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Quiero que sepas la cantidad de veces que he intentado escribirte y me he chocado con tachones y vacíos. Todas las veces que he creído que esta palabrería no hacía justicia a tu mirada juguetona y a las cosquillas en la tripa que tengo cuando me agarras de la cintura sin avisar. Pero este vacío autobús y toda la bruma de las últimas horas de la madrugada serán los únicos testigos que verán como relato este acto de sincericidio silencioso, solo que esta vez no habrá víctimas ni culpables; solo unos besos apasionados en un pequeño y apartado probador.

Eres de esas personas a las que haría sonreír sin parar solo para mirarte embobado mientras pienso en lo bien que sabe la felicidad en tus labios. De esas personas con las que estaría horas tumbado mirando al techo creyendo que de verdad veo las estrellas. Y serías la única persona por la que desearía que lloviera, nevara y que el frío se apoderada de todo, para que encienda tu fuego interior y pueda sentirte hogar con chimenea y vistas al mar en el pleno centro de Madrid.

Estoy seguro de que si utilizo tu pecho como almohada podré soñar con ser los protagonistas de las historias de amor más preciosas, como los primeros cinco minutos de Up, la parte bonita de Her o las canciones de Moulin Rouge; pero sin preocupaciones, miedos ni más tristeza de la necesaria.

Solo quería que supieras esto. Que hay noches que cierro los ojos deseando que me despiertes con un beso. Que hay veces que solo quiero que me cojas de la mano y me guíes por la ciudad. Que, pieza a pieza, estás consiguiendo hacerte conmigo. Que desearía que me abrazaras por la espalda mientras me cantas al oído con los ojos cerrados. Que siento un pinchazo cuando emprendes del camino de vuelta. Y que, sin que tú lo sepas, te asociaré con la canción más bonita de Barbra Streisand.

¿No te parece raro? Hace dos meses no sabía de tu existencia...

Y mira.

Publicado la semana 14. 08/04/2018
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