Semana
01
Pela

La independencia del humo

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Entró corriendo como un bólido y vociferando: “¡Mataron a Jiménez!”, “¡Mataron 
a Jiménez!”.
Entonces, el presente quedó suspendido en el aire.
La punta del taco de billar no llegó a destino; la bola blanca  se quedó quieta, 
esperando el golpe.
El hombre de gafas con cristales gruesos, no llegó a darle otra chupada al 
cigarrillo liado, grueso.  La brasa se fue apagando.
El barman dejó de respirar agitadamente, mientras suspendía la tarea de pasar 
una bayeta sucia y gastada por encima de la barra sucia y gastada.
La charla de la mesa “de los viejos” se volvió silencio, se deshizo en zumbidos 
de nevera ronca y temblorosa. ¡Eso!. Solo el zumbido de la nevera ronca y 
temblorosa.
El chaval que había provocado el estancamiento del tiempo también estaba 
callado y seguía de pie bajo el marco de la puerta sin lograr entender muy bien 
qué había estado diciendo.
“¡Mataron a Jiménez!”.
Todo quedó pintado y muerto, como un cuadro costumbrista de un artista 
pasado de moda.
Todo, menos el humo que seguía su viaje circular envolviendo el aire y 
ocupando los espacios vacíos que dejaba el silencio.
Nadie, absolutamente nadie, ni aún los más memoriosos, recordaban la hora ni 
el día en que Jiménez había llegado al pueblo.
Había llegado un día, pero parecía que había estado allí toda la vida.
Se lo encontraba en cada partida de dominó, en cada mesa de billar, en cada 
rueda de copas; frente a la tele del bar, a la hora del telediario; en las 
fiestas del domingo en la casa de Alba, la gorda, dueña del prostíbulo,  que 
había sido prostituta en otro pueblo y que ya se había retirado.
Jiménez siempre estaba, como una entidad omnipresente.
Al principio las opiniones sobre su persona eran unánimes: un tío divertido, 
afable, de buen carácter, ocurrente.
Más tarde se habían dividido, algunos lo tildaban de prepotente, abusador y 
grosero.
Hasta este momento, el de su probable muerte, las opiniones habían vuelto a 
ser unánimes: era un reverendo hijo de puta.
Las historias que trascendían en el pueblo no las había contado Jiménez, eran 
producto de la imaginería popular. Eran historias que intentaban justificar la 
permisividad de los pobladores para con las mañas de Jiménez. 
Que venía de la capital, de un barrio “pesado”, que había estado preso en una 
cárcel terrible por varias muertes y que salió ileso de la pena; ileso pero no 
desapercibido; comentaban que dentro de la cárcel también quedó su huella 
violenta: dos presos menos a los que darles de comer.
Decían que había sido guardia civil en el franquismo y que se había aburrido de 
torturar gente hasta matarla.
Decían que era “el novio” de un juez y que, por eso, le estaba todo perdonado.
Decían, decían...
Jiménez jamás hablaba de sí mismo. No hacía falta, el pueblo entero hablaba 
de él.
Sus acciones también hablaban de él, hablaban mejor que mil palabras.
Existieron sucesos puntuales que lo posicionaron entre lo más indeseable y 
respetado del pueblo: la paliza al policía del destacamento, el destrozo en el 
bar del gordo Tito, las incomprobables relaciones forzadas con Emilia, la hija de 
Octavio, el dueño de la barraca; las ostias a Dorelio, el tendero, una 
vez que intentó cobrarle, según Jiménez, de más. 
No andaba armado, no era cuchillero, solo era violento, inesperadamente 
violento. Todo parecía andar bien hasta que dejaba de estarlo.
Mirta, la enfermera jubilada, en el pueblo tenía trabajo siempre.
Nunca nadie denunció sus atropellos, no había quien tomara la denuncia.
El policía del pueblo, “el portugués” Duarte, miraba para otro lado cuando 
alguien mencionaba haber sido víctima de Jiménez.
Duarte jamás tuvo que sacar su arma de reglamento, jamás se animó a 
hacerlo.
Octavio, el barraquero, odiaba a Jiménez. Todos decían que había violado a su 
hija. 
Todos lo decían, menos su hija.
Se les veía, a veces, juntos por las calles más concurridas. Paseaban y 
cruzaban frente a la puerta de la barraca.
Dentro, Octavio se comía su impasibilidad.
Nunca había hablado con Emilia sobre los dichos de la gente. Temía que ella 
se los confirmase y temía, también, no tener el valor para tomar una decisión 
de padre, de hombre.
