Semana
11
Paloma Goin

Confesión

Género
No ficción
Ranking
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Hoy por fin lo he hecho. Lo confieso.

A mis años y es la primera vez que lo hago.

La mía no sé si es una historia corriente o no. Quizá muchos de ustedes hayan sufrido algo similar, en todo caso es mía y me apetece compartirla.

Lo que más me costó aceptar desde la adolescencia es que me daban miedo. Confieso que les rehuía, pero cuando era inevitable, cuando me cruzaba con una de ellas, cuando las tenía frente a mí era incapaz de reaccionar.

A lo mejor no era miedo exactamente, pero la reacción era la misma: no sabía qué hacer, hacia donde mirar, me sudaban las manos y creo que incluso tartamudeaba. Jamás toqué, jamás rocé mínimamente a ninguna.

Y no, no era una cuestión de aspecto, yo siempre fui normal, del montón, y ellas…bueno, ellas da igual como fuesen: rubias, castañas, morenas, pequeñas o llamativas. No, no era eso. Eran…”ellas”.

Durante casi todo el año conseguía esquivarlas: la ciudad, los estudios primero y luego el trabajo me evitaban su presencia. Vivía y me mantenía lejos de ellas. MUY lejos.

Los veranos, sin embargo, eran distintos. Los pasaba en un pueblo de la costa, zona muy turística y que las atraía como la miel a las moscas. Yo salía poco e intentaba ir a lugares no demasiado frecuentados pero no podía tener la certeza de que ellas no eligiesen el mismo bar, el mismo restaurante que yo. Y allí era mucho peor: morenas, exuberantes…

En fin, con el tiempo mis ocupaciones me ataron a la ciudad y afortunadamente mi casa, mi lugar de trabajo, los pocos lugares que frecuentaba, estaban libres de su presencia. Aún habiendo llegado a la edad adulta no había conseguido vencer ese efecto que producían en mí y las pocas veces que la asistencia a determinados lugares me obligó a soportarlas, fueron un martirio.

Buscaba desesperadamente el modo de salir de allí de inmediato, de evitar el menor contacto…un roce, su simple presencia.

La mayor parte de la gente no conocía mi secreto y los pocos que lo conocían, me lo dejaban pasar como una más de mis rarezas. Grave, sí, pero rareza al fin y al cabo. Yo era buena gente, amigo de mis amigos y cumplía con todos los compromisos que adquiría e incluso con alguno más que me colgaban, así que nadie daba mayor importancia a ese comportamiento mío que, además, nadie tuvo que presenciar en directo. Al cabo de los años había conseguido disimular bastante bien. Siempre conseguía encontrar alguna excusa: se hacía tarde, no tenía apetito, mil cosas…

Todo había seguido bien en mi vida, con relativa tranquilidad hasta hace cosa de poquísimos meses.

A mi edificio llegaron un par de familias nuevas, se hicieron cambios, obras, mucho movimiento de escombros y muebles viejos y con todo ello tardé un par de semanas en descubrir que eran familias numerosas.

El día que la vi por la escalera no sabía exactamente a qué familia pertenecía, pero sabía que vivía allí, y lo que es peor: Que no iba a irse y que posiblemente coincidiríamos más de una vez.

De ahí en adelante, la tortura fue contínua, no había una, eran varias y por mucho que quise evitarlo, por muchos medios que puse, las vi una y otra vez.  Habitualmente iban solas. Muy pocas, poquísimas veces las vi acompañadas, pero esas pocas veces era con amigas suyas, o familiares, no lo sé ni me importa a estas alturas. Sólo sé que el problema se acentuaba.

Y empeoró.

Fue hace pocos días, quizá semanas. Llegaba a mi casa y entré saludando desde la puerta, como siempre;  sin saber exactamente quienes o cuántos miembros de mi familia se hallaban en ella o si habría algún invitado. O no invitado, pero visita al fin y al cabo.

Dejé las llaves sobre la mesa y al levantar la vista, estaba frente a mí.

Me miraba, me miraba fijamente, no perdía detalle de cada uno de mis movimientos y yo me sentí como entre rejas. No podía comprender qué hacía en mi casa, ¿Cómo había entrado? ¿Por qué?

Era como todas ellas, como todas las demás. No recuerdo bien su aspecto, tampoco importa mucho; creo recordar que era castaña, pero todo eso daba igual. Estaba allí y yo NO soportaba su presencia. Me enfermaba.

Se movió hacia mí y yo salté hacia atrás como si me hubiese expulsado algún tipo de resorte. Sólo pensar en que llegase a tocarme, me producía una intensa sensación de repugnancia, así que hice lo único que mi instinto me dictó.

Huí. Salí de la estancia a toda velocidad. Dejó de importarme su presencia, la familia, la educación, todo.

No, no me juzguen aún. Si ustedes sintiesen una mínima parte de lo que yo sentí, habrían reaccionado del mismo modo. Terror, la palabra era terror. Me importaba muy poco que eso fuese o no lo correcto. Sabía que tenía que haber actuado de otro modo, lo sé aún, pero no podía.

Y eso fue mi perdición. Varias veces más ocurrió algo similar. Por algún motivo que desconozco se había vuelto asídua a mi casa, a mi familia, A MI VIDA. Y yo sufría, sufría mucho.

Empezaba a perder la razón: Actuaba de un modo extraño, llegaba a mi casa a horas diferentes cada vez y si ella estaba allí, salía de la habitación o del lugar donde estuviese sin decir una sola palabra.

Me había vuelto un ser extraño en mi propio hogar y seguía sin ser capaz de actuar, sin tener el valor de decirle una sola palabra, de, no sé, echarla de mi casa.

Y hoy…bueno, supongo que en todo humano, por cobarde que sea, queda un rastro de valentía. Quizá sea simplemente instinto de supervivencia.

El caso es que hoy he llegado a casa y una vez más ella estaba allí, mirándome con una expresión de sorna a la que casi había llegado a acostumbrarme: la expresión del que sabe que ha ganado, del que se enfrenta a un ser más débil.

Y eso ha sido suficiente.

Por una vez, por una sola vez en mi vida. Por primera y posiblemente última vez, he reaccionado.

En un movimiento veloz me he agachado y he abierto el armario bajo de la cocina, el que está junto al fregadero.

Allí estaba, jamás lo había usado y creí que nunca lo usaría, pero era el momento: todo el miedo, todo el horror, todo el odio acumulado durante años y años acababa de revolverse dentro de mí y me daba fuerzas para lo que iba a hacer.

No he dudado ni un segundo: con decisión, casi con frialdad, he quitado la tapa que cubría el envase, lo he dirigido hacia ella y una espuma blanca y de olor penetrante ha cubierto totalmente a la maldita cucaracha. Dos segundos más tarde estaba muerta, frita, kaputt y yo sonreía feroz, triunfante…libre por fin.

Publicado la semana 11. 17/03/2018
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Total y absolutamente verídico ;)
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