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No sé si sabes el estruendo que hace un hombre solo que se rompe en mil pedazos, de esos tan pequeños que se te clavan en los pies cuando pisas para levantarte, de esos tan pequeños que se te quedan pegados sin que te des cuenta. No lo sé, porque nunca nos paramos a hablar sobre aquello que nos hacía resguardarnos bajo la sábana. Pero ahora me siento desnudo aunque lleve el jersey que nunca me pediste que te devolviera y los calzoncillos que me bajaste en aquel hotel donde nos perdimos hasta encontrarnos.

Porque eres un romance de verano que llegó en diciembre, cuando más necesitaba que alguien me quitara el frío. Eres una última hora de conexión de Whatsapp hablando de un pasado que no me corresponde. Eres todo lo que podría salir mal cuando hablo contigo en mi cabeza un jueves a las cuatro de la mañana. Eres el nombre detrás de todos los relatos en los que afirmo que no hay un nombre detrás. Y sobre todo, eres la tonta sensación de que tengo que salir a ganar en un juego que solo se gana empatando.

No sabes la cantidad de veces que me han nominado al Óscar por decir que estoy bien, pero solo lo gané la vez que además dije que te había olvidado. O lo hubiera hecho si alguien pensase que merecería la pena hacerme el protagonista de algo más que un chiste mal hecho en un bar a oscuras. Pero la historia siempre la cuentan los ganadores. Y por eso nunca nadie sabrá todo lo que te dije mientras te hacías el dormido.

Tengo un cuaderno donde apunto todo lo que te diría si siguieras aquí a mi lado, como que no paraba de pensar en ti durante todo lo que duraba “La Forma del Agua”, que no he dejado de escucharte detrás de unos acordes de la canción con la que me descubriste a Vetusta Morla o que realmente deberías probar lo bien que me salen las galletas con pepitas de chocolate. A veces arranco una de sus hojas, construyo un avión de papel y le pido al viento que lo guíe hasta que te encuentre; pero, a los pocos metros, el avión se estrella en el suelo y el viento me responde con su frío.

Creo que estoy sintiendo por encima de mis posibilidades. He aprendido a culparte de todos mis errores, para que quedarme todo el día en la cama no recaiga sobre mi conciencia, pero, como todo lo que hago, ha sido un fracaso. Porque sé que no estoy siendo justo contigo. Pero mi cobardía pesa más que mi sentido común. Y entonces escondo la cabeza debajo de mi almohada.

Tengo la sensación de que tú también me echas de menos y no puedo hacer nada para remediarlo. Y no sé si me da más miedo que sea verdad, o que esté volviendo a transformar la realidad para intentar no hacerme a la idea de que ya te has ido. Porque sé que nunca se me han dado bien las despedidas, pero al menos deberías haberme dado la oportunidad de intentarlo.

No sé si sabes el estruendo que hace un hombre solo que se rompe en mil pedazos.

Y lo peor de todo,

lo peor,

es que lo hace en silencio.

Publicado la semana 13. 01/04/2018
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