Algunos habían pensado, en determinado momento, llamar por teléfono a otro 
lugar para denunciar las calamidades a las que eran sometidos por Jiménez, 
pero antes de llamar se preguntaban quién iba a declarar en contra de él ¿Y si 
no pasaba nada?¿Y si Jiménez se enteraba (porque se iba a enterar) quién 
había hecho la denuncia?¿Y si iba preso?... ¡Algún día saldría en libertad!
En realidad, nadie quería que nadie hiciera nada en contra de él. Nadie quería 
sentirse cobarde, saber que era cobarde porque había alguien más valiente. No 
querían puntos de referencia en base a los cuales se pudiera medir la falta de 
valor.
Por eso, cuando recibieron la noticia quedaron mudos y quietos.
Quizás temían que fuera una broma del mismísimo Jiménez para ver como 
reaccionaban ante la información.
Esperaban verlo entrar por detrás del zagal y castigar a quienes 
manifestasen su beneplácito por la nueva.
El humo del antro estaba casi pegado al techo. Se desplazaba con 
sensualidad ante la falta de movimientos que alterasen el aire e hicieran 
cambiar su trayectoria.
Algunos supusieron que Duarte, cansado de tanto manoseo y rencoroso por la 
golpiza a la que le había sometido Jiménez, al final le había dado un tiro en la 
cabeza.
Otros pensaron en Octavio. Sabían que Octavio tenía un rifle que usaba para 
cazar de vez en cuando. Era como si lo hubieran visto cargar las balas y 
esperar detrás del vidrio de la barraca el paso de Jiménez.
Hubieron quienes aventuraron, siempre todo de pensamiento, en silencio y 
tratando que no se notara, que la “gorda” lo había despenado. Sostenían que 
ella tenía, también, una historia oscura en sus tiempos de prostituta.
Y hubo, también, los que se la jugaron por Emilia, hastiada de la compañía 
de Jiménez y llena de odio por lo que éste le había hecho.
“¿Qué pasó? ¿Quién fue?”
La pregunta la hizo el gordo Tito. Todos le miraron horrorizados ante tal 
temeridad. 
Tito transpiraba y temblaba. Por cierto, había sido una temeridad preguntar, 
aunque la pregunta había sido formulada casi sin sonido. De todas formas, el 
susurro de Tito pareció el ruido de un cañón; como si esas palabras se 
hubieran unido a los pensamientos de todos los presentes y se hubieran 
manifestado con todas las fuerzas del rencor  acumuladas.
“Un camión” dijo el joven.
El silencio seguía allí.
El muchacho, medio harto de tanta quietud, siguió adelante con el relato: “¡Yo 
lo vi! Estaba ahí en el momento en que pasó”.
¡Entonces era verdad!
El taco de billar recuperó su verticalidad; la bayeta fue, primero extendida y 
luego perfectamente doblada, yendo a descansar en un extremo de la barra. 
Una mano encendió un cerillo y acercó la llama a la ceniza que alargaba el 
tabaco armado.
Todos los cuerpos, menos uno, que ya miraba hacia el chaval en la puerta, 
giraron para conseguir una mejor visión física del relato.
- Jiménez venía de lo de la gorda y fue a cruzar la carretera. Venía medio 
borracho, creo, porque no vio el camión que se acercaba. El chofer quiso 
frenar, pero no pudo, no le dio el tiempo y se lo llevó por delante. Rebotó en el 
suelo como cuatro veces y quedó tirado, quieto.
Cuando el camionero frenó y bajó, se le acercó. Yo estaba parado ahí, frente al 
cuerpo de Jiménez. Se agachó y lo dio vuelta. No había mucha sangre. Me 
miró y me dijo: “Está muerto”. Empezó a putear como loco: “Borracho de 
mierda, me cago en todos tus muertos, hijo de puta”. Parecía que lo conocía. Hasta le 
soltó una patada en las costillas.
Todos escuchaban atentamente poniendo caras alternativas a medida que 
avanzaba el relato.
- El tío venía follado, por eso no pudo frenar. Además el camión estaba 
lleno de madera, uno de esos camiones con acoplado, ¿vieron?
El juez que vino a atender la causa tomó declaraciones a casi todo el pueblo.
Todos coincidieron en que el cruce de la ruta era muy peligroso.
Todos coincidieron en que el camionero venía demasiado rápido, sin tomar en 
cuenta que ese tramo del camino era una zona poblada.
La imprudencia le costó dos años de cárcel al chofer, en base a las 
declaraciones de los pobladores.
Seguro que Jiménez, en el otro mundo, se descojonaba de risa.

 

Publicado la semana 1. 03/01/2018
Etiquetas
Chet Baker , Momentos de frustración y dolor intensos , En la cama
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