Semana
13
Paloma Goin

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Desde siempre he querido ser algo grande.  Más que grande, algo sonado. Algo que llamase mucho la atención, que hiciese mucho ruido  y que me tuviese en portadas y televisiones de todo el país (mundo) .

De pequeñita, cuando me preguntaban “¿Y tú qué quieres ser de mayor, guapa?” yo siempre contestaba que quería ser ministro. De verdad, a mí me parecía que esos señores tan serios que salían tanto por la tele y que se codeaban con jefes de gobierno, príncipes y demás jerarquías, debían ser MUY importantes, aunque en realidad yo no tenía ni pajolera idea de a qué se dedicaban.  De hecho, su labor específica me importaba un bledo. Yo, santa inocencia, creía que mandaban y eso era suficiente para mis ambiciones.

Más adelante, siendo ya una jovencita y perdida la inocencia política al enterarme de la labor real de los ministros, me dio mucho repelús la idea y decidí buscar otro modo de hacerme famosa: “El arte” pensé. Lo mío era el arte. Sin duda.

Tuve, he tenido, tengo aún, etapas de todo tipo de manifestaciones artísticas: pictóricas, escultóricas, musicales, teatrales, publicitarias, literarias… en fin, todas las ramas habidas y por haber en el árbol creativo.

De resultas de mis incursiones en cada uno de esos mundillos, mi casa parece el museo de los horrores. Es lo que tienen las madres, que hagas lo que hagas (y cómo lo hagas) lo guardan todo: tiznotes sobre papel y tela, cachivaches deformes de arcilla y peñascos varios, carteles con botellas imposibles, cintas de cassette llenas de gorgoritos. Llegué incluso a deleitar a todos mis amigos (ninguno me habla ya) con la lectura de mis poemas de rebeldía, amor y odio.

En fin, un éxito.

Bien, sucedió que una noche estaba escribiendo en mi diario, anotando mis tristes escarceos con la cosa de la fama cuando se me ocurrió una cosa que aún no había probado y en lo que creí tener cierta práctica, no en vano llevaba desde los ocho años llevando ese diario escrito noche a noche. “Voy a ser escritora” me dije. Así, con un par y sin ningún rubor por mi parte.

Tenía claro, es cierto, que hoy en día los escritores no se comen un rosco debido al bajo nivel de adquisiciones literarias por parte del público en general, pero no era menos cierto que el que es capaz de vender más de ocho o diez ejemplares, se hace lo suficientemente conocido como para salir en cualquier tertulia infame de la tele  que era, al fin y al cabo, lo que yo andaba buscando.

A todo esto, con el añadido de revestirme de un cierto lustrecillo de persona culta, cosa que no hubiese logrado con mis chillidos ni mis aporreos musicales;  y de persona de mundo, que no hubiera logrado siendo pintora o escultora, que ya se sabe que no les conoce ni Dios a no ser que decoren cúpulas o que sean tan escandalosamente provocativos que llamen la atención sin coger un pincel y a mí, la verdad, no me apetecían según qué trotes.

Aparte de eso, no me veía yo en una tertulia televisiva vestida con falda de cretona, capazo de paja, sandalias de cuero, un jersey siete tallas más grande, de esos de ochos de lana hasta en verano, dos docenas de  rastas y un racimo de uvas en cada oreja.

Que no, me dije. A escribir y por lo serio. Total, probar no cuesta nada. A lo sumo unos paquetes de folios y dos o tres cintas para la máquina de escribir. Una inversión sensiblemente inferior a las que tuve que realizar en mis anteriores saltos (caídas) a la fama. Y además, quién sabe, lo mismo no me daban un sillón en la Real Academia, pero me ofrecían un taburete en alguna biblioteca de postín. Nada, nada, al tajo: a escribir.

Ahí empezaron mis problemas de verdad.  Servidora, aparte de los utensilios habituales al efecto como son lápiz, bolígrafo o pluma, no sabía utilizar más que la máquina de escribir que tenía mi padre y que perteneció, en vida, a mi pobre abuelo, así que me encontré de pronto con que si quería obtener una cierta imagen de modernidad, cosa deseable en cualquier escritor que se precie, debía utilizar una máquina de escribir eléctrica con su corrector y tal, o lo que era infinitamente peor: un ordenador; instrumentos ambos de los que desconocía totalmente, no sólo su manejo, sino su meollo, naturaleza y justito, justito, su existencia.

Bien, por si acaso, tiré por lo sencillo, sabiamente aconsejada por otros inútiles como yo y adquirí una máquina de escribir súper modernísima, con lo que,  aparte de tener que realizar una inversión inesperada, sufrí las más amargas horas de mi vida.

Todos esos años utilizando goma de borrar Milán o líquido corrector para disimular mis múltiples meteduras de pata y, fíjate tú por dónde, el cacharrito aquél tenía una teclita que borraba la letra ésa que siempre se mete en medio de dos palabras  eliminando antiestéticamente los espacios en blanco. Maravillas de la técnica, pensé yo, pero ¡Ay! nunca acertaba: o borraba lo que no era, o se me iba la mano y eliminaba toda la palabra y aún a veces, media frase.

Tenía también el aparato tal cantidad de códigos secretos que más parecía un jeroglífico egípcio: que si CODIGO+C=CENTRADO,  CODIGO+S=SUBRAYADO, que si resituar, que si tabulador decimal, que si cuernos en vinagre.

