas canadienses, todos, claro, con un cartelito que definía su ser y proceder), el mobiliario urbano, de diseño un tanto absurdo y las tumbas propiamente dichas.. Las tumbas estaban en tierra, con lápidas de colores muertos y con números y letras cincelados y pintados, algunos, en tonos contrapuestos, pero no vivos. Siempre leía nombres y fechas y pensamientos de alguien que, supuestamente, era familia de la o del occiso, pero también suponía que había publicistas que se dedicaban a escribir aquellas pétreas notas ya que no mucha gente andaría pensando qué frase colocar sobre la morada de alguien a quien no se podía preguntar si estaba o no de a cuerdo con lo escrito. Pero esto no pasaba de ser una mera suposición.

Aquella zona era amplia y la recorría en su totalidad, lentamente, sin cansarse, leyendo, tocando, respirando las distintas tendencias olfativas que emanaban de los ramos de flores frescas depositados sobre o a los costados de las lápidas.

Generalmente llegaba al final del recorrido dos horas y media después del comienzo.

LLegaba al final y a la puerta inversa a la entrada, que no era tácitamente una salida, podía ser, también, otra entrada.

Para él esa era la salida, nada más.

En el cesto de residuos más cercano abandonaba las flores que había comprado al principio y, rodeando el paredón de piedra cubierta de musgo, se dirigía a la parada opuesta a la que se bajara un rato antes para coger el autobús que le devolviera a su casa.

El paso era el mismo, tranquilo, sin apuro.

Tenía tiempo.

Era un tercer domingo.

Es que, quizás, tienen más tiempo aquellos que no tienen muertos a quienes visitar.

Publicado la semana 11. 13/03/2018
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Last man at the party, Jetro Tull , Los aledaños , Con un poco de viento en la espalda
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