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Todavía cuenta los años con los dedos de las manos y se pone de puntillas para llegar a lo más alto. Solía despertarse pronto para ver salir el sol y se ponía a saltar con los primeros rayos. Corría lejos y miraba al cielo, imaginando que se elevaba, hasta fuera de la tierra, donde tocaría la luna con los dedos mientras buscaba la estrella que miraba con su madre.

Soñaba con visitar todos los lugares del mundo, montar en esos pájaros de hierro y volar, a donde fuera, pero volar. Le habían contado que había islas con arena blanca y agua transparente, lugares donde la noche se teñía de luz y acuarelas y bosques llenos de animales y fruta fresca.

Cerraba los ojos y cantaba. No se sabía ninguna canción, pero cantaba como si la música le salvara la vida cada vez que tomaba aire. Cogía su viejo cubo y lo golpeaba haciendo ritmos con los que otros bailaban. Había oído que había gente que hacía lo mismo que hacía él, incluso un hombre que una vez vino a visitarles le enseñó cómo cogía un extraño objeto hecho de madera, apoyaba su barbilla en él y frotaba un palo haciendo magia. Le gustaba tanto que cuando quería llorar y le dolía la tripa solo recordaba ese sonido y decía en voz alta su nombre… “Violín”. Tal y como aquel hombre le había dicho.

Una mañana, rugidos de motores le despertaron antes de poder salir a saltar con el sol. Salieron unos hombres vestidos de verde y le metieron a él y a sus amigos en un camión. Durante todo el viaje fue feliz, mirando desde un pequeño agujero y pensando que por fin iba a viajar de punta a punta. Pero cuando llegó, le asignaron una habitación enorme llena de otros niños y antes de darle ninguna explicación, le pidieron que odiara, aunque no tuviera razones para ello.

Cada día le daban una funda parecida a la que tenía aquel hombre que conoció en su tierra, y él siempre esperaba que dentro hubiera un violín con el que poder hacer música y ser feliz; pero al final, sus manos cogían el frío metal de un fusil y salía a luchar por algo que no sentía.

Conoció lo que significaba el dolor. Deseaba más volver a casa que conocer las eternas playas y los lugares donde la tierra acariciaba el cielo. Vio como lo separaban de sus amigos y cada vez tenía más ganas de estar solo. Los estallidos, disparos y gritos ahogados se volvieron su banda sonora y tuvo que marcar el ritmo en medio de este ruido al que no se le puede llamar música.

Se perdió. Se perdió aunque volvía cada tarde. Se perdió aunque supo encontrar sitio entre las trincheras. Cada vez sentía menos dolor cuando se caía, pero seguía sintiendo el impacto cuando apretaba el gatillo. E intentaba tararear en voz baja, antes de que las lágrimas acudieran a sus ojos.

Ya no podía salir por la mañana a saltar. Dejó de soñar con viajar. Dejo de cantar. Dejó de hacer ritmos con su cubo. Incluso un día dejó de abrir la funda esperando un violín.

Entonces se dio cuenta de que ya no era niño.

Entonces se dio cuenta de que ya no era nada.

Publicado la semana 2. 14/01/2018
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