Semanas enteras tardé en familiarizarme un poco con el uso de la maldita máquina y a todo esto sin escribir una triste línea, hasta que un día, harta ya de destrozar papel en DEMOS y pruebas de escritura, me encontré por fin lo suficientemente ducha en el tema como para ponerme a escribir lo que, sin duda, sería una gran novela…o cuento, o biografía o, ¿Qué?

Diantre, en eso no había pensado. Sí, iba a ser escritora, pero ¿Sobre qué iba a escribir?

Como se verá, la vida del artista que se hace es complicadísima. La del que nace no, porque ya desde jovencito dice: “cuando sea mayor seré pintor” y desde ese momento pinta, ensaya mezclas de color, hace bocetos y va a todas partes con el bloc de dibujo haciendo apuntes del natural, con lo que adquiere la soltura necesaria para, llegado el momento, lanzarse a la consecución de su gran obra. Y ese día sabe perfectamente lo que quiere pintar. Se dice el hombre: “voy a plasmar lo efímero de la vida”, por ejemplo, y dibuja un puñado de relojes totalmente espachurrados y ¡zas! la fama. Como se lo cuento, oigan, que a un paisano mío con bigote le fue así la cosa. Y le pusieron un museo. Tal como lo leen.

La existencia del artista prefabricado como yo, sin embargo,  es bastante más arrastrada porque se sufren grandes tensiones intentando decidir en qué rama del árbol creativo nos vamos a especializar, y una vez subidos a ella, se sufre más aún, si cabe, al no saber cómo empezar a deshojarla (para coger práctica, me he permitido esta pequeña licencia poética, reminiscencia de mis épocas anteriores)

A lo hecho, pecho, me dije. ¿No quieres ser escritora? Pues empieza a escribir de una vez. Y empecé.

Al principio probé con lo que a mí me parecía más fácil: los cuentos infantiles, pero ¡Ay, amiga!  Los niños son pequeños, pero no son tontos. Las tres o cuatro historias que escribí las leí y releí incesantemente a mis sobrinitos y otras víctimas propiciatorias del barrio y a la segunda o tercera vez sólo me prestaban atención  previo soborno de bolsa de chuches y batido de chocolate y a partir de la cuarta, ni sobornándoles. Quedaba así patente mi incapacidad para atraer y entretener con mis cuentos a los representantes bajitos de la raza humana que, al fin y al cabo, eran los destinatarios iniciales.

Muy bien, ellos se lo pierden. Escribiré una novela.

Y casi, casi, se podría decir que sólo mentí un poquito: no escribí una novela, empecé diecisiete.

Era relativamente fácil hacer un planteamiento inicial, e incluso dibujar los perfiles de unos personajes,  pero de ahí no pasaba nunca.

A grandes rasgos, la cosa iba así: Imaginaba un detective, una rubia de bote, un asesino, un cadáver y un periodista sin coartada y a partir de ahí, para de contar. Ése era el fin de mi incursión en el género policiaco.

Y así sucedía con todas mis otras novelas, cámbiense los personajes por princesas, prostitutas, huerfanitos, guerreros, políticos, médicos o vampiros,  dependiendo del género novelístico que pretendía abordar. Normalmente a los ocho o diez folios, cuando alguien había cometido ya un asesinato, o puesto un cuerno o perdido un padre, se me acababan los argumentos. Y las novelas.

Realicé una última prueba con un género que me pareció relativamente sencillo: la novela biográfica. Se supone que tienes que imaginar poco porque el personaje existe o ha existido y hay otras referencias biográficas a las que acudir (viene a ser como copiar en un examen) y tiene la ventaja añadida de que si hay algo sobre el personaje que desconoces, pues te lo inventas y listos.

¡Sí, sí, listos!  Una demanda judicial por calumnias y deterioro de imagen me costó la broma;  porque fui tan boba que en vez de escoger a alguien que estuviera criando malvas desde un siglo antes, se me ocurrió novelar la vida y milagros de cierta famosa señora cuyo nombre no voy a decir, no por miedo a las represalias, sino porque no me da la gana de hacerle más publicidad. Bastante se hizo ya ella misma cuando me denunció. Y eso que el libro jamás se publicó (ni terminó, claro) pero en una de las lecturas previas de algunos capítulos ante un cerrado círculo de amistades (más suyas que mías, por lo que se vio después) alguien se fue de la lengua; la señora se enteró de mis intenciones y ahí terminó mi carrera de biógrafa.    Y encima, la tía se cuidó muy mucho de que mi nombre no apareciese en ninguna publicación. Eso sí, el suyo salía con letras de palmo. O sea, que tampoco pude asistir a ninguna tertulia televisiva ni siquiera en calidad de acusada de difamación.

Tras todos estos fracasos, decidí que lo mejor sería volver a la idea original.  Me explico: el arranque de escribir lo sufrí gracias a mi diario.  Pues bien, pensé en escribir una especie de diario, comentando la actualidad y el día a día de mi vida. Y sobre todo, detallando el rasgo más visible de mi personalidad, ya que dicen que los escritores buenos son los de carácter.

Unos días más tarde “El diario de Bridget Jones” se convertía en Best Seller mundial y… ¡Oh, Dios! Al diablo con todo.

Voy a comprarme una cámara fotográfica.

 

 

Publicado la semana 13. 29/03/2018
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https://youtu.be/UmLII2CGKBw
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