Semana
06
Paloma Goin

Gymnopédie nº 1

Género
No ficción
Ranking
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Era en verano, la hora de la siesta y un calor sofocante. Yo me encontraba sola en medio de una de las ciudades más bellas que conozco, uno de esos lugares que te enamoran desde que los adivinas por primera vez en el horizonte.

Mis compañeros de viaje se habían retirado buscando el frescor de las piscinas del hotel pero yo preferí seguir descubriendo calles. Me gusta pasear las ciudades, adentrarme, perderme en ellas. Conocerlas como se conoce a un amante, desde fuera y desde dentro, suave y profundamente.

Había entrado en un edificio singular y estaba extasiada contemplando el maravilloso patio interior, una mezcla de arte mudéjar y renacentista con doble galería y preciosos arcos sustentados en columnas de mármol. Fascinante.

Sólo tomé una fotografía. No me atreví a más. A esa hora no había ni un alma en el edificio y el silencio lo ocupaba todo, me resultaba casi herético quebrar esa calma con el disparo de la cámara sólo por la soberbia de querer captar ese momento. Habría sido imposible.

De repente algo interrumpió mi trance, fue de un modo suave, paulatino: desde algún punto indefinido pero cercano empezaron a sonar las primeras, inconfundibles notas de la Gymnopédie nº1 de Erik Satie. No pude identificar el instrumento, se parecía mucho a la pulsación del piano mezclado con el sonido de la guitarra, pero estaba tan maravillosamente, tan perfectamente ejecutado que olvidé lo que estaba haciendo allí y decidí buscar al intérprete; porque si de algo estaba segura es de que no era una grabación, sonaba en directo, allí, junto a mí, en ese preciso instante.

Tardé aún unos cuantos segundos en que mi oído me llevase en la dirección correcta y no, no era en el edificio. Efectivamente allí no había nadie más que yo;  era en la calle.

En los minutos que habían transcurrido desde que entré en el edificio, se había instalado -exactamente junto a la puerta de entrada- un músico callejero poco habitual, puesto que tocaba un Stick, de ahí ese sonido maravilloso. 

Crucé los pocos metros de la estrecha calle y me senté en la escalinata del edificio de enfrente, disfrutando de cada nota.  Y cuando acabó la pieza, yo seguí sentada escuchando otras, todas magníficamente interpretadas pero ninguna tan bella, tan sutil, con la sonoridad de la Gymnopédie. Tras unos minutos indecisa, me levanté, dejé unas monedas en el estuche del stick y le pedí si podría volver a tocarla para mí. Con una enorme sonrisa me dijo que sí, que le encantaría y volví a mi sitio en la escalera. Tampoco entonces hice fotos, simplemente porque había olvidado que tenía la cámara en la mano, estaba absorta en la música.

Terminó un tema, me miró, sonrió y…empezó a tocar. Y esta vez fue distinto, infinitamente mejor. La interpretación fue exacta, precisa, brillante. El sonido acariciaba, llenaba la calle y el músico me sonreía. Y sí, tocó para mí. Sé que sólo para mí.

Han pasado ya casi ocho años y sólo tengo que escuchar de nuevo la melodía para volver allí, a la escalinata de la Clerecía. Siempre.

 

 

Publicado la semana 6. 06/02/2018
Etiquetas
Gymnopédie 1 de Erik Satie https://youtu.be/wDj2VT-j-qY